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Atrévase a Soñar

Nuevamente, el amigo de la casa Alejandro Tolosana, líder y lacayo en ese hermoso proyecto llamado Radio AM, nos acompaña, esta vez con una reseña acerca de una de las obras más importantes que la historieta anglosajona haya legado en las últimas décadas: esa infinita condensación de mitologías, leyendas y cuentos de hadas que es The Sandman, del británico Neil Gaiman (Coraline, American Gods, Stardust) (David Fernández Vinitzky – Responsable de sección)

La saga de The Sandman (12 tomos, Vertigo Publishings).

Escrita por Neil Gaiman e ilustrada por Dave McKean (tapas), Sam Kieth (co-creador), Colleen Doran, Mike Dringenberg, Marc Hempel, Kelly Jones, Jill Thompson, y Michael Zulli, entre otros.

 

“Que toda la vida es sueño

Y los sueños, sueños son”

Pedro Calderón de la Barca.

Neil Gaiman pertenece a un Olimpo de escritores de historietas del que forman parte genios de la talla de Alan Moore, Frank Miller y Grant Morrison y The Sandman es, sencillamente, su mejor obra; su trabajo más ambicioso y mejor logrado, a pesar de que el “currículum vitae” de Gaiman incluye haber formado parte de otra de las grandes historias épicas del cómic como Marvelman/Miracleman (continuando el increíble trabajo de Alan Moore) y de que también ha sido justamente reconocido como novelista de obras como Coraline y American Gods y de que ha sido parte de la (genial e ignota) serie de televisión transmitida por BBC 2: Neverwhere, entre incontables otras obras.

The Sandman es una historia coral centrada en Morfeo, el Señor que reina en el plano de los Sueños y uno de los siete Eternos (junto con Muerte, Desesperanza, Delirio, Destrucción, Destino y Deseo), que comienza con su cautiverio en 1916, logrado de manera accidental por dos hechiceros que intentaban capturar a Muerte y, así, lograr ser inmortales. Morfeo logra escapar de su prisión, pero se da cuenta de que, durante su destierro, sus atributos de poder han sido robados y dispersos (un casco, una piedra de rubí y la bolsa conteniendo la arena que es sustancia principal de los sueños), y a consecuencia de su ausencia, su reino ha sido diezmado y muchos de sus sueños y pesadillas se han fugado al mundo de los mortales.

A partir de la búsqueda de Morfeo de sus atributos perdidos y de su empeño en restaurar el orden perdido en su reino, The Sandman se desarrolla como una clásica historia épica, en el estilo de la Ilíada y la Odisea, la saga del Señor de los Anillos o la Divina Comedia, durante la cual Morfeo y  los Eternos se mezclan con algunos personajes creados originalmente por Gaiman (como, por ejemplo, Fiddler’s Green, un sueño que, en realidad, es un lugar con sentimiento autónomo, aunque ocasionalmente toma forma humana; Merv Pumpkinhead, una especie de encargado del área de mantenimiento de los sueños y The Corinthian, una pesadilla con bocas por ojos que, durante el cautiverio de Morfeo, vaga por la tierra como asesino serial) y con personajes de la literatura y la mitología universal (entre los que podemos resaltar a Lucifer, Caín y Abel, de la Biblia; Thor, Odin y Loki, de la mitología Nórdica; a varios personajes de la mitología Griega y un importante “cameo” de John Constantine, el personaje creado por Alan Moore para The Swamp Thing, que luego tendría su serie propia, llamada Hellblazer) y de la historia de la humanidad (Marco Polo, Julio César y, tal vez la incursión más notable, de William Shakespeare, que es contratado por Morfeo para representar, más que apropiadamente, su obra: Sueños de una noche de verano, ante una audiencia de sátiros, elfos y otros seres fantásticos).

 

Las tapas individuales de cada entrega, compuestas por el artista Dave McKean (amigo personal y usual colaborador de Neil Gaiman) merecen un párrafo aparte; poseedoras de una belleza surrealista avasallante, perfectamente “lyncheana”, cada una de ellas constituye una obra de arte en sí misma, y su suma representa con exactitud el ambiente onírico en el cual se desarrolla la serie.

Es difícil resumir una obra de doce tomos en un artículo breve, pero la esencia de The Sandman reside en abordarla como lo que es: una gran aventura, inspirada y comparable con las relatadas por Julio Verne, Emilio Salgari y H.G. Wells, quienes, como Morfeo, han sido los mayores forjadores de sueños de la literatura y, tras cuyos pasos, Neil Gaiman es orfebre de sueños épicos, en forma de historieta.

Alejandro Tolosana –Columnista Invitado

Siguiendo con lo que nos compete en La Novena Musa, la sección de historietas de Palabras Transitorias, tenemos el agrado de presentar un artículo del señor Alejandro Tolosana, hombre orquesta detrás de los tres discos de Radio AM, cuervo irredento y talentoso segunda punta, quien escribe sobre “Wimbledon Green: The Greatest Comic Book Collector in the World”. Un buen enfoque a tener en cuenta sobre el ombliguista y romántico mundo de los coleccionistas de comics. (David Fernández Vinitzky – responsable de sección)

No creo que sea demasiado descabellado decir que una obra de arte es como un espejo que devuelve al mundo, aunque distorsionada, la imagen de su autor. En este caso, Wimbledon Green: The greatest comic book collector in the world  (del historietista canadiense Seth), en su condición de historieta que habla acerca de otras historietas (aunque apócrifas) y de los curiosos y estereotípicos personajes que giran como satélites en torno a ellas, funciona, más bien, como un sistema de espejos enfrentados que también incluyen al lector en su retrato de un sector particular del vasto “mundo del cómic”.


El recurso central a partir del cual se desarrolla la trama es la construcción de un documental falso (en cine, se lo llamaría mockumentary: documental en broma), cuyo objetivo es retratar a Wimbledon Green, un coleccionista de historietas cuya verdadera identidad y origen constituyen un misterio para la mayoría de sus colegas, quienes, no obstante, desarrollan diversas teorías relacionadas con los detalles improbables de la vida de Wimbledon, surgidas de la admiración, la envidia (malsana) o la enemistad; forjando así, en apenas 125 páginas, su leyenda.

Lo más destacable de Wimbledon Green, The greatest comic book collector in the world, en principio, es que funciona como sátira y a la vez como tributo, relatando tiernamente la devoción que los coleccionistas sienten por su hobby, pero también, con justa ironía, el celo exagerado con el que se entregan a una actividad que los embarca en epopeyas dignas de Homero, los enreda en traiciones que se suceden en efecto dominó y pone de manifiesto, en todo momento, una vanidad extravagante que les es propia y que oscila indefinidamente entre lo adorable y lo grotesco.


Otro aspecto atractivo de este libro es que, contrariamente al hermetismo que sugiere la temática de un libro acerca de coleccionistas de historietas, ámbito que suele ser elitista y que mayormente utiliza un lenguaje basado en códigos rígidos, no hace falta tener un conocimiento vasto (casi diría que no hace falta tener conocimiento alguno) de comics para disfrutar su lectura. Wimbledon Green no es, seguro, un libro concebido para un público numeroso, o mainstream, pero de ninguna manera es un libro inabordable o sumamente denso. Es una publicación que, en palabras de su autor: se originó apenas como un libro de bosquejos o un ensayo, y que posteriormente cobró la importancia de un proyecto publicable; sus dibujos son simples y sus textos fluidos al punto que su lectura es del tipo que fomenta la impuntualidad y provoca el quemado de tostadas, con tal de leer una, dos, diez páginas más, hasta que nos damos cuenta, con la tristeza del coleccionista que completa una colección con la que se ha encariñado particularmente, de que hemos llegado al final de la aventura.

La suma final de todos estos valores, entonces, da como resultado un libro muy entretenido, con todas las virtudes de un posible clásico del género y, además, cuya edición de tapas duras es verdaderamente impecable y (ya que todo tiene que ver con todo, como bien dijo Pancho Ibáñez) le confiere un valor agregado como objeto de colección. Cabe destacar que, a diferencia de la otra gran obra de Seth: George SprottWimbledon Green no es un armatoste desproporcionado, imposible de ubicar en una biblioteca de tamaño normal, sino casi un libro de bolsillo.

                                                                       Alejandro Tolosana – Columnista invitado

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