Category: Paravalancha


Como sabemos, toda historia es historia del presente. Por ello, la tarea de revisión es una constante y saludable manera de homenajear a la Historia, y al presente. En este número, Agustín Nieto abre una puerta programática para dejar atrás los “sentidos comunes” historiográficos. (Alejo Reclusa, responsable de sección).

 

Con el objeto de hacerle el juego al nombre de esta revista, pero no solo por eso, en estas líneas precipitaré sentires poco manyados sobre la historiografía obrera en estas latitudes. Advierto que, junto a otrxs compañerxs de ruta, nunca fui afecto al ceremonial de las 40 masticadas para un mejor digerir. En lo tocante a lo ya escrito por otras generaciones, me seduce mucho más devorar sin cubiertos, a lo Pantagruel. En fin, soy partidario de, por lo menos, cultivar la irreverencia para con nuestros mayores, si es que todavía no nos animamos a ejercer nuestro derecho al parricidio/matricidio.

“Incomodar” es una imagen cargada de sadismo cool (por demás light) para la nueva generación a la cual siento pertenecer, generar esa vivencia fisiológica al otro lado de la frontera generacional está en el horizonte. Ante este reborde generacional pretendo otra deriva cuya carga nos “ortigue”, no sin goce, desplazando de esta forma la carga sádica por una cuota de masoquismo (bien entendido, por supuesto).

¿Cuáles son las zonas donde nuestras mordidas pretendidamente crítica no dañan? ¿Cuáles son los riesgos de esta falta de filo? ¿Logramos eludir con nuestros escritos las formas de una historiografía obrera de corte elitista? ¿Sirve como brújula la etapización triunfalista de la historia del movimiento obrero? ¿Hasta que punto nuestros escritos reproducen inadvertidamente los supuestos (discutibles) de la vieja guardia intelectual? ¿Estamos en condiciones, como nueva generación, de ofrecer una historiografía obrera alternativa?

Nos sigue hermanando a la vieja generación el uso de mohosas dicotomías al estilo de verdadera y falsa consciencia. El cambiante humor de las distintas estaciones intelectuales hizo que aquella dicotomía se arropara a la moda. Un modisto pronto a confeccionar ropas a la medida de las necesidades de la hora fue Germani, con su mentada “autonomía/heteronomía”. Ya demodé, hacia los años ochenta y noventa del siglo pasado esta pareja fue gentilmente corrida por los ambos “contestatario/conformista” (de corte pehesiano) y “resistencia/integración” (de corte jamesiano). Hoy los aires rancierianos nos acercan el nuevo par “política/policía”. No es cuestión de despacharlos rápidamente sino de tramitarlos mediante un proceso de desesencialización y destempanización, que habilite el contrabando fronterizo.

Otro rasgo compartido con nuestrxs ancestrxs es la poco subalternista costumbre de periodizar la historia obrera privilegiando la identidad político-ideológica de la elite de las fuerzas obreras vencedoras. Así en el desarrolló de esta historia se fueron sucediendo hegemonías de distinto signo. Lxs anarquistas fueron desplazadxs por lxs sindicalistas revolucionarixs, éstxs por lxs socialistas, quienes posteriormente fueron desplazadxs por lxs comunistas, emergiendo finalmente la etapa de la hegemonía peronista. Esta mirada triunfalista desestima el abordaje de lxs perdedorxs, por eso los avatares de las corrientes que fueron desplazadas dejan de ser historiadas desde el mismo momento que cayeron en desgracia. Asimismo, la forma de privilegiar estas identidades en la construcción de la historia obrera corre el riesgo de hipertrofiar el peso de las elites obreras al tiempo que devalúa la agencia de la masa trabajadora en la forja de su propio destino. Es hora de ser más radicales en el uso de Gramsci y Thompson. Igualmente importante es la necesaria y urgente reconsideración de las conocidas, pero poco exploradas, tesis benjaminianas.

Tampoco es cuestión de conservar o reconvertir términos y/o pares conceptuales que se muestran una y otra vez escasamente explicativos. Muchas veces insistimos en usarlos por la carga afectiva que tienen para nosotrxs, historiadorxs con sensibilidad de izquierda, obrerista y/o clasista. Pero es hora que nos animemos a desechar aquellos trastos viejos poco útiles para asir la complejidad de los procesos sociales que elegimos mirar. Tomemos por caso el basismo. Éste, al igual que el elitismo, porta la semilla del unilateralismo analítico que termina por brotar en nuestras interpretaciones. Lo mismo sucede con el obrerismo y el clasismo.

A partir de esta revisión nos vemos empujadxs a discutir la conveniencia analítica de pares antagónicos como reforma/revolución y dirigentes/bases. En estos casos parece ventajoso revertir su fuerte carga excluyente y reponer su implicancia mutua y su articulación inherente. En otros casos la mejor alternativa es prescindir de uno de los polos en función de los intereses analíticos del historiador/a perfilando diferencias de grado y no de esencia. Por caso podemos tomar el par conceptual burocracia/democracia, anular el primer término y ocuparnos de establecer los grados del segundo que se manifiesten en un situado proceso histórico. O viceversa.

Quizás un concepto que debamos desechar, o por lo menos discutir profunda y seriamente su poder explicativo, sea el de burocracia sindical, análogo en el campo barrial al concepto de clientelismo. Uno de los primeros problemas a los que nos enfrentamos para su tratamiento es su fuerte arraigo en el sentido común. Tan fuerte que se presenta como autoevidente tanto en el campo periodístico como en el campo de las ciencias sociales. Asimismo, es parte de un arraigado repertorio discursivo en el campo de las luchas obreras. Otro escollo, no menos importante, es la acusación de apologistas de la burocracia sindical para aquellxs que se animen a romper el cerco conservador y enfrentar el desafío de fraguar nuevos conceptos.

Lo que está en disputa en las profundidades de estos debates de superficie es el lugar de la política y/o de los sujetos políticos. Constantemente se están dibujando y redibujando los límites entre lo político y lo no-pre-o-sub-político. No sería forzado vincular las dicotomías presentadas más arriba con las clásicas proletariado/lumpen-proletariado y lucha económica/lucha política. O la ya clásica dicotomía hobsbawmsiana sujeto prepolítico (campesinado) y sujeto político (proletariado). Está claro que negarle el carácter político a determinado grupo es un recurso discursivo válido en el fragor de la lucha, esto a condición de no autoengañarnos y convencernos de la no politicidad de lxs otrxs.

En muchos sentidos aun hoy seguimos rumiando en los prados cercados por la pluma hobsbawmsiana. En vísperas del cincuenta aniversario de la Formación de la clase obrera en Inglaterra, nos animamos a tirar como últimas palabras que en muchos sentidos la historiografía obrera argentina sigue siendo predominantemente pre-thompsoniana. Pero como ya nos adelantaron populistas y marxistas, en ocasiones el “atraso” puede convertirse en una ventaja. Eso depende de nosotrxs…

Agustín Nieto – Columnista invitado

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La muerte en el capitalismo

Así como sabemos que nuestra vida está de alguna manera condicionada, debemos también preguntarnos por nuestra muerte. Mientras algunas nos conmueven, otras son naturalizadas. Lo sucedido en el ferrocarril Sarmiento y el asesinato de Mariano Ferreyra motivan a Agustina Vacaroni a pensar cómo opera la naturalización de la muerte. (Alejo Reclusa, de la redacción)

 “El grisú, la silicosis, llamémoslos ‘fatalidades’ si quieren, pero digamos que son fatalidades que les ocurren a ciertos hombres por otros hombres que los explotan y que sacrifican la salud y la vida de los trabajadores en nombre de la productividad. Sin la forma capitalista del trabajo en las minas, los mineros no conocerían la silicosis (…) ¿Homicidio por imprudencia? No, homicidio intencional. Hacían falta estos muertos para que la producción de carbón alcanzara su máximo. El accidente podía ocurrir donde fuera; bastaba un poco de grisú. Pero hacían falta, estaban previstos, formaban parte de esos 80 muertos que representan anualmente (con los heridos, los inválidos y los afectados por silicosis) el triunfo calculado del rendimiento sobre la seguridad. Estos muertos fueron hechos de antemano, en las grandes oficinas, donde se tiene a los obreros por simples máquinas de las cuales es posible servirse hasta que estén gastadas. Les propongo las siguientes conclusiones: El Estado patrón es culpable del asesinato del 4 de Febrero de 1970; la dirección y  los ingenieros responsables de la Fosa 6 son sus ejecutores. En consecuencia son también culpables de  homicidio intencional. Intencionalmente ellos escogen el rendimiento por encima de la seguridad. Es decir que ellos ponen la producción antes que las vidas humanas.”(1) Estas palabras pronunciaba Jean-Paul Sartre en 1970 en un Tribunal popular realizado en Lens, a raíz de la muerte de dieciséis obreros a causa de un estallido en una mina de esa localidad.

El pronunciamiento de Sartre nos llevó, mas bien nos intimó, a reflexionar brevemente sobre la muerte en el capitalismo. Pareciera un tópico inabarcable. En estas líneas no pretendemos agotarlo ni mucho menos, sino sólo reflexionar sobre el mismo, o, para ser más precisos, reflexionar sobre algunas muertes en el capitalismo.

No queremos con esto significar que la muerte de cada una de las personas del mundo está directamente asociada al desarrollo capitalista. Pero sí muchas de ellas; algunas de forma más encubierta, como las enfermedades que mucho tienen que ver con las formas de trabajo, esto es, con las formas en que son explotados los trabajadores; otras más explícitas. Estas últimas son las que, por obvias, el Estado trata de esconder, de matizar y de hacer olvidar. Antes de comenzar, conviene resaltar que entendemos al Estado, con sus contradicciones y matices, como la herramienta ejecutora de los intereses de los capitalistas. En este estudio, estos últimos con comprendidos en sentido amplio como aquellos que poseen los medios de producción.

Volviendo a nuestro tema, entre los ejemplos más resonantes no podemos dejar de mencionar la Masacre de Once, de la cual recientemente se cumplieron seis meses. En esta ocasión el poder político reactualizó aquella tapa de Clarín en 2002 que postulaba que “La crisis causó dos nuevas muertes”. La palabra que utilizaron al momento del choque protagonizado por la línea Sarmiento el 23 de Febrero de 2012 fue “tragedia”. Con esto quisieron referir a un accidente, una fatalidad asociada con el azar, con la imposibilidad de prevención. Así, la ignorancia, la indiferencia consciente, constituyeron el argumento y la táctica que el poder político utilizó para salvar las responsabilidades de funcionarios y empresarios, en concreto de Cirigliano, el capitalista que lleva años recibiendo subsidios estatales que van directamente a su bolsillo.

Otras muertes cuya relación con el capitalismo, ya dijimos, entendemos es obvia, (a falta de una mejor expresión) reflejan otros elementos, ya no relacionados sólo con el encubrimiento, sino con maniobras y estrategias que denotan una defensa de los victimarios, no de las víctimas. Esto es observable a partir del caso del asesinato de Mariano Ferreyra, ocurrido el 20 de Octubre de 2010. El comienzo reciente del juicio a diecisiete imputados, entre ellos, José Pedraza, Secretario General de la Unión Ferroviaria desnuda el traspaso de las tácticas de encubrimiento a las tácticas de defensa que ha puesto en juego el poder político, una vez más, en pos de la defensa del empresariado.

Desde Octubre de 2010 se han sucedido, en diferentes puntos del país, muertes (alrededor de una quincena) en el marco de protestas sociales y políticas, que han sido causadas por la acción estatal, a través de sus fuerzas represivas. Más allá de cualquier análisis sobre el nacionalismo burgués desplegado por el gobierno actual, su crisis política y su desfachatez cuasi popular, lo afirmado en la oración anterior nos lleva a repensar las prácticas estatales siempre tendientes a la construcción de la hegemonía, comprendida como “una condición de la dominación tal que, en la composición orgánica de esta última, la persuasión exceda a la coerción”(2).

En general se entiende que la democracia, en sentido general y refiriéndonos a los sucesos del siglo pasado especialmente constituye, en cierta manera, un éxito en la dominación, en la construcción hegemónica, permitiendo el triunfo del consenso por sobre la represión. Es necesario reparar en que los mencionados elementos poseen una interrelación casi indestructible. En la democracia burguesa y capitalista, la represión sólo hiberna. A esto se suma que existe un asedio de la parafernalia cotidiana de la muerte que, desde los medios de comunicación, contribuye a desarrollar una suerte de resistencia ante la posibilidad de indignarnos, alimentando la indiferencia como actitud privilegiada. Un consenso del horror.

Creemos que no es descabellado afirmar que la muerte en el capitalismo, antes consecuencia del accionar de los aparatos represivos dependientes del Estado, ha pasado a ser un elemento que, en su organicidad, nos permite dilucidar diferentes interrelaciones y conexiones, en el marco más general de la construcción de la hegemonía. Las muertes a las que nos referimos como ejemplos contienen no sólo elementos de coerción, sino que también poseen, en el contexto de su interrelación y utilización con los medios de comunicación, partes de persuasión que tienden a la generación de un consenso, en torno a la naturalización de la muerte, tal como la hemos presentado aquí.

El inicio del juicio a los asesinos de Mariano Ferreyra conforma un momento especial para que reflexionemos sobre esa naturalización y su conexión con las tácticas del Estado en pos de una dominación más eficiente.

 Agustina Vacaroni – Columnista invitada

 

(1) Sartre, J.P. “Primer Tribunal Popular de Lens” en: Alrededor del 68. Situations. VIII. Ed. Losada. Buenos Aires. 1973, pp. 237-244.

(2) Guha, R. “Dominance without Hegemony and its Historiography”. Subaltern Studies VI. Delhi. 1989. Citado en: Mallon, F. “Promesa y dilema de los estudios subalternos: Perspectivas a partir de la Historia Latinoamericana” en: Boletín del Instituto de Investigaciones Argentinas y Americanas “Dr. Emilio Ravignani”. Tercera Serie. Num. 12. II Semestre de 1995.

Las relaciones entre sindicalismo y política son temas que interesan por su actualidad. Darle dimensión histórica es más que necesario, habida cuenta de la rica y singular tradición que tiene nuestro país al respecto. Por eso invitamos a un especialista, el historiador marplatense Gustavo Contreras, para que nos brinde un panorama, tanto conceptual como histórico, de una situación que tiende a repetirse. (Alejo Reclusa, de la redacción)

 

La división de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) y una importante fisura en la Confederación General del Trabajo (CGT), que puede devenir también en su fractura institucional, han puesto en el orden del día la discusión sobre la relación entre sindicalismo y política.

Desde los orígenes del gremialismo, la vinculación entre el accionar reivindicativo y la actividad política estuvo en el centro de los debates. Pasada una centuria, la discusión parece no estar concluida; incluso, puede sospecharse que ganó fuerza en los últimos meses. Es más, los lazos entre militancia sindical y activación política deben ser vistos como una tensión constante y conflictiva tanto en los gremios como en los partidos políticos que pretenden representar a los trabajadores. En todo caso, los altercados al respecto expresan las complicaciones existentes para maridar dos polos que encierran virtudes que no son fáciles de complementar, aunque su combinación no deja de mostrarse como un horizonte deseable. Por un lado, la unidad de acción en un gremio generalmente se logra cuando se interpela a los trabajadores en tanto tales (asalariados, explotados, obreros), y se relegan las posiciones político-partidarias e ideológicas que tienden a dividirlos como colectivo laboral. Un pretendido apoliticismo recurrentemente se postula en este sentido. Por otro lado, desde su génesis, las organizaciones obreras fueron impulsadas y desarrolladas por militancias sindicales que se nutrieron de conceptos políticos e ideológicos. Anarquistas, socialistas, sindicalistas revolucionarios, comunistas, radicales, peronistas, etc., se destacaron en la formación de asociaciones reivindicativas de los proletarios.

Lo cierto es que muchos militantes obreros señalaron que si los trabajadores no se organizaban con perspectivas políticas e ideológicas propias no sólo perdían fuerza y cohesión al no encontrar una finalidad que los agrupe y encolumne sino que, a su vez, delegaban expresamente el manejo y la concepción de la sociedad a otros sectores o a otras clases sociales, y actuaban políticamente por prescindencia o como masa de maniobra de liderazgos ajenos, que podían representar sus intereses o no. Al realizar esta precisión, sin embargo, tampoco desconocían que el énfasis en la necesidad de que las organizaciones obreras adopten decididamente ciertas orientaciones político-partidarias e ideológicas en ocasiones devenía en sectarismo, fracturas e intolerancia. El dilema citado, por lo tanto, debe ser entendido como una constante en la historia del movimiento obrero argentino, y las disímiles formas de resolverlo o, mejor dicho, de encararlo, perfiló distintas orientaciones político-sindicales, que no pueden resumirse a la aceptación o al rechazo de los gobiernos de turno ni a adscripciones político-ideológicos formales o institucionales.

Sin posibilidades de avanzar en estas breves notas en la descripción de los variados casos al respecto, pero sobre los que existe amplia bibliografía, nos remitiremos a mencionar que si se consuma finalmente la partición de la CGT, por tercera vez en la historia actuarían 4 centrales obreras en la Argentina.(1) Entre 1928 y 1930, coexistieron la Unión Sindical Argentina (USA), la Confederación Obrera Argentina (COA), la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) y el Comité de Unidad Sindical Clasista (CUSC); mientras que en 1943, se diferenciaron la CGT N° 1, la CGT N° 2, la USA y la FORA. Si en el primer caso, la fragmentación reproducía en gran medida lineamientos político-ideológicos (sindicalistas revolucionarios, socialistas, anarquistas y comunistas, respectivamente), en la segunda ocasión la situación ya no fue tan clara. Esta fractura no siguió estrictamente líneas partidarias e ideológicas. El PS y el PC se alinearon en la CGT N° 2, pero muchos de sus afiliados sindicales se alistaron en la CGT N°1. Numerosos dirigentes socialistas prefirieron priorizar su identidad gremial sobre su filiación partidaria, siendo la opción del secretario general de la CGT, el ferroviario socialista José Domenech, el caso emblemático al respecto. De igual modo, los sindicalistas se repartieron entre la USA y la CGT N°1, mientras que los anarquistas mantuvieron su convicción forista.(2)

Una nueva tensión se manifestó en el congreso de la CGT realizado a fines de 1942, en el que hubo acuerdo para apoyar a la Unión Democrática de cara a las elecciones presidenciales llamadas para el año siguiente. Sin embargo, en proporciones casi iguales (22 y 23), se diferenciaron quienes pretendían que los trabajadores sean representados por los partidos de izquierda (la CGT debía respaldarlos), de aquellos que entendían que la central obrera podía expresar políticamente los intereses obreros por sí misma (la CGT como tal debía ser parte del frente electoral). Los militantes del PS y el PC querían capitalizar partidariamente su prolífera labor a favor de los sindicatos, mientras que un grupo importante de sindicatos, encabezados por la Unión Ferroviaria, rechazó la tutela de los partidos y se propuso tratar con las demás fuerzas políticas en primera persona (ya sea como grupo corporativo o como partido sindical). En la perspectiva de esta última opción confluirían sindicalistas de distintas corrientes y sobre ella se construiría, a fines de octubre de 1945, el Partido Laborista que, entre otras cosas, llevaría a Juan Perón a la presidencia de la Nación.(3) Luego, el laborismo devino en peronismo, y la participación política en primera persona de los sindicalistas se realizaría en gran medida en el interior de esa fuerza partidaria, en la que la CGT se convertiría en una de sus ramas.

Al comparar las dos fracturas del movimiento obrero en 4 centrales, podríamos decir que si la primera reconocía lineamientos político-ideológicos, en la segunda ocasión las divisiones estarían signadas por una percepción diferenciada de la relación que los sindicatos debían tener con las actividades políticas. La perspectiva laborista, finalmente, terminaría por cristalizar una tercera opción que se distanció tanto de quienes postulaban la necesaria prescindencia política de los gremios como de aquellos que, aceptando la necesidad de que los trabajadores influyan en la política nacional, delegaban estas funciones en los partidos políticos.

El reconocimiento de estas coordenadas históricas aporta elementos para una mejor comprensión de los acuerdos y las disputas político-sindicales, pasadas y presentes, del gremialismo argentino, al mismo tiempo que pone en primer plano las tensiones que se expresan en el movimiento obrero entre su politización y su unidad de acción, perspectivas que cuando coinciden, sin duda, potencian su incidencia en la solución de los problemas que aquejan a los trabajadores.

Gustavo Nicolás Contreras – Columnista invitado

(1) En la disputa interna de la CGT, también debe considerarse que, desde el año 2008 Luis Barrionuevo impulsa la CGT “Azul y Blanco”.

(2) Para conocer aquel proceso puede consultarse MURMIS, Miguel y PORTANTIERO, Juan Carlos: Estudios sobre los orígenes del peronismo, Bs. As., SXXI, 1971; TORRE, Juan Carlos: La vieja guardia sindical y Perón. Sobre los orígenes del peronismo, Bs. As., Sudamericana, 1990; DEL CAMPO, Hugo: Sindicalismo y peronismo. Los comienzos de un vínculo perdurable, Bs. As., SXXI, 2005; principalmente.

(3) En esta confluirían los sindicalistas de la USA encabezados por Luis Gay (aunque no los referenciados con los marítimos); los socialistas de la CGT Nº 1 dirigidos por Domenech (aunque no todos los socialistas, ya que muchos siguiendo la necesidad de una orientación partidaria para el movimiento obrero se alinearían con la CGT Nº 2); gremios autónomos (aunque no todos, ya que varios de ellos prefirieron seguir autónomos)…

Desde 2007 que la economía argentina cubrió su capacidad industrial ociosa. Desde 2008 que el capitalismo mundial se encuentra empantanado en la mayor crisis financiera de los últimos 80 años. Como toda economía periférica y dependiente, los problemas empiezan a brotar en la Argentina. El primer fenómeno visible es la inflación. Pero sus causas y las recetas para contenerla no se encuentran en fórmulas matemáticas, sino en la política. En el acento en la oferta o en la demanda. Marcos Giménez en la nota de este mes pretende hacer un diagnóstico sobre la situación (y su reflejo mediático), posicionándose detrás de las repuestas que beneficien a la clase trabajadora. (Alejo Reclusa -responsable de sección).

Introducción

Uno de los temas con mayor relevancia mediática y si se quiere hasta social, es el tema de la inflación, de la que mucho se habla y poco se explica.

En términos de economía clásica (capitalista), la inflación es: “… una reacción normal del mercado, frente a un exceso de demanda”. Ahora bien si desglosamos un poco lo antedicho, aparecen algunos puntos a tener en cuenta. Primero: ¿Qué es el exceso de demanda? Segundo: ¿Cómo se responde frente a este aumento?

El exceso de demanda en términos teóricos, se da cuando frente a la misma cantidad (limitada ya porque la producción está en pleno) de productos y servicios en el “mercado”, existe un aumento de sujetos capaz de demandarlos. Esto provoca que los sujetos pugnen entre sí para poder hacerse de esos bienes, y que tiendan a ofrecer más dinero para hacerse del mismo bien. Los oferentes por su parte, ante este aumento de la demanda, pueden o bien aumentar los precios, o bien aumentar la producción. La inflación se da cuando ocurre lo primero. El mercado se ‘’autorregula’’ aumentado el precio del bien ofrecido, lo que limita la demanda.

Ahora bien, en la práctica esto es bastante más complejo. Las explicaciones teóricas que hablan de mercados sin controles que tienden al equilibrio tienen poca validez real, y los aumentos de precios se dan por otros factores que se vinculan más a disputas de poder que a leyes económicas.(1)

Esto está más cercano a lo que algunos economistas definen como “Mark – up” o mecanismo de formación de precios. Donde grupos económicos tienden a elevar los precios como una forma de hacerse de un porcentaje más alto de la renta nacional.

Ahora bien este fenómeno no es nuevo, de hecho la inflación estuvo ligada a nuestra historia desde que somos república. Rodolfo Ortega Peña y Eduardo L. Duhalde en su libro “Facundo y la montonera”, comentan que ésta se introdujo con “los principios rivadianos” (los cuales no eran más que la vinculación de éste con el imperialismo británico y luego con el francés) y que le permitía a los empresarios vinculados al negocio de la minería obtener más riquezas locales con menor cantidad de divisas extranjeras.

El reflejo mediático

Esta disputa de parte de grupos económicos por imponer su agenda económica tiene un correlato directo en los medios de comunicación, que aunque si bien no determinan el alza de precios en forma directa, si hacen a la formación de precios ocultando o desdibujando las causas reales de la inflación.

Tomemos como ejemplo cuatro de los diarios más conocidos del país, y veamos que tratamiento hacen ellos de la información sobre la inflación entre los días 25 de mayo y 5 junio.

Ejemplo 1: Diario Clarín.

Este diario refiere artículos sobre la inflación en tres de las últimas diez ediciones (31/5; 3/6; 5/6). O sea poco menos de una mención cada tres días.  A su vez, este mismo diario habla sobre el dólar paralelo o “blue”, todos los días. También es interesante que en aquellos artículos que habla sobre la inflación lo haga solo en correlación con éste y con los aumentos salariales.

Ejemplo 2: Diario La Nación

La mal llamada “tribuna de doctrina” es como siempre más viva de lo que lo es su primo. Este diario menciona en cinco ocasiones en los últimos diez días (25/5; 26/5; 28/5; 3/6; 5/6) el aumento de la inflación, la relación que esto tiene con el dólar paralelo, e introduce tres nuevos factores: aumento de costos (léase mayormente salarios), caída de los márgenes de rentabilidad, y situación fiscal (léase déficit).

Ejemplo 3: Diario El Cronista

Por ser un diario orientado al mundo financiero es entendible que el tratamiento que le da al tema sea mayor. Así este diario habla o menciona el tema de la inflación al menos en ocho ocasiones en los últimos diez días (todos los días excepto; 2/6 y 3/6). Si bien también lo relaciona con el tema del dólar paralelo, menciona un nuevo factor a tener en cuenta: la recaudación fiscal en lo que va del año (no solo el déficit).

Ejemplo 4: Diario Página 12

Desde ópticas cercanas al gobierno nacional, este diario también se hace eco de la pelea contra la inflación en cuatro oportunidades de los últimos diez días (27/5; 2/6; 3/6; 5/6). Pero más que nada en tres de los últimos cuatro días. Y lanza una crítica directa a los economistas ortodoxos que ligan la inflación al dólar paralelo. La mirada del diario se orienta a criticar la posición dominante que tienen ciertas empresas en el mercado, y que les permite fijar precios de forma arbitraria (idea cercana al  “Mark-up”). Y a su vez introduce un nuevo factor a tener en cuenta, la fuga de capitales.

Así si hacemos una pequeña sistematización de lo expuesto podemos ver que desde estos medios se plantean como causas de la inflación:

  • Dólar paralelo alto
  • Aumento de costos de producción
  • Déficit fiscal
  • Fuga de capitales
  • Caída de los márgenes de rentabilidad

Ahora bien, si rascamos un poco más la superficie de la “noticia” vemos que cuatro de los cinco factores que acusan como causantes, se relacionan con los beneficios que obtienen los grupos medios-grandes y grandes de la economía que piden un dólar sin restricciones, o sea una devaluación que les permita licuar deudas y, como a los amigos del ex presidente Rivadavia, en concreto, poder pagar menos por más. Un aumento de las ganancias mediante una baja o congelamiento de salarios. Una reducción en la demanda interna que favorezca la exportación.

Sólo en una ocasión se habla de “otras causas”: concretamente la fuga de capitales. Pero a esto hay que sumarle una causa más. El nivel de extranjerización de la economía argentina que se inició en los noventa, permitió que sólo en el año 2010 se fueran del país 7182 millones de dólares en concepto de remisión de utilidades. O sea plata que empresas extranjeras ganan acá, y giran a sus casas matrices, que en buena parte se encuentran en Europa, atrapadas en la crisis.

Hay que tener en cuenta que al año 2011 sólo un tercio de las 500 empresas que más ganaban eran argentinas (INDEC). Y aunque si bien el gobierno en lo que va del año trato de realizar acuerdos con sectores para que no remitieran utilidades (como por ejemplo el sector automotor) esto se muestra en el mediano plazo insuficiente.

Esto que nos deja:

  • Una economía en la que el gobierno se enfrenta contra grupos de poder concentrados (mayoritariamente extranjeros) que están más interesados en la extracción de capitales que en una mayor inversión. Lo cual influye de manera directa en la oferta de bienes y servicios.
  • Sectores económicos locales y extranjeros que pugnan por una mayor flexibilidad en las divisas para favorecer la especulación, forzar corridas del dólar, y actuar en forma desestabilizante.

Conclusión. (O atisbo de…)

La inflación no es un invento de los medios de comunicación. Existe. Y se origina por causas bien conocidas para todos (aun para aquellos que se benefician de ella).

Se calcula que en el año va a ser de entre 25 y un 30% (IPC-7 provincias). Mientras que el alza de los salarios (varía por gremio) se ubica en general en un 24 %. Por ende los sectores trabajadores van a ser los que más pierdan en esta disputa.

Una forma de atacar a estos sectores es con una mayor intervención en forma directa sobre la producción de bienes y servicios, aumentando y diversificando la oferta de estos.  A su vez dándole mayor lugar al sector obrero en los directorios de las empresas se puede poner a estos como controladores en la formación de precios.

A esto se le agrega la necesaria reforma fiscal. Pero no para que se reduzcan impuestos sobre sectores concentrados (lo cual en teoría “favorecería” la inversión), como pregonan los medios de la derecha, sino para aumentar la presión fiscal sobre los sectores que más tienen, y disminuir impuestos regresivos sobre los que menos, como el I.V.A.

Esto no es inmediato, ni depende de sólo buenas intenciones. La disputa contra estos sectores de poder se ve a diario, cuando traban la implementación de impuestos a la renta agraria diferencial, desabastecen y modifican los precios provocando inflación, o desviando las causas de ésta en los medios, responsabilizando a los sectores más desfavorecidos.

Por eso es que no sólo podemos hablar de inflación, sino también de “inflamación”. De respuesta del cuerpo social a los golpes de mercado (léase corridas, aumentos de precios, etc.) que estos sectores provocan en su disputa por hacerse de más y más ganancias. A los golpes se los puede curar, pero más que nada se los debe prevenir, porque a la larga no sólo es más barato sino más saludable. El costo no es poco, es profundizar en la disputa contra sectores que no quieren ceder en sus beneficios, es al fin y al cabo la pelea por la redistribución de la renta que producimos todos los argentinos.

 Marcos Giménez – Columnista invitado

(1) Uno de los desafíos de la teoría económica es explicar cómo puede co-existir la inflación con desocupación.

La nota de este mes se interna en uno de los temas más interesante de la historia de la industria nacional. Su autor, Javier Fernández, forma parte del equipo de técnicos que conforman hoy el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación, y su interés por la historia del famoso “Pulqui” está orientado por la búsqueda de respuestas y soluciones al problema del atraso tecnológico argentino. Iluminar estos aspectos del pasado quizás nos advierta sobre las posibilidades y limitaciones, tanto económicas como políticas, del desarrollo de una industria nacional de punta, así como de las posibles estrategias para alcanzarlo. (Alejo Reclusa – responsable de sección)

Al finalizar la segunda guerra mundial (en adelante SGM), el gobierno de Perón impulsó el desarrollo de la industria aeronáutica, dirigiendo sus esfuerzos a reclutar científicos y tecnólogos extranjeros. En este sentido la fabricación del Pulqui I y II –primer avión caza a reacción de Suramérica- iba a ser acompañada por el desarrollo de la química en Tucumán o el impulso nuclear en la Isla Huemul.

Estos desarrollos deben entenderse como parte de una búsqueda ambiciosa de autonomía de productos manufacturados, un pilar del peronismo nacionalista-industrialista. Esta ideología de desarrollo industrial autónomo había tenido como primeros antecedentes la exploración y explotación del petróleo en la década de 1920 y el posterior impulso de la siderurgia en los años 30’ con figuras destacadas como el militar e ingeniero Enrique Mosconi y el General Manuel Savio.

La producción de aviones en la Argentina se remonta a finales de la década de 1920, cuando la Fábrica Militar de Aviones de Córdoba comenzó a producir aeronaves y motores extranjeros bajo licencia. La sustitución de importaciones de la década de 1930 acompañó el diseño de los primeros modelos endógenos. Más tarde, el gobierno que acabó con la década infame, conocido como la revolución del 43’ e integrado por Juan Domingo Perón, impulsó la producción de modelos autóctonos que favorecieran la utilización de materias primas e insumos locales, especialmente madera.

En 1946, en el marco del Plan Quinquenal se redactó una planificación específica para el Ministerio de Aeronáutica que contempló aspectos tan disímiles como el aeromodelismo a nivel escolar, el servicio meteorológico y la aviación militar. El proyecto, que comprendía el período 1947-1951, incluía la producción de una extensa gama de aviones que posibilitaban la realización de variadas misiones contempladas por la Fuerza Aérea.

Para poner en práctica el Plan, la Argentina se propuso contratar recursos humanos extranjeros. Sin reparar en purismos ideológicos -al igual que EE.UU. y la U.R.S.S.- pudo gestionar la contratación del prestigioso diseñador francés Emile Dewoitine, que por temor de ser acusado de colaboracionista había huido de Francia. En mayo de 1946, Dewoitine llegó a la Argentina y dio a luz, con la participación de personal argentino, al primer caza a reacción de Suramérica: IAe-27 Pulqui –que en araucano significa “flecha”. Durante 1946 se fabricaron las primeras piezas del prototipo, y se construyó una maqueta de madera en tamaño real para pruebas en el túnel de viento del Instituto. El primer vuelo exitoso del Pulqui se produjo el 9 de agosto de 1947. A partir de los primeros vuelos se consideró que el avión sufría una marcada falta de potencia, baja autonomía (800 km) y baja estabilidad en velocidades mayores a 600 km/h. No obstante, la Argentina era el segundo país del mundo –quitando a los que habían participado de la IIGM- que había diseñado y construido un avión de esas características. Este hecho tendría una clara relevancia a nivel mundial. El 22 de septiembre de 1947 la aeronave fue exhibida en vuelo ante el Presidente Juan Domingo Perón.

Tras la Primera experiencia del Pulqui I se comenzó a desarrollar un nuevo diseño que resolviera las limitantes mencionadas. Este nuevo proyecto llevó el nombre de IAe-27 Pulqui II.

Paralelamente, se estaba dando una disputa entre las potencias vencedoras por los científicos y tecnólogos alemanes que habían participado en desarrollos aeronáuticos. En este sentido, el gobierno peronista logró convocar al renombrado diseñador de la compañía Focke-Wulf, Kurt Tank, tras rechazar todo ofrecimiento de los países aliados. Tank, que logró fugarse clandestinamente de Alemania a finales de 1947 con planos de los últimos desarrollos realizados, se entrevistó con Perón y acordó la producción de una amplia serie de aeronaves, tanto de uso comercial como militar en concordancia con lo pautado en Plan Quinquenal. Un requisito de Tank fue la contratación de dos equipos de diseñadores alemanes para que trabajaran a su cargo.

A fines de 1948 se rescindió el contrato de Dewoitine mientras que el personal argentino que se había desempeñado con él siguió en funciones desarrollando un diseño denominado IAe-27a. Por otra parte, la gente de Tank avanzaba en el diseño de un caza a partir de un proyecto previo de la Focke-Wulf, el Ta-183.

A medida que avanzaron los desarrollos, se resolvió optar por el diseño del grupo alemán. Pocos meses después, el personal argentino abandonaría el Instituto Aeronáutico. El modelo elegido tenía características comparables a los desarrollos que se llevaban adelante en la U.R.S.S. y E.E.U.U. El modelo fue bautizado IAe-33 Pulqui II y realizó su primer vuelo el 16 de junio de 1950.

El Pulqui II fue presentado en Buenos Aires en el Aeroparque de la Ciudad donde Tank realizó un vuelo de exhibición ante una gran multitud. En el mismo acto el Presidente Perón dio un discurso donde afirmó que en el Segundo Plan Quinquenal se avanzaría en el desarrollo del modelo para poder fabricar en el país “hasta el último tornillo”. La fuerza de esta imagen quedaría impresa en el imaginario de la patria peronista, tal como lo retrata Santoro en su recreación documental de los años del Pulqui.(1)

Poco después, en dos accidentes fatales, se destruyeron dos prototipos del Pulqui II. Estos hechos, sumados a la crisis económica y la decisión de constituir las Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado (IAME), pusieron el proyecto en “stand by”.  El proyecto IAME perseguía sustituir bienes manufacturados importados como motos, automóviles, lanchas, tractores, motores y aviones. Además de reducir la dependencia sobre importaciones, se buscaba equilibrar la balanza de pagos, fuertemente afectada por dos sequías que habían diezmado la producción agropecuaria.

En setiembre de 1955 se produjo el golpe de estado autotitulado “Revolución Libertadora”, también llamada “fusiladora” por su carácter antipopular y genocida –en junio se había bombardeado y ametrallado a las multitudes que apoyaban a Perón en Plaza de Mayo con más de trecientos muertos y setecientos heridos civiles-. Tras deponer a Perón, el gobierno de facto presionó a Tank por su ingreso ilegal al país. En febrero de 1956 Tank y catorce ingenieros extranjeros abandonaron el país.

Este hecho se sumaría a otros dos elementos que pondrían un freno al proyecto Pulqui. Por un lado, cuando la Fuerza Aérea Argentina consultó a IAME sobre el plazo para disponer de un lote de producción de 100 IAe-33, la respuesta fue de 5 años, mientras que EE.UU. podía entregar un lote de inmediato. Por otra parte, en noviembre de 1956 el cuarto prototipo del Pulqui II tuvo un accidente cuando aterrizaba de una demostración ante oficiales de la Fuerza Aérea. El piloto sobrevivió pero el artefacto quedó destruido.

Si bien hay autores que asocian la conclusión del proyecto Pulqui a la creación de IAME, y podemos coincidir que el impulso de IAME significó de alguna manera poner el desarrollo aeronáutico en un segundo plano, consideramos que esta razón es insuficiente para explicar el fracaso de un desarrollo aeronáutico endógeno. Cuando desde el peronismo se afirma que la dictadura atroz perpetrada a partir de 1955 es la principal responsable de la destrucción del Pulqui, no se le está quitando responsabilidad a los gobiernos posteriores.

El caso del Pulqui muestra las complejidades de desarrollar una tecnología de punta o de frontera tecnológica. Queda claro cómo juegan aspectos de índole técnica como el diseño del avión, sus materiales y componentes; aspectos políticos como el revanchismo de la dictadura de 1955 y todo el antiperonismo que buscó “desperonizar la patria” golpeando un desarrollo tecnológico que hubiera favorecido a amplios sectores de la sociedad. Vale como ejemplo pensar en lo que significa hoy la Empresa Embraer para Brasil.(2) Otro punto a mencionar es cómo el pragmatismo de un sector militar llevó a favorecer la compra de aviones a EE.UU. y cómo desde la gestión pública y el cortoplacismo que la caracteriza, se tomaron decisiones que afectaron a procesos estratégicos cuyos méritos y externalidades solo asomarían a mediano y largo plazo.

 Javier Fernández – Columnista invitado

(1)“Pulqui, un instante en la patria de la felicidad” de  Alejandro Fernández Mouján y Daniel Santoro (http://www.youtube.com/watch?v=x7YlZA–UXs)

(2)Para un resumen de la historia de Embraer: http://es.wikipedia.org/wiki/Embraer

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