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La camioneta zigzaguea y dibuja ochos como una abeja.

Sube y sube, y después baja y baja, hasta que vuelve a subir y a bajar en un bamboleo de nausea.

El Alto Atlas marroquí no da tregua. Si quieren llegar al desierto, parece decir la cordillera norafricana, será sobre mi cadáver de piedra de más de 4 mil metros de altura y curvas y contracurvas sin fin.

La camioneta, un minibús, parece un vehículo de la ONU: adentro hay dos andaluces, una polaca, una inglesa, dos suizos, tres belgas, dos argentinos y un marroquí, en busca de dunas gigantes con camellos. Hay, también, una radio mal sintonizada; un sonido sale por los parlantes como una interferencia, como un quejido. Pero es música, o algo parecido: “Suavementeeeeee”, parece decir el estribillo.

“Suavementeeeee”, dice nomás.

Si sonaba extraño tener que atravesar cumbres nevadas en una camioneta multiétnica para llegar al desierto, hacerlo con Elvis Crespo como cortina por decisión de una FM berebere local definitivamente supera todo lo imaginado.

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-Joder macho, ¿este tío de dónde pollas es?

-Es español.

-Yo creo que es francés.

-Españolísimo, pero si habla mejor que nosotros.

El hombre, el joven en cuestión al que se refieren los dos andaluces, habla en inglés con la chica inglesa que viaja en la camioneta, habla en francés con un amigo suyo y con el chofer, y habla en un castellano impecable de manual con ellos dos mientras ellos tratan de desentrañar de qué misteriosas tierras políglotas viene.

-Soy de Suiza. En la escuela hablamos francés y alemán, estudiamos inglés y español,  pero además mi madre es de Valladolid, y el italiano lo aprendí durante la mili, en los Alpes.

Cuenta, además, que tiene 23 años. Será, desde ahora, “El intérprete”.

Y en medio de la nada, a casi diez horas en auto de Marrakech y a menos de 80 kilómetros de la frontera con Argelia, además de un amplio repertorio de idiomas, el suizo cuenta que tiene algo que vale oro en este suelo abstemio: alcohol.

Compró una botella de vino en las afueras de la Medina, cruzando los límites de la muralla que rodea la ciudad vieja en Marrakech, el kilómetro cero de esta excursión.

Sabe que esas botellas son oro puro, aquí y ahora, en el mismísimo traste del mundo.

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El chofer dice, o en realidad “El intérprete” dice que el chofer dice, que la ciudad que aparece por las ventanillas es Zagora, la puerta de entrada al Sahara. Atrás -unas cinco horas atrás- quedó la ciudad de Ouarzazate, la versión marroquí de Hollywood, donde se filmaron películas como Gladiador o La última tentación de Cristo. En Ouarzazate, hace exactamente medio siglo, Peter O´Toole fue Lawrence de Arabia.

Aquí, en Zagora, en tanto, llega la hora de abandonar el minibús.

No se ven dunas; no hay médanos a la vista.

Después de más de diez horas de viaje, después de aguantar el mareo y las nauseas por los caminos espiralados de la cordillera, y después de pasar del calor al frío mil veces, sólo se ve un pequeño pueblo: pintoresco, claro, pero sin mucha diferencia con otras villas que aparecían en el camino.

-Más vale que el desierto esté cerca –es el comentario generalizado.

En principio, lo que está cerca es una manada de dromedarios remolones.

-Please, s’il vous plaît- invitan los pobladores locales que oficiarán como guías. Señalan un animal per cápita.

Trepar a un dromedario resulta un poco incómodo, pero más aún lo es mantener el equilibrio cuando el rumiante desértico preferido de los berebere se pone de pie como un subibaja.

Una vez listo el convoy, se inicia, al fin, el tramo final de este largo camino al desierto: inglesa, belgas, andaluces, polaca, suizos y argentinos, a bordo de dromedarios; los tres guías, a pie.

La noche empieza a caer a medida que el suelo se vuelve arenoso.

Pero antes de que el más mínimo vestigio de una duna aparezca, una certeza se presenta como una revelación: montar un dromedario es por demás incómodo. En términos ergonómicos, se produce un constante golpeteo contra el escroto, que resulta harto molesto. El asunto exige concentración para tratar de amortiguar cada paso. Pero en cuanto los médanos son una realidad y la marcha del camello se vuelve irregular y brusca, sólo resta la resignación y algún pensamiento evasivo que permita ignorar el indigno traqueteo.

Los minutos corren, y el cielo negro cubre la noche como un techo con un millón de estrellas. Un cielo como nunca jamás pueda verse en una ciudad o incluso en el campo.

Los guías berebere avanzan mientras tiran de las riendas de los camellos, y la sensación como jinete es la de un japonés viajando en un pony por Caminito; todo un poquito artificial, como estereotipado y frívolo.

Lo único cierto, lo único ajeno a la puesta en escena, es el cielo. Y también el frío, y el té.

El té de menta, el whisky marroquí, como lo llaman dentro de las carpas montadas en medio de la nada, abre el pecho como una pasta de eucalipto y permite tragar el frío como una bocanada.

El suizo, “El intérprete”, saca entonces de su mochila la botella de vino de la que hablaba en el viaje. Segundos después, el joven revuelve su equipaje, tantea los bolsillos. Bufa. Pone cara de cómo no pensé en eso. Él, que ha hecho la colimba en Los Alpes, que habla catorce idiomas y luce una seguridad envidiable, acepta la derrota:

-El sacacorchos…

Lo miro. Es mi momento.

-Ese cuchillo -le digo-. Tiene serrucho.

Me mira. Entiende el idioma, pero no el sentido de lo que digo.

Le explico, entonces, que en Argentina no hablamos ni alemán, ni francés, quizás un poco de inglés. Pero sabemos de física aplicada; en este caso, aplicada a quitar un corcho de una botella.

Afuera hay un fogón.

El frío es compacto en la noche límpida; el vino cae al alma como al pasto el rocío, diría el poeta.

Y haciendo malabares para esquivar el humo, dos andaluces, una polaca, tres belgas, una inglesa, dos suizos y dos argentinos nos recostamos para ver y escuchar, al fin, el desierto.

A qué otra cosa vinimos sino hasta acá.

Alfredo Ves Losada – De la redacción

Los números redondos siempre ejercen un atractivo especial. No es extraño entonces que los 30 años sobre el inicio de la Guerra de Malvinas hayan generado un mayor interés por saber lo que ocurrió en 1982. En esta ocasión, y para responder al interés que ha generado en gran parte de la sociedad lo ocurrido y lo que ocurre actualmente con las Islas Malvinas, es que hemos decidido consultar a dos especialistas en Relaciones Internacionales. Oscar Mastropierro y Jorge Battaglino, nos acercan sus reflexiones sobre una serie de cuestiones que suelen estar ausentes al hablar sobre Malvinas: cómo asiste el Derecho Internacional a cada una de las partes involucradas en el conflicto, el rol de los Organismos Internacionales y sus resoluciones y la diversas estrategias implementadas por los distintos gobiernos argentinos para recuperar el control sobre las Islas. Los invitamos a que pasen a leer esta “Conversación” recargada y esperamos que las respuestas de nuestros entrevistados arrojen un poco de luz sobre estos temas que suelen quedar en la obscuridad.  

Dr. Jorge Battaglino. Investigador Adjunto del Conicet y Profesor del Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella

¿En qué cuestiones del derecho internacional se ampara la República Argentina para reclamar las islas Malvinas? En contrapartida, ¿a qué apela Gran Bretaña?

Existen varios principios y normas del derecho internacional en los que se ampara el reclamo argentino.  Quizás el principal sea el de uti possidetis iure que sostiene que los nuevos estados surgidos de los procesos de independencia en América Latina, conservarían las antiguas fronteras de las colonias del imperio español en América. De este modo,la Argentina heredaba los derechos españoles sobre los territorios del desaparecido Virreinato del Rio dela Plata, que incluía a las Islas Malvinas.

La Argentina también se ampara en todas las resoluciones dela ONU sobre descolonización que apoyan el reclamo de nuestro país.

La posición de los británicos se apoya más en la idea de ocupación efectiva del territorio y de autodeterminación de los isleños. Sin embargo, la resolución 2065 dela ONU establece que las Islas Malvinas no pueden ser descolonizadas atendiendo el principio de autodeterminación y que el mismo debía considerarse en relación a otros principios de mayor jerarquía, como el de la unidad territorial del Estado. En este sentido, la autodeterminación no puede aplicarse a Malvinas porque sus habitantes actuales son una consecuencia del desalojo violento de los legítimos residentes argentinos.

¿Cómo se habían manejado las relaciones exteriores entre ambos países antes de la guerra? ¿Había avances? ¿Qué ocurre después del conflicto?

La Argentina había desarrollado una política de cooperación con los isleños durante la década de los 70’s. También se habían producido avances en las negociaciones sobre la soberanía, se plantearon distintos tipos de acuerdo de cesión, de condominio o de arriendo que tuvieron distintos grados de avance. Sin embargo, todos ellos chocaron con la férrea oposición de los kelpers que llevaron a cabo un eficaz lobby en Londres.

¿Podría analizar la estrategia actual del gobierno? ¿Cómo influye el contexto internacional en el éxito o fracaso de las mismas?

La Argentina ha desarrollado una política de regionalización de la cuestión Malvinas que incluye a todos los países sudamericanos. Este apoyo tiene un significado distinto en esta etapa porque la región tiene creciente peso internacional; es decir, el respaldo sudamericano tiene un nuevo significado histórico. Por ejemplo, Gran Bretaña ha intentado cambiar la opinión de países como Chile y Brasil mediante el envío de funcionarios de alto nivel, sin embargo, ambos países han mantenido su posición favorable al reclamo argentino.

¿Qué opinión le merece el documento “Una visión alternativa” dado a conocer por un grupo de reconocidos intelectuales y periodistas?

El principal problema que encuentro en el documento es que presenta una descontextualización histórica llamativa. Más allá del hecho central de que la postura que propone conduce a la perdida definitiva de las islas, es notable como el documento parece aceptar la realidad de la fuerza. Desconoce y premia a las potencias coloniales que durante siglos no han hecho más que expoliar y sacrificar generaciones enteras de pobladores de las regiones periféricas del planeta.

Malvinas es una consecuencia evidente del colonialismo, una de las 16 colonias que aún subsisten. El hecho de que Malvinas sea una colonia no es algo que sostenga solamente la Argentina o los países latinoamericanos; es el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas el que ha reiterado año tras año que existen 16 territorios no autónomos a ser descolonizados, siendo Malvinas uno de ellos.

Respecto a la preocupación del documento por la autodeterminación de los isleños, podríamos decir que las distintas resoluciones de la ONU, principalmente la 2065,  señalan que las islas no pueden ser descolonizadas atendiendo ese principio. Esto no implica que la Argentina no tenga que considerar a los isleños, por el contrario, existen arreglos institucionales, propios de los estados plurinacionales, que permitirían que los kelpers conservaran su modo de vida bajo la soberanía de la Argentina.

El documento no sólo legitima una rémora del colonialismo en nuestro continente sino que además desconoce la institucionalidad local (la Constitución Argentina establece la recuperación pacifica de las islas) y la global, representada por la ONU, la institución más importante que tiene el sistema internacional.

Mgs. Oscar Mastropierro. Docente e Investigador del Departamento de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Humanas de la UNICEN.

¿En qué cuestiones del derecho internacional se ampara la República Argentina para reclamar las islas Malvinas? En contrapartida, ¿a qué apela Gran Bretaña?

Hay una argumentación que Argentina utiliza históricamente basada en la resolución dela ONU 2065 del año 1965. Esta resolución básicamente tiene tres puntos: 1- Reconoce que existe un conflicto por las islas entre Argentina y Gran Bretaña, cosa que antes no ocurría. 2- Insta a las partes involucradas a sentarse en una mesa de negociaciones y solucionar el conflicto. El tema de fondo es la soberanía sobre las islas. 3-La Asamblea General de la ONU votó a favor de la postura Argentina que sostiene que para solucionar el conflicto se debía tener en cuenta los intereses de los isleños y no los deseos como planteaba Gran Bretaña. Este fue el verdadero triunfo de la diplomacia argentina. La cuestión es qué significaban “los intereses de los isleños” en esa época. Los isleños antes de la guerra no eran británicos, eran ciudadanos de un territorio de ultramar de Gran Bretaña, llamados ciudadanos de segunda. No tenían derecho a salir de las islas e ir a Gran Bretaña. Estaban literalmente aislados del mundo porque la asistencia sanitaria y la provisión de alimentos eran una vez al mes o cada dos meses a través de un barco. La Argentina planteó que los intereses de los isleños podían ser cubiertos por nuestro país. A partir de esta resolución Argentina sostiene que el Reino Unido debe aceptar lo que dice esta disposición. Antes y después de la guerra, Argentina ha sostenido esta postura en la Asamblea General y en el Comité de Descolonización. De allí viene que en 1971 se firmaron los “Acuerdos de Comunicación” que contemplaban: alimentos frescos, frutas y verduras, asistencia médica en el continente, becas para estudiantes en el país, asistencia de combustibles líquidos y gaseosos, etc. Por otro lado, históricamente, los británicos han sostenido que lo que hay que tener en cuenta son los “deseos” de los isleños. Que son ellos los que deben decidir si quieren ser argentinos o británicos. Esto no es aceptado por nuestro país, porque sostiene que los isleños forman parte del problema. No quiere decir que no puedan opinar, todo lo contrario, pero lo deben hacer a través de Gran Bretaña. La ONU, en la resolución 2065, sostiene que los isleños no se pueden autodeterminar porque es una población implantada por los propios ingleses. Esta es una cuestión bilateral, entre Argentina y Gran Bretaña, los isleños no pueden formar parte de la mesa de negociación como una tercer parte.

¿Cómo se habían manejado las relaciones exteriores entre ambos países antes de la guerra? ¿Había avances? ¿Qué ocurre después del conflicto?

El conflicto no comienza el 2 de abril de 1982. Empieza el 3 de enero de 1833, el día en que los británicos llegan, provocan la verdadera invasión de las islas y desalojan la población de la Confederación Argentina transformándolas en colonia británica. Previamente, en 1831, hubo un conflicto con barcos norteamericanos que bombardearon las islas ante los intentos de los representantes “argentinos” de querer cobrarles un impuesto por la caza de focas. Durante el resto del siglo XIX y la mayor parte del XX, la fuerza de los reclamos fue muy dispar, a veces con mayor ímpetu otras veces con menos fuerza. Recién en 1965 es que se logran los primeros avances y en el 71 es que se firman los “Acuerdos de Comunicación”, de los que hablábamos antes. Los “Acuerdos de Comunicación” de 1971 no tenían la intención de convencer a los isleños de ese momento, sino establecer un trabajo a largo plazo. Lograr, tras 50 o 60 años, volcar los “deseos” de los isleños hacia Argentina. Los “intereses” ya nos favorecían, faltaban los deseos, pero esto se interrumpió con la guerra.

A principios de los setenta, durante el tercer gobierno de Perón, hubo también una posibilidad de abrir negociaciones para discutir el tema de la soberanía, pero demoras en el gobierno argentino, la muerte de Perón y cambios en el gobierno británico hicieron fracasar esta posibilidad. Nunca hubo negociaciones serias con respecto a la soberanía antes de la guerra. A principios de 1982 hubo encuentros argentinos-británicos para dialogar por la soberanía, cuando el desembarco ya estaba planificado, pero las reuniones de marzo ya ni se llevaron a cabo, ante las negativas de Gran Bretaña, por lo cual la Junta Militar tomó una decisión equivocada que fue autorizar el desembarco del 2 de abril.

Lógicamente, los “Acuerdos de Comunicación” quedaron cortados tras el 2 de abril y a partir de la guerra fueron los británicos los que abastecieron las islas y otorgaron la ciudadanía (británica: se sobre entiende) a los isleños. Lo que permanece vigente es la resolución 2065. En la Asamblea General de la ONU de septiembre de 1982, Argentina presenta una moción para empezar conversaciones en torno a la soberanía y los miembros votaron a favor de de la postura Argentina.

Durante el gobierno radical, Alfonsín tuvo que enfrentar el tema del “cese de hostilidades”, aunque formalmente no hubo declaración de guerra. Si se reconocieron hostilidades ya que se cerraron las embajadas y retiraron los diplomáticos. En el 84 hubo reuniones, pero ante el tema de la soberanía los diplomáticos británicos se retiraron. Al final del gobierno de Alfonsín, Dante Caputo, buscó una alternativa que fue lo que después se conoció durante el gobierno de Menen como “el paraguas de soberanía”. Esta consistía en poner la cuestión de la soberanía bajo una “sombrilla” y dialogar sobre todos los temas que también interesaban a ambos países como la pesca, las comunicaciones, la ayuda a las islas, la protección del medio ambiente, sin que ningún acuerdo que se llegue sobre estos temas afectara la posición de cada uno de los países con respecto a la soberanía. Al asumir Menem, lo primero que hace es restablecer las relaciones diplomáticas con Gran Bretaña y se firma el cese de hostilidades. Con este “paraguas”, y con Guido Di Tella como Canciller, es que comienza lo que se conoce como la “política de seducción” para tratar de conquistar los “deseos” de los isleños y se implementan medidas para convencerlos.

¿Podría analizar la estrategia actual del gobierno? ¿Cómo influye el contexto internacional en el éxito o fracaso de las mismas?

Lo que es seguro es que las islas no van a retornar a la argentina en el corto plazo. Cuando Rafael Bielsa era Canciller de Néstor Kirchner dijo que no importaba si pasaban 400 años, que había que seguir peleando. Si bien no resulta sencillo compararse con China, habrá que apostar a la estrategia que ellos utilizaron con respecto a Hong Kong. Los números redondos siempre generan cosas pero la escalada del conflicto no es nueva. Generalmente, se origina en el lado británico, siempre hay marinos que están alertando sobre la posibilidad de que Argentina intente retomar el control por la fuerza. A estas voces tradicionales se ha sumado la posición del Primer Ministro Británico que hasta habló de que Argentina es un país colonialista. Quizás la estrategia de responder en el mismo tono ha hecho que la burbuja por el conflicto haya crecido, sin embargo, creo que es necesario tener una postura firme ante los dichos y los actos de Gran Bretaña. Quizás algunas reacciones son exageradas como lo que ocurrió con la presencia del príncipe en las islas. Es importante el apoyo recibido por parte de los países de Sudamérica, así como también las iniciativas en la OEA y las Naciones Unidas a favor de la Argentina y en estos últimos meses que organismos como el Mercosur, la UNASUR y el Alba hayan apoyado el reclamo argentino. Sobre todo es éste último espacio que tiene países con fuertes vínculos con Gran Bretaña. También son importantes las acciones individuales de los países de Sudamérica, como el no reconocimiento de la bandera malvinense, que es una forma clara de respaldar el reclamo argentino. Lo que no creo que ayude es la negativa a que atraquen los cruceros turísticos.

¿Qué opinión le merece el documento “Una visión alternativa” dado a conocer por un grupo de reconocidos intelectuales y periodistas?

La verdad es que no estoy de acuerdo con lo que plantea este documento. Los isleños son británicos y no tienen derecho a la “autodeterminación” como dejó en claro la ONU. Que nosotros opinemos que los isleños tienen “deseos” le puede caer muy simpático a los isleños, pero no va a favorecer un acercamiento con Gran Bretaña ni cambiar la desconfianza que nos tienen después de la guerra. Hay que tener una posición firme ante ambos. Los isleños deben manifestarse a través de Gran Bretaña, no pueden sentarse a la mesa de negociación. Ya en 1995, Guido Di Tella escribió una editorial en el diario Clarín que llevaba por título: “Ahora los deseos de los kelpers” en la que daba una serie de argumentos por las cuales había que aceptar los deseos de los isleños. Di Tella les cayó muy bien a los isleños pero éstos no cambiaron su posición. No me parece que ésta sea la mejor postura. Tampoco me parece extraña la resistencia que generó esta posición y la poca trascendencia que tuvo. Creo que hay que retrotraerse a la resolución 2065 que es el documento más importante que logró nuestra diplomacia. Hoy quizás debamos buscar algún argumento más, alguna fisura que sea tan contundente como esta resolución. Rodolfo Terragno, un estudioso del tema, insiste en que el Reino Unido nos dio un nuevo argumento para encarar las negociaciones: los isleños, después de la guerra, se convirtieron en ciudadanos británicos, por lo cual no pueden ser interlocutores. Son tan ingleses como los habitantes de Londres o de Manchester.

Alejandro Morea, Alejo Reclusa y Alfredo Ves Losada- De la Redacción

Plegaria para un niño dormido

Nos gustaba tanto el punk rock, el grunge, el trash de grupos como Pantera. Nos encerrábamos a escuchar Death Embrionyc Cells, de Sepultura, las poesías oscurísimas de Alice in Chains, y cantábamos a los gritos los temas combativos de las bandas del movimiento Buenos Aires Hard Core y los más simpáticos de Los Brujos. Y entonces un hombre aparecía y nos hablaba del amor, del alma.

El hombre usaba sobreesdrújulas con acentuaciones cambiadas y hacía preguntas desgarradoras.

El hombre era una marca: todos conocíamos quién era Luis Alberto Spinetta. Sabíamos que era flaco, que era un prócer, y que era objeto de culto: o te gustaba Spinetta o no. Y a nosotros, trece, catorce años, ¿nos gustaba? Habíamos empezado a escuchar más su nombre después de Tango Feroz. Él mismo opinaba que esa película había revivido cierto interés por el rock nacional. Pero además de su nombre y sus señas, ¿qué sabíamos de Spinetta? ¿Sabíamos que en la década del 60 les había preguntado a los integrantes de lo que luego sería Vox Dei por qué cantaban en inglés teniendo todo el idioma español a disposición?

¿Éramos conscientes de que incluso los temas de sus primeros discos que sonaban más sencillos eran imposibles de cantar y que no eran sólo cancioncitas hippies sino un sonido rockero de vanguardia total? ¿Sabíamos en nuestra adolescencia turbulenta que no se puede cantar como él, que no se pueden meter tantos acordes en un estribillo sin rima como hace en A estos hombres tristes?

Era extraño: nada de eso sabíamos, pero apenas abrimos las puertas de su mundo fue como si supiéramos todo de golpe. Y sin abandonar las tardes de guitarras mal tocadas ni los recitales de Hermética o Flema nos dejamos llevar por ese otro costado complementario y tierno en el que un hombre esbelto le cantaba a un poeta incomprendido como Antonin Artaud y decía “Despacio, también, podés ser la Luna”.

El poeta, escribió Susan Sontag, es poeta en su actitud, en su ética, y no sólo en su arte. Ser poeta es una forma de pararse en y frente al mundo, y ser. Pero cómo es que alguien –nos prenguntábamos entonces- puede aplicar al límite esa máxima en su modo de vida, y ser, además, y sobre todo, un poeta estéticamente notable, alguien capaz de escribir: “Como el viento voy a ver, si es que puedo amarte”. Qué tontos nos sentíamos queriendo ser poetas, que golpe de humildad era cada tema que descubríamos; quién se iba a animar a improvisar medio verso después de que este tipo viniera y nos cantara que el tiempo se había quedado a vivir, que todas las hojas eran del viento, que podía ver reír a la azafata del tren fantasma, y nos decía que cantáramos con él, toda la vida, porque una chica llamada Maribel se había hundido, en ese tema que es el texto más sutil y precioso que se haya escrito y cantado para hablar sobre los vuelos de la muerte.

Cuánto lo habrá odiado la muerte por las veces que se burló de ella y por la intensidad con la que le cantó a la vida.

En La Caída, uno de sus libros menos conocidos, Albert Camus escribió una idea provocadora. El viejo Camus decía que el hombre moderno no va a los velorios a llorar por los muertos. A los velorios, opinaba él, uno va llorar por uno mismo; no llora por el dolor del muerto, ni por imaginar el terror o el vacío que pueda haber experimentado esa persona en los instantes finales: se llora por el dolor de uno mismo frente a la ausencia nueva e inapelable de esa persona; se sufre al pensar en el cataclismo que esa ausencia significará para uno mismo o el impacto que tendrá sobre el universo de los vivos. Es una idea corrosiva, como tantas planteadas por Camus, y lo es sobre todo porque no intenta culpar a nadie por eso. La primera vez que leí esas líneas me sentí infantilmente tranquilo porque siempre había creído lo mismo y me incomodaba ser de los que pocos que pensaran en los muertos y no en las penas de los vivos. Pero la muerte de Luis Alberto Spinetta, no me avergüenza decirlo, me acercó mucho a aquella idea del Nobel francés: no dejo de pensar en el dolor del Flaco, y en todo lo que lo jodieron en sus días finales; pero no puedo evitar pensar en mí, en nosotros, que nos quedamos sin él. Pido permiso para ser un poco egoísta esta vez, escribir avergonzado estas líneas desordenadas, y para hacerme bolita como un chico y llorar porque nacemos a un mundo que es más feo sin Luis.

Vamos a tratar de cantarle; porque llorarlo es poco como decía Martí. Y soñemos con que quizás se sienta gorrión esta vez.

Alfredo Ves Losada – De la redacción

Confieso que he corrido

Soy Rambo, señores.

En esta mañana nublada de octubre, en esta ciudad gris y enorme, nada puede conmigo.

Soy inmortal: soy Homero Simpson a punto de cruzar mi propio precipicio en skate como por accidente y convertirme en el rey del mundo.

Acabo de superar el kilómetro 32 y estoy entero.

Me duelen la rodilla izquierda y un poco los gemelos. Me pesan los brazos y los pies, me molesta un poco el dedo gordo del pie derecho, y no sé si tengo calor o frío, pero todo está dentro de lo esperable. Cuando crucé la salida con Diego bien temprano no imaginaba llegar así a este punto.

Pero los acordes podridos de Teenage Riot, himno garage de Sonic Youth, retumban en los auriculares mientras dejo atrás el edificio del Correo viejo en Retiro, y me siento gigante. Llevo tres horas corriendo y estoy de pie, tranquilo, confiado, y no pierdo las esperanzas de bajar las cuatro horas cuando llegue por primera vez en mi vida al km 42.

Ya no tengo dudas: voy a cruzar la meta.

– Faltan diez kilómetros aun- me digo.

– Lo sé – me digo también.

Es una hora más, pienso.

– Una vida- pienso también.

Cómo será, me pregunto.

– ¿Será?

Está por llover, pronostico, como para distraerme. Hace tres horas que pienso que está por llover, y no llueve.

Ya no sé en qué pensar para despejarme: si me ofrecen agua, agarro agua; si me ofrecen Gatorade, agarro Gatorade; si me alcanzan unas rodajas de banana desde los puestos de hidratación, las acepto, no tanto por sus efectos anticalambres sino más bien para ocupar el tiempo en algo.

La cabeza, la mente, he leído y escuchado tantas veces, es, a esta altura de la carrera, el peor enemigo.

Avanzo bastante rodeado: un flaco parecido a mí me pasa como a un poste, una señorona de cincuentipico me da pelea pero la dejo atrás. Le apunto a dos chilenas que deben pesar juntas 50 kilos y las tomo como referencia; cuando me quiero dar cuenta estoy por pasarlas.

Veo el Aeroparque a un costado, el circuito KDT en el otro. Miro la Costanera sin autos, y el Río algo lejos, marrón como un billete gastado y tan distante de esta ciudad por la que, como escribió Rodolfo Walsh, muchas veces resulta tan difícil sentir algo de amor. Vuelvo a observar a la pareja de corredoras chilenas: parecen frescas y divertidas. Acelero un poco.

– Uy la puta madre –pienso de pronto.

Las chilenas me miran y se ríen; advierto que no lo pensé sino que lo dije en voz alta.

Delante nuestro está el viaducto de la avenida Sarmiento: es una pendiente en curva descendente de unos cien metros de largo y al llegar abajo está el kilómetro 33. El detalle es que después hay que recorrer una pendiente similar, pero para arriba. Veo a un flaco tirado en el piso, con la cadera apoyada sobre cordón de la vereda y las piernas extendidas hacia arriba contra la pared del túnel. Puedo imaginar que lo que viene será duro.

Puedo ver que casi todos salen de ese túnel endemoniado caminando.

– Yo no, señores –pienso, y me dejo llevar confiado.

*                     *                     *

Un cartel aparece como un espejismo luego de otra media hora a paso regular en un estado de trance introspectivo: kilómetro 38.

Denme un chumbo y me bajo acá nomás.

Faltan cuatro kilómetros, pienso, y lo repito como un mantra para que me suene a poco; pero cuatro kilómetros, en esta mañana encapotada, en esta ciudad deforme, caótica y caníbal, sólo pueden sonar a mucho, a muchísimo.

Ahora soy Rambo, pero después de pelear mano a mano contra todo el Vietcong.

– Me tiro en el lago de Palermo –pienso–. Qué sea lo que Dios quiera, que me coman los pescados.

Mi transpiración es sólida: una especie de arcilla salitrosa que cae por la sien. Tengo la piel de la cara dura.

Quiero pensar en la llegada, en saber si me voy a emocionar, si lloraré. Quiero pensar en lo que sea para tratar de entender por qué estoy en esta situación. Cómo fue que llegamos a esto. De qué nos reíamos anoche con Diego como si estuviéramos por salir de viaje de egresados. Me pongo filosófico, profundo: no me duele nada, porque me duele todo.

Esquivo a una pareja de paramédicos que asisten a un hombre que respira agitado rendido sobre el asfalto.

– Dónde está el cartel del 39, la puta madre. ¿Quién diseño este circuito?

Las callecitas de Buenos Aires tienen ese no sé qué; quién dijo semejante idiotez.

El pavimento que surca los bosques de Palermo es una lija esmeril. A esta altura debo calzar dos talles más: marchen dos empanadas de humita con ampollas.

-Dónde está el 39, será posible. ¿No vamos a retomar nunca? Es para el otro lado hijos de puta.

A esta altura yo esperaba ver ya el arco de llegada y sólo veo que vamos en sentido contrario a quienes, a cincuenta metros nuestro hacia un costado, sí avanzan hacia la meta.

No tengo consuelo. Sé que voy a terminar porque, como mucho, puedo caminar los tres kilómetros que quedan, pero como sé al mismo tiempo que voy a hacer lo imposible por no caminar, los tres mil y pico de metros que quedan van a ser, indefectiblemente, un parto de trillizos sin peridural.

Veo el retome. Después de él, pienso, sí: el tranco final.

-¿Tranco?

Tres mil metros.

-¿Tranco?, ¿qué te pasa, qué decís?

Digo tranco, digo tres kilómetros, digo lo tengo, digo ya está. Digo la pierna.

-La pierna, la pierna.

La pierna izquierda; el cuádriceps es un garrote cuando intento llevarme un talón a la cola como para desentumecer las rodillas. Mi cara se retuerce por unos segundos: ya no siento ni vergüenza. Rechino los dientes; no puedo ocultar que las piernas me pesan como si fueran de cemento portland.

Un flaco me mira; me alienta. “Dale, dale que ya está”, me dice. “Un fierro”, pienso: “Qué dale ni dale, dame un fierro por el amor de Dios y me meto un corchazo acá mismo”.

Qué pasó con la música, me pregunto. Estuve dos semanas armando la lista especial para la carrera pero los temas que hubiera necesitado para ganar fuerza no aparecen nunca: es cierto que los primeros 22 kilómetros fuimos hablando tranquilos con Diego, pero después la cortina que yo suponía perfecta no fue tal cosa. Quizás lo mejor fue Comfortably numb de Pink Floyd cuando iba por Puerto Madero. Pero ahora estoy acá y no sé si estoy sordo o qué pero si empezara a sonar Arjona, Elvis Crespo o incluso Calamaro, creo que ya no podrían hacerme más daño.

Saco cuentas. No voy a bajar las cuatro horas.

-¿Qué estoy haciendo acá, por favor?

Hago más cálculos: soy como un bondi de la línea 152, pienso; de Belgrano a Retiro, de Retiro a La Boca, ida y vuelta.

-¿Quién escondió la llegada hermano?

Veo algo que creo que es la llegada.

-La llegada, es la llegada.

Pero es una estación de servicio.

-Es una joda, decime que es una joda.

No es una joda: es una YPF.

Bajo la cabeza, roto. Desahuciado.

Cuento mis pasos: de diez en diez.

Cuento también las vallas que voy pasando, las rayas blancas del pavimento, las horas que llevo corriendo, los meses que llevo entrenando, los años que vengo pensando si sería capaz de hacerlo. Y cuando ya no se me ocurre qué más contar veo que sólo me resta contar hasta uno, dos, hasta diez u once, y cruzar de una vez la meta.

Y mientras dejo de correr y pienso cuánto costará una cadera ortopédica escucho que Lau me grita desde un costado.

Nos reímos.

Esto está pasando, pienso.  Acabo de cruzar la ciudad de punta a punta ida y vuelta al trote.

– ¿Y por qué lo hice? ¿Por qué lo hará Diego? Y cada uno de los 7000 mutantes que siguen llegando, ¿por qué lo harán?

Me lo he preguntado tanto.

Alfredo Ves Losada – De la redacción

Cameron Crowe lo hizo de nuevo.

El hombre se puso el traje de groupie, revolvió los armarios de medio Seattle y desempolvó casetes herrumbrados, fotos a medio corroer y posters viejos. Y luego hizo lo que mejor sabe hacer: contar un cuento. En este caso, el de una banda de chicos que sueñan con ser estrellas de rock, que arman un grupo en un sótano, que salen a tocar canciones medio punkies por los bares de una ciudad aburrida en un país aburrido, que sufren y lloran y tropiezan y se creen muertos mil veces, hasta que un día advierten que el asunto marcha bien -muy bien- y que se han convertido en un tsunami que barre todo lo que le pongan adelante.

Pearl Jam Twenty es una crónica agitada y tierna de las dos décadas que transcurren desde los días en los que Pearl Jam no era ni siquiera un proyecto.

Tal como hizo en aquella joya retro que fue Almost Famous (estrenada en el 2000), en esta nueva travesura Crowe quema su documento y se pone la piel de director adolescente, ingenuo, soñador, y cuenta la historia que quiere que los demás conozcan: la que él vio, la que él vivió de primera mano en aquellos días en los que algo estaba por pasar pero nadie lo sabía aun; en aquellos días de sueños adolescentes y noches de heroína.

Para algunos una película, para otros un documental, Pearl Jam Twenty es, ante todo, un viaje: es un planeo sobre una historia que es conocida por muchos fanáticos de la banda, e ignorada por tantos otros.

Esa historia tiene como capítulo cero la muerte por sobredosis de Andrew Wood, cantante y líder de Mother love bone, un grupo que sacudía la escena independiente de Seattle a fines de los 80. El trágico final de Wood, un joven hiperquinético y talentoso que meneaba el cuerpo como Prince y rugía con furia ante auditorios de 12 o 13 personas mientras soñaba con ser  un Elvis neopunk, dejó huérfanos a un puñado de pendejos que lo acompañaban en la banda y a un montón de amigos como Chris Cornell, líder de la ascendente Soundgarden y compañero de departamento de él, que pensaron que todo terminaba ahí.

La película retrata con imágenes fantásticas grabadas en VHS en aquellos primeros días de la década del 90, el vacío que este baño de realidad dejó entre aquellos pibitos soñadores. Y a medida que avanza en su recorrido, confirma que muchas veces, cuando un cisma coincide en tiempo y espacio con gente talentosa, puede activar fibras desconocidas. Claro que no eran conscientes de eso Stone Gossard, Jeff Ament y Mike McCready cuando dijeron “ok, busquemos otro cantante y veamos y si hay vida después de la vida”, ni cuando grabaron unas pistas en un casete y las enviaron a un surfer californiano que trabajaba en una estación de servicio porque habían escuchado sobre él, ni tampoco lo sabía el muchachito en cuestión cuando tomó esas cintas y grabó sobre ellas unas letras que había escrito un amanecer de buenas olas y que hablaban de un chico desorientado y triste que se entera de que su padre ha muerto sin que él llegara a saber que era su padre.

Pearl Jam Twenty cuenta cómo fue que aquel surfer llamado Eddie Vedder viajó muerto de miedo a Seattle luego de que los ex Mother Love Bond escucharon aquella grabación casera, y cómo fue que seis días después estaban todos juntos arriba de un escenario, en la hora cero de un cuento que ya lleva veinte años.

Crowe revalida su credencial de sabueso de archivo y recupera casetes y videos que forman un collage que pone la piel de gallina. Resulta realmente fantástico escuchar a un devastado Jeff Ament en 1991 hablando de su carrera musical como si fuera un bajista  retirado, o a McCready, un guerrillero de la Les Paul, harto primero de que se les acerquen imitadores de Andy Wood y anonadado luego por la potencia de Eddie Vedder. Es demoledor ver llorar a Chris Cornell a sus 47 años mientras recuerda aquellos días grises.

Y luego resulta igualmente revelador repasar todos los altibajos de la banda: cómo fue que aquellos pendejos grabaron esa obra maestra que es “Ten” –que se convertiría en el disco debut más vendido de la historia y que Crowe usó como excusa para este homenaje-; cómo pasaron de tocar en bares de mala muerte a estadios de fútbol colmados; cómo fue que se hartaron del mainstream, de MTV, y decidieron enfrentarse al monopolio usurero de la venta de entradas, lo que les supuso renunciar a millones de dólares, masticar las miserias de una industria prostituida, y perder horas y horas en los tribunales federales.

Pearl Jam Twenty narra las peripecias de la banda en sus cambios de baterista, los miedos a que la sobreexposición los canibalizara, el invento de su rivalidad con Nirvana, y cómo cada vez que pensaron que era el final lograron parar la pelota, volver a las raíces aconsejados por maestros como Neil Young, y pensar en lo importante: la música. La música no sólo como producto, sino como catarsis, como poesía; la música como aullido y como susurro, como refugio, salvación y dulce condena.

Cameron Crowe se dejó llevar como un nene por esa misma música, deformó las leyes de la física, y metió 20 años en 120 minutos.

Y, una vez más, el hombre demostró sus dotes de titiritero.

 

Alfredo Ves Losada –De la redacción

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