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Aquello que ahora llamamos bullying

Esta es una historia de violencia, de violencia escolar, de aquello que ahora se llama bullying y que no es otra cosa que el hostigamiento y la violencia entre estudiantes. El contexto, sin embargo, es otro. La historia de Evil (Solo contra sí mismo) transcurre en Suecia a mediados del siglo XX (las alusiones a Elvis y Charly Parker así lo sugieren); un país monárquico en tránsito a la socialdemocracia por ese entonces.

El protagonista es Erik Ponti, un estudiante violento que es expulsado de todo el sistema público sueco y que tiene que terminar sus estudios, cumpliendo el deseo de su madre. Su casa también es un ambiente violento. Su padrastro lo golpea a cinturonazos y su madre para evadirse toca el piano. Ella es quien decide, entonces, enviarlo al internado Stjärnsberg, reducto educativo de los nobles y ricos suecos, donde Erik como última oportunidad deberá terminar sus estudios.

Stjärnsberg no es una escuela común: es de elite, pero donde la disciplina es sostenida por los propios estudiantes. Es todo el ejemplo de un orden social que en nada se condice con el que el sistema público intenta abarcar por ese entonces. Las escenas del comedor son ilustrativas del clima reinante en la escuela. En las mesas se ubican los estudiantes según el título nobiliario de sus padres, luego por su riqueza en orden decreciente. La disciplina es ejercida brutalmente por los miembros del consejo estudiantil, a través de una serie de castigos brutales, como el golpe de la vinagrera, el golpe del cuchillo, el rincón del burro, el ring: castigos que tienen un orden establecido y una consecución específica.

Como decíamos, la escuela es un reducto de los nobles, que ven con malos ojos la iniciativa socialdemócrata que se está llevando a cabo. De hecho, abundan las especificaciones al respecto. El presidente del Consejo Estudiantil, Otto Silverhielm, se refiere al profesor Berg, entrenador de deportes, como “no es tan malo pero dicen que es socialdemócrata”. Párrafo aparte merece el profesor de Historia: un nazi acérrimo que cree que las diferencias físicas devienen de tipos raciales como “germánico” y “sureño”.

Este orden social empieza a tambalear con la llegada de Erik. Advertido por su compañero de habitación y luego su más fiel amigo, Pierre Tanguy, de que debe hacer lo que le dicen y evitar destacarse, Erik trata de terminar sus estudios en la escuela pero resistiéndose a los castigos, tratando de no sacar la violencia que ya ha manifestado en otras instituciones. Éste es el camino del protagonista, y es por ello que está “sólo contra sí mismo” (tal su título en castellano). Encontrará, sin embargo, apoyos para su cometido. Al de Pierre, se le sumará pronto el de Marja, miembro del personal de servicio escolar que pronto comenzará un romance con Erik, lo que está terminantemente prohibido en el orden stjärnsbergiano.

La persecución contra Erik se incrementa, dada su capacidad de soportar tal cantidad de atropellos. Pronto, la estrategia se dirige a sus amigos de la escuela, por traslación, como forma de dañarlo a él y obligarlo a reaccionar. La violencia se encuentra legitimada en el ring, único momento donde puede defenderse, pero en inferioridad numérica. Allí, su experiencia en  muchas peleas previas en otras escuelas da como resultado la derrota de sus dos contendientes. Sin embargo, las vejaciones y tormentos no cesan.

Erik es inteligente, quiere ser abogado y es el mejor nadador de la escuela. Encontrará finalmente la manera de librarse de Silverhielm, el presidente del consejo y antagonista principal del film, acabando tras la humillación de éste con el acoso, persecución y violencia de los estudiantes, en una escuela que parece que pronto no será la misma.

Ondskan (título original) significa “malvado”. Así es estigmatizado el protagonista hasta que llega a Stjärnsberg. Es allí, donde verdaderamente existen malvados -que no son otros que los cultores de un orden social que empieza a modificarse-, que aprenderá a doblegar y controlar esa maldad, a cuenta gotas, para finalmente acabar con ella.

El film, estrenado en 2003, está basado en la novela de Jan Guillou y fue nominado al Oscar como mejor película de habla no inglesa. Dirigido por Mikael Häfstrom y protagonizado por Andreas Wilson, la cinta nos sumerge lentamente en una historia atrayente y que, si bien sabemos que el protagonista la superará, desconocemos el momento y la forma que tendrá la solución encontrada por Erik.

Evil es una película que, a pesar de estar situada en contextos muy diferentes, sirve para analizar y pensar la educación y la violencia, temas de gran actualidad en el último tiempo. Se inserta en un conjunto de films de reciente aparición (digamos dentro de los últimos diez años) preocupados por estas temáticas, como La ola (2008) y Entre los muros (2008) a los que podríamos sumar Elephant (2003, de Gus Van Sant, sobre la masacre de Columbine) conformando una filmografía arbitraria pero en gran medida interesante para visitar estos lugares. La puerta está abierta…

Benjamín M. Rodríguez –De la Redacción

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…o capaz tengamos suerte. Alcatraz finalizó su primera temporada, no habiendo causado, aparentemente el éxito buscado para la industria televisiva yanqui. El público no la acompaño como se esperaba y el éxito es clave para su continuación. En la industria del entretenimiento no se espera, minuto a minuto mediante, y las series vuelan al tacho de basura de los guionistas en un santiamén. ¿Correrá el mismo destino que Flashforward, serie con la que tiene evidentes notas en común? Ya lo veremos.

La historia es compleja. Alcatraz es una prisión, pero también una isla, ahí en la costa de San Francisco, cerca del fotografiado Golden Gate. Es al mismo tiempo un mito, y un mito poderoso. Difícil era escapar de Alcatraz, tanto que permite a los guionistas de las serie jugar con ello. La historia real de la prisión conduce hasta 1963, año en que debe cerrar sus puertas, convirtiéndose en un centro de atracción de turistas, museo y parque nacional. Ése es el año elegido por los autores para comenzar la historia. En el traslado de los presos hacia otra prisión federal, algunos de ellos desaparecen misteriosamente con algunos guardias. Son ellos los que retomarán sus andanzas y crímenes en 2012, cincuenta años después pero en el mismo estado físico que cuando desaparecieron. Suena extraño… ¿no?

Rebecca Madsen (Sarah Jones) es la protagonista, junto al Dr. Soto (Jorge García), un nerd experto en la historia de la prisión; conforman el dúo que intentará capturar a los criminales del pasado. Los dirige Emerson Hauser (el “ex Jurassic Park” Sam Neil), un ex guardia de la prisión, ahora a cargo de una unidad especial del FBI. Son, sin embargo, los personajes secundarios los que dotan a la serie de un atractivo especial. Primero, Lucy Banerjee, una psicóloga de la prisión que regresa en 2012 y que trabajaba en Alcatraz bajo el nombre de la Dra. Sengupta, utilizando medicinas y terapias alternativas para lidiar con los reos. Luego, E. B. Tiller, el corrupto jefe de los guardia-cárceles. Finalmente, pero no por ello menos importante, Edwin James (Jonny Coyne) es el alcalde de la prisión. Un personaje cargado de misterio, que no sabemos a ciencia cierta (por lo menos en esta temporada) que esconde y cuáles son los experimentos que realiza con los presos, pero que nos causa simpatía. Lejos, el mejor personaje de la serie.

La historia transcurre en dos tiempos, recurre a constantes flashbacks para ir del 2012 al ’63, a buscar los orígenes de las historias de los “regresados”; pero no es en el pasado exclusivamente donde afloran estos elementos que conectan ambos tiempos. El presente está cargado de pistas del pasado que son fundamentales: la vinculación de Rebecca con su abuelo (Tommy Madsen, un reputado preso de Alcatraz que retorna), los extraños experimentos y el estado de salud de los presos, unas misteriosas llaves que ocultan el mayor secreto de la prisión, llaves que estaban a cargo del Alcalde James y que en el presente son motivo de asesinato. Capítulo a capítulo, uno de los criminales más temidos de los Estados Unidos en los ’60 regresa para cumplir determinadas misiones. Cada unos de ellos, como no podía ser de otro modo, se “especializa” en algo: francotiradores, robo de bancos, manejo de venenos y gases, entre otros. Un velo de oscuridad se extiende sobre su retorno. No sabemos quién los está haciendo volver y qué objetivos persiguen.

Es una serie con muchos atractivos. Que apela a recursos originales; lo extraño e incomprensible del retorno de los presos es el quid de la cuestión. Nos resulta imposible intentar dilucidar qué objetivo persiguen, quién los dirige, porqué están dispuestos a matar. Es cierto, como leí en alguna crítica que los papeles principales no se lucen tanto  (a pesar de la belleza de Rebecca, obvio…) aunque no sabemos si esto se debe a los actores o a los guionistas y que, son los personajes secundarios (y los momentos del pasado) los más llamativos e interesantes.

Son cosas a corregir si tiene una nueva oportunidad y supera la maldición Flashforward y se quita el peso de cargar en sus espaldas la celebrada Lost, también obra (como Alcatraz) de la mente de J. J. Abrams. La serie del reconocido productor y director y sostenida por la FOX no contó con el beneplácito del público yanqui, pero fue un éxito a nivel internacional en los países en que se emitió. Quizá, como consejo, sea una nueva temporada la oportunidad de corregir aquellas cosas que salieron mal, pero rara vez esto sucede así. La industria rara vez espera como la naturaleza a que el fruto madure. Una verdadera pena…

                                                           Benjamín M. Rodríguez –De la redacción

No es fácil escribir sobre la película favorita de uno. Como si existiera alguna fuerza exterior que lo impide, poner en palabras aquello que nos llama la atención, que nos gusta, que nos invita una y otra vez a presenciarla, es sumamente difícil. Quizá la razón de estas líneas se deba a que las otras opciones exploradas no lograron prosperar: salir a buscar un columnista invitado de urgencia, escribir sobre Los vengadores, film que asistí en una proeza fílmica con mi ahijado de 5 años y que duró una eternidad, o elegir alguna película del arcón de los recuerdos que pudiera ser leída o analizada con algún atisbo de actualidad, fueron opciones que se cruzaron por la mente de este redactor. Pero allí estaba para salvarme mi película favorita, aquella que no voy a traicionar y que los invitaré a ver, si es que todavía no lo hicieron.

Lo que queda del día (James Ivory, 1993) es la historia de un mayordomo y  una mansión que transcurre principalmente en los años previos a la segunda guerra mundial. Lord Darlington es un aristócrata inglés, con buenas relaciones con los alemanes y un “aficionado” de la política internacional. Es el anfitrión de una reunión de políticos de distintos países europeos y Estados Unidos. Un congresista americano, que acude a la cita, cuestiona las bases mismas de los argumentos a favor de un rearme alemán, tal como se estaban discutiendo allí a propuesta de quien los hospedaba. La política internacional, piensa, ya no puede decidirse en las manos de aficionados, de amateurs, debe pasar por las manos de los profesionales; evidenciando un cambio que se sustanciaría luego de la posguerra. En la mansión Darlington se discute el futuro de Europa, pero como si el eje estuviese corrido, ese tema es tan sólo el telón de fondo de la historia principal, aquella protagonizada por el mayordomo Stevens y el ama de llaves Kenton. Una historia muy británica, con acento británico, con los tiempos y silencios del five o’clock tea.


Stevens es un mayordomo que se ha criado en la profesión, alguien para quien el servir representa la vida misma, no sólo su trabajo. Su disciplina y formación vienen de cuna; su padre, también ha sido mayordomo y acude a la mansión Darlington, convocado por su hijo, tras abrirse una vacante de mayordomo auxiliar que lo obliga a realizar diversas tareas que a su edad se convierten en una carga fatal. Son, ante todo, la dignidad y el honor, las que deben prevalecer en el trato entre el “servicio” y los “amos”. Es por ello que Stevens no opina, no siente, no dice, aunque opina, siente y dice mucho, aunque no en palabras. La llegada de la señorita Kenton ha revolucionado en algún punto la casa. Ella, un ama de llaves eficiente y dedicada, cuestiona y socava, uno a uno, los preceptos y premisas de Mr. Stevens. En el fondo él y ella se enamoran. En un guión donde cada palabra y signo fue ubicado con maestría, los silencios, evasivas, preguntas que no se hacen, dan forma a un diálogo ausente, que no tiene lugar, pero que sabemos en el fondo está sucediendo. En algunos casos las palabras tienen un significado más hondo; como cuando Stevens le dice a la Señorita Kenton que ella es muy importante para la casa y finaliza recalcando “extremadamente importante”, reconociendo que fundamentalmente lo es para el propio Stevens. En otro momento es la Señorita Kenton quien pregunta “¿puede qué el señor Stevens sea de carne y hueso al fin y al cabo?” y recibe como respuesta burlona un “¿sabe qué estoy haciendo Srta. Kenton? Alejando mis pensamientos mientras usted habla y habla?”. Sin embargo, a él no le está permitido exteriorizar sus sentimientos (y tampoco se lo permite), ella sufre el rechazo y la frialdad y decide casarse con otro hombre. Al darle la noticia a Stevens de su pronta partida, lo increpa: “¿después de todos los años que he estado aquí no tiene nada que decir?”; él le devuelve unas sencillas felicitaciones.

Una historia tan densa se sustancia en magistrales actuaciones de dos de los mejores actores ingleses de los últimos 50 años, Sir Anthony Hopkins y Emma Thompson. Son los encargados de ponerle el cuerpo a Mr. Stevens y Miss Kenton respectivamente, cuyos rostros se prestan a decir más con las miradas y gestos que con las propias palabras. Los acompañan un joven Hugh Grant, como el joven Cardinal; Christopher Reeve como el congresista Lewis y James Fox como Lord Darlington, entre otros. El guión, adaptado por Ruth Prawer Jhabvala, de la novela homónima de Kazuo Ishiguro, permite que las actuaciones se luzcan y nos obliga a prestar atención a lo dicho y lo no dicho por los personajes, siendo esto último quizás hasta más relevante.

El film tuvo la mala fortuna de cruzarse en los Óscars con largometrajes de enorme peso como La lista de Schindler, La lección de piano, En el nombre del padre y con las actuaciones de Holly Hunter (La lección de piano) y Tom Hanks (Philadelphia) que arrebataron a esta nominada cinta la posibilidad de alzarse con alguna estatuilla. Ahora bien, y como ya he sostenido en alguna otra oportunidad, no por esos criterios debemos ver o no un film. Es por eso que los invito nuevamente a ver esta película con un tiempo británico y un acento británico, aquella que se lleva el galardón de este cronista.

Lo que queda del día es aquello que no se dice en la rutina y el trabajo; son las miradas, son los gestos, son los silencios, son los secretos que como finas capas van sedimentando con el paso del tiempo. Stevens se reencuentra veinte años después con la Señorita Kenton con la esperanza de convocarla nuevamente a trabajar en la mansión, bajo las órdenes de un nuevo amo. Otra vez, el tiempo no está marcado para ellos.

Benjamín M. Rodríguez –De la redacción

A veces está bueno darse algunos gustos, y conversar con Carlos Altamirano vaya que lo es. Algunos de los Salieris de gira por Mendoza, en el campamento de la Juventud Socialista, tuvieron ocasión de conversar con uno de los fundadores de Punto de Vista y miembro del Club de Cultura Socialista, un intelectual “todo terreno” que ha transitado diversas disciplinas como la crítica literaria, la historia, la sociología y los estudios culturales. Sin más preámbulos, les dejamos los extractos de la hora y media conversadas, un verdadero lujo para Palabras transitorias.

 

¿Cómo ve el panorama político argentino luego del triunfo de Cristina Fernández en 2011 y de cara a este 2012?

Creo que, para sintetizar, destacaría dos rasgos de la situación que emergió después de octubre, dos datos inéditos. El primero es la magnitud del triunfo electoral de Cristina Kirchner, el 54 % es un voto inédito respecto de las elecciones presidenciales desde 1983 hasta el presente y significa un fuerte respaldo electoral, que le da un mandato democrático. El otro dato, importante, es que la segunda fuerza, aunque a mucha distancia, es por primera vez una fuerza animada por el proyecto de construir una alternativa progresista de centro izquierda, empleando un lenguaje periodístico, que se reunió en el Frente Amplio Progresista detrás de la figura de Hermes Binner, y que tiene en el Partido Socialista, al menos desde mi punto de vista, su principal columna. No sólo por el prestigio de Binner, un prestigio asociado a la gestión, primero en la ciudad de Rosario y luego en la gestión de la provincia de Santa Fe. Yo diría que logró representar en el escenario político una línea diferenciada que evitó dos extremos: la oposición sistemática, es decir, nada que proviniera del oficialismo debía o podía ser aprobado, y la otra tentación, en la que han sucumbido, desde mi punto de vista, algunas fuerzas que no muchos años atrás hubieran sido parte de un encuentro con el FAP, como es el caso de Sabbatella por ejemplo, que en el proyecto de acompañar con aires más progresistas ha entrado en una dinámica que puede presumir que corre el riesgo de una disolución de su papel en el interior de la coalición de gobierno.

Entonces, la gran cuestión para una fuerza, en este caso de la cual yo me definiría como un “amigo”, un “amigo del Partido Socialista”, es un desafío grande, en el sentido de que, a diferencia de lo que ocurría en los años ’90, en los años de Menem, donde se podía decir: “el adversario y las políticas a las que debería oponerme resultaban claras” -contra el partido del mercado, contra el neoliberalismo, contra la desprotección y la flexibilidad laboral, todo lo que significó un cambio drástico, dramático, en el paisaje social argentino en los años ’90-… Conducido de la mano de Menem y del peronismo, el partido peronista fue el partido del ajuste en los años ’90. Ahora quien ocupa el gobierno aspira no sólo a representar un proyecto progresista sino a monopolizar el espacio del progresismo. Por lo tanto, el progresismo es un espacio en disputa. Este es un hecho sobresaliente en el sentido de que no está dado quién va a ser el que va a quedarse con ese espacio. Y por lo tanto, la estrategia que elabore el socialismo, el FAP, para construir esa alternativa tiene que emplear un arte político sofisticado. Sobre todo si no quiere ser sólo una fuerza de tipo testimonial, aplicada a la denuncia, a señalar los defectos, los déficit, y para eso debe tener en el horizonte el proyecto de ir desarrollando una fuerza que aspire mañana, pasado mañana, o después de pasado mañana, a ser una fuerza en condiciones de gobernar la Argentina. El FAP aspira a gestar una nueva mayoría política, una nueva mayoría social. Teniendo en cuenta esto, la apuesta y los desafíos son complicados, pero bueno, también son excitantes, ¿son ricos, no?

 

En función de lo anterior, ¿qué distingue, para usted, esta experiencia incipiente del Frente Amplio Progresista, de otras experiencias previas que aspiraban proyectarse a un electorado similar, como pudo ser el ARI de Elisa Carrió o el FREPASO y la posterior alianza con la UCR?

Comencemos por el FREPASO, porque fue la primera. Yo creo que el FREPASO no tenía una visión genérica de sus dirigentes respecto a qué es lo que tenía que tratar de agrupar en su interior. Tenía ambición política de gobierno, cosa que le daba una dinámica particular, a diferencia de otras fuerzas que están acostumbradas a hacer el papel de “tribunos de la plebe”: denunciar lo que le pasa al pueblo y esperar que de la crisis del gobierno se les abra la puerta. Pero el defecto del FREPASO era que su núcleo dirigente (y la figura principal Chacho Álvarez quien era aquel que tenía la visión más estratégica) hizo apuestas apresuradas. Yo diría “una gran ansiedad por llegar a jugar en las ligas mayores”. Estaba yo cerca de esta experiencia, por lo tanto la conozco. Y estuve entre los que pensó que el Frente Grande debía trabajar por ser la tercera fuerza. No por ser la fuerza que estuviera en inéditas condiciones de ser gobierno y por lo tanto ir a cualquier coalición con el radicalismo. Aceptar a De la Rúa, que en ese momento en el radicalismo y en la opinión pública estaba instalado, como una figura a la que se le otorgaba un alto crédito. Ahí aparece la falta de un elemento estratégico, no era la ocasión del Frente Grande para la experiencia. El Frente Grande debía hacer algo que ha hecho el socialismo, que es la experiencia de gestión. Y no sólo porque esto forme personas competentes en la gestión pública. También porque eso enseña o entrena sapiencia para saber cuándo dar el paso adelante, cuándo esperar. Eso no ocurrió con el Frente Grande, que terminó haciendo de “garante” a una parte del progresismo en el voto a De la Rúa.

En el caso de Elisa Carrió yo creo que tomó un elemento que a mí siempre me pareció débil del Frente Grande, que es la visión “moralista” de la política. Reunir, hacer un llamado a la dimensión moral de la República para cuestionar a otras fuerzas políticas como fuerzas irremediablemente hundidas en la corrupción. El segundo capítulo de esta línea, el juicio moral a la vieja política en nombre de la nueva política. Y asumió un estilo de liderazgo mesiánico, con cierto estilo de arrogancia. Yo me acuerdo de una frase de Elisa Carrió, cuando estaba el gobierno de Néstor Kirchner, diciendo: “bueno, el vocabulario de Néstor Kirchner no va más allá de las 500 palabras”. Ella dirigía un partido, un movimiento que se llamaba “Argentina para una República de Iguales”. Entonces, yo decía: “¿cuántas palabras hay que usar para ingresar a la república de iguales?”. La arrogancia del universitario, del que sabe hablar. Eso para mí no era un problema referido a Néstor Kirchner. Si hubiera tenido no 500, sino 500.000 palabras ¿eso hubiera hecho mejor su gobierno? Entonces, a veces, estos gestos de arrogancia muestran una posición de quien se eleva por sobre la sociedad y juzga desde no sé qué trono a los demás. Yo creo que el estilo de conducción política de Elisa Carrió dio los frutos que dio y terminó por recoger todo lo que dio esa incapacidad para construir algo común.

     

En esta idea, que mencionaba más arriba, de que está en disputa el campo del progresismo, también han aparecido disputas en el campo intelectual. Digamos que afines a uno u otro sector encontramos tanto a Carta Abierta y otros intelectuales como también  intelectuales apoyando y diciendo “por qué creemos en Hermes Binner”. En ese sentido, ¿cómo analiza usted esta cuestión?

Primero diría que obviamente esta situación ha tenido -lo que ha ocurrido en estos últimos años, 8 años- repercusión en el campo de la cultura, de los intelectuales y ha habido alineamientos, tomas de posición, que en muchos casos reanudaron y volvieron a darle vida a ciertas tradiciones existentes. Porque la idea de la izquierda peronista no es una invención de los últimos años, hay un pasado que parecía destinado a declinar porque el peronismo menemizado o duhaldizado tenía poco que decirle o ofrecerle a esta tradición, y sin embargo la aparición de Kirchner y después más resueltamente la de Cristina Kirchner le ha dado una nueva vida, y a partir de 2008 en medio de la crisis de la relación entre el campo y el gobierno, tomó una salida esta incorporación de los intelectuales a un alineamiento oficialista. Por otro lado, también desde el comienzo, aunque no organizado de manera militante como Carta Abierta, aparecieron intelectuales que tomaban la palabra también públicamente para cuestionar al kirchnerismo por distintos aspectos: el autoritarismo, la corrupción, la pretensión a arrogarse todo lo bueno que ha ocurrido en la Argentina en los últimos -desde que yo me acuerdo, creo- a sí mismo. De modo que efectivamente esto ha dividido el medio. Todavía no hay un alineamiento en torno del socialismo que vaya más allá de lo que fue el apoyo a Hermes Binner en octubre de 2011, pero esto puede llegar a ocurrir. Entonces, también en el debate intelectual ahí se van a decantar posiciones, en el sentido de que no todos los que están en contra de los Kirchner, más allá de la oposición a los Kirchner, tienen la misma visión sobre cuál debería ser una buena política de nación. Yo puedo encontrar ahí a personas que creen que el PO encarna una alternativa y otras que pueden encontrar que el radicalismo puede ser una alternativa. Entonces una vez que se termina el factor que aglutina por la negativa, cuál es el factor que permite aglutinar por la positiva. Una ventaja que tiene Carta Abierta es que tiene un aglutinamiento por la positiva, cree en la clarividencia de Cristina Kirchner, y creo que un alineamiento en torno a un proyecto progresista tendría esa virtud, la de no sólo enrolar por la negativa, enrolar también porque se piensa que hay una manera de gobernar, una manera de desarrollar la democracia, una manera de llevar reformas sociales, una manera de ligar pluralismo y cambio, que puede respaldarse en  una experiencia y que no es sólo una aspiración. Eso está en juego en el debate de hoy.

¿Qué pasa con la centro-derecha en la Argentina? La figura de Macri ha quedado pendiente en este escenario electoral y aparece con mucha potencia para un futuro escenario electoral. De Narváez no tanto, pero es una figura que recuerda tanto a este menemismo y en parte también a un discurso político muy anti-intelectual, como ha dicho Marcos Novaro sobre el menemismo. ¿Para usted cuál va a ser el rol que va a jugar, o mejor, cómo complejiza este escenario esta fuerza de centro derecha?

Bueno, a ver. Una hipótesis. Yo creo que al gobierno nacional, al kirchnerismo, nada le convendría más que generar un escenario en el que haya dos rivales: Macri y el kirchnerismo. De modo que toda otra fuerza de aspiración progresista esté obligada a elegir entre esa disyuntiva. Ése es uno de los posibles y yo creo que a Macri también le conviene. Esto es parte de la complejidad de la situación. La derecha liberal clásica, expresada por el diario de La Nación, hace mucho que no tiene viabilidad como fuerza política. Pensemos en la suerte de alguien como Ricardo López Murphy -que se podría decir que es el que encarna de mejor manera esta visión que no le podría haber ido peor en la vía electoral, y creo que ahora piensa volver al radicalismo. Entonces lo que queda es esta conjunción de conservadurismo, liberalismo y populismo, ¡eh!, porque el populismo no es un monopolio del peronismo, el populismo es una manera de tener séquitos, seguidores, de no tener una ciudadanía activa. Porque yo creo que una de las cosas que distingue a una fuerza socialista es que busca producir una ciudadanía activa, no séquitos que aplaudan las decisiones del jefe sino que los cambios no sean sólo para el pueblo sino por el pueblo, porque es una manera de emanciparse de jerarquías, de sumisión, de sometimientos, que no son sólo los que produce la pobreza, a veces también los que produce el poder, el que produce la distribución desigual de los recursos culturales.

¿Qué opinión le merecen las discusiones del pasado que han surgido en el último tiempo, sobre todo con respecto a la creación del instituto revisionista Manuel Dorrego, y las disputas que hacia el interior del campo historiográfico se estuvieron suscitando?

Dentro del campo historiográfico universitario ha habido siempre discusiones, quiero decir, la discusión no es que ha surgido, no la ha provocado la creación del instituto Dorrego, porque para quien tenga un mínimo de conocimiento de cómo funciona la investigación histórica en la Argentina, sabe que no hay nada más pluralista que las cosas que se plantean ahí; no hay ninguna, -cómo llamarla- orientación que pueda decir ésta es la línea hegemónica. Y en los jóvenes es muy alto el número de historiadores que quieren hacer una historia profesional y reivindicar a la vez su posición política pro oficialista, que no admito que sea una disyuntiva: ser historiador y ser kirchnerista. Esto era el paisaje y lo conozco porque dirijo investigadores que tienen esta posición, chicos jóvenes como ustedes, chicas, que son muy competentes, muy buenos y quieren ganar su batalla, por así decir, en ese campo, mostrándose competentes, mejores que los otros. Y es cómo se juega el juego en el campo que llamamos el de la ciencia histórica. Vuelvo entonces a la cuestión del Instituto. Lo que a mí me parece censurable en la actitud del gobierno, tal como aparece en los considerandos del decreto, es que supongan que el estado tiene que definir cuál es la orientación histórica correcta. Define cuáles son los héroes que deben ser, cómo se llaman, ensalzados, contra otra historiografía que ensalzaría otros que no merecerían ese tratamiento. Eso ya ignora que el saber historiográfico, no en la Argentina, en el mundo, no gira en torno a las grandes personalidades; se habla de proceso, de estructura, de discurso, pero esa idea de saber, de una historia que se edifica en torno a grandes figuras pertenece al pasado, yo les diría a la primera mitad del siglo XX, de la historia de Mitre y de la discusión de tener un busto de Rosas o uno de Sarmiento, eso pertenece a otro estadio. Hoy muchos discuten el papel de Rosas, pero no diciendo “salvó la nación”, sino mostrando cómo fue efectivamente la gobernación de Rosas en tales y cuales años, cómo fue el marco en el que tuvo que gobernar. Vuelvo entonces a la cuestión. Para mí, lo censurable no radica en el hecho de que incluso se subvencione un centro que reclame dinero público para investigar a Dorrego o todas las personalidades. El estado no puede definir cuál es el sentido, cuál es la historia correcta. ¿Mañana qué va a ser: la genética correcta, la lingüística correcta?.

Emmanuel Juan, Fernando Suárez, Martín Tamargo y Benjamín M. Rodríguez –De la redacción

En la oscuridad… del cine

Una escena

-¿Tiene entradas para El gato con botas?

-No señora, todas las salas de Mar del Plata están afectadas al Festival de Cine.

La cara de frustración de la madre por tener que esperar una semana más para llevar a su hijo a ver la peli del personaje de los ojos tiernos, ahora devenido protagonista, no se correspondía con mi cara de felicidad por la respuesta, ni mucho menos con la cara de exaltación de los otros coleros, cómplices de ese momento único, epifánico.

El tiempo del cine

Extraño el marzo festivalero, aquel mes más caluroso, pero con más tiempo, con dos semanas por delante, que permitía que se corriera la voz de films que no se podía dejar de ver y que en esos quince días uno iba a poder sacarse las ganas. Más allá de ello, siempre que tengo ocasión visito el Festival de Cine, ahora en noviembre, con mucho menos tiempo que antes, pero con el entusiasmo de siempre. En esta ocasión y aceptando mi tarea de cronista de Palabras transitorias, me acredité y traté de asistir a cierta cantidad de films y tuve la ocasión de presenciar la charla que el celebérrimo actor Willem Dafoe brindó para los presentes -en ocasión de su respectivo homenaje- donde repasó su carrera fílmica, muy a pesar de las preguntas esquivas, banales y repetitivas de los presentes.

Las opciones a elegir eran tantas como films posibles. En un primer momento me dije: “Veo toda una sección completa y hago una crítica conjunta”. Imposible. No sólo la no coincidencia de mis horarios respecto a los films conspiraron contra ello, sino y por sobre todas las cosas, mi costumbre, ya asentada por lo menos desde el decimoséptimo festival, de revisar el catálogo a fondo: una invitación a asistir a aquello que me llamaba la atención y que creía, a priori, me podía llegar a interesar. Esta postura tiene sus riesgos, como bien recordará un amigo de la casa, que me acompañó hace ya algunos años, a ver cómo una familia nómada de la estepa mongola trasladaba su casa de allí para acá en el medio de una serenata de viento eterno… si es que todavía, mi amigo, consigue despertarse de aquel profundo sueño.

En esta ocasión mis criterios fueron variados, como también lo fue la oferta festivalera. ¿Qué tienen que ver Polonia, un director iraní preso, las vivencias de la última dictadura en San Clemente, el loco de la ruta, la tragedia de una familia griega (o la tragedia griega, lisa y llanamente), la acidez de Berlanga, el sindicalismo peronista del ’55 y el drama de los judíos escondidos en el alcantarillado de Lvov? No tengo la menor idea; diversidad de intereses, eclecticismo o ir directo a unas sesiones de terapia.

Impresiones

Brevemente, relataré mis pareceres:

El cine polaco que pude ver mostró una madurez sorprendente, una producción de primer nivel y unas historias de muy buena factura. La no película de Jafar Panahi (This is not a film) brillaba más por lo épico que por su contenido desde el vamos, cuestión que fue corroborada con creces. El pequeño film con reminiscencias autobiográficas de Paula Markovitch (El premio) resultó su opuesto, gracias a la gigante actuación de Paula Galinelli, una niña de tan sólo 9 años que la rompe!! (Premio a la mejor actriz en el Festival de Guadalajara). De la tragedia de la familia griega (Homeland) poco tengo que decir: sigo buscando todavía un GPS de los personajes para reconstruir una historia a tres tiempos cuya linealidad al director no le interesó hacer evidente (aquí jugó una mala pasada el famoso catálogo, ja!).

Berlanga, sí…, Berlanga, un genio. Placido y La vaquilla fueron de lo más entretenido, con una crítica mordaz de la España franquista. Para no dejar de ver. Tanto es así, que en la proyección de La vaquilla, José Martínez Suárez, Presidente del Festival, se apersonó en la entrada de la sala e increpó a la gente diciendo que iban a ver la mejor película del festival, y que en caso contrario, él devolvía el dinero de la entrada. Los traidores de Raymundo Gleyser, film pendiente en mi lista de las 1000 películas que no podés dejar de ver antes de morir, resultó ciertamente un testimonio fabuloso y una representación precisa del fenómeno de mutación del sindicalismo peronista entre el ’45 y el peronismo proscripto. Finalmente, la argentina La plegaria del vidente ponía elementos de ficción al célebre caso del loco de la ruta; thriller interesante que, a mi criterio, se quedó a mitad de camino.

Universos paralelos

Más allá de esta síntesis apretada, fue In darkness el film que logró cautivarnos por completo. Sumergidos en el alcantarillado de Lvov, durante la ocupación nazi de Polonia, un grupo de judíos intenta sobrevivir gracias a la colaboración de un católico inspector de alcantarillado. La directora, Agnieszka Holland, no es la primera vez que se zambulle en la problemática del nazismo y el holocausto (ya lo había hecho con anterioridad en Cosecha amarga, de 1985, y en Europa Europa, de 1991), pero consigue, en esta nueva oportunidad, insertar un debate sobre el papel de los católicos polacos, durante la ocupación nazi de Polonia.

El film transcurre en dos universos paralelos: la superficie y el subsuelo. Arriba, donde la luz abunda, vemos la orquestación nazi, la persecución, las dificultades para la subsistencia de los polacos, la desconfianza de los amigos y conocidos de antes. Abajo, mundo de ratas y residuos cloacales, la oscuridad somete, la vitalidad amaina, y los sacrificios, en pos de sobrevivir al horror, son mayores. Leopold Socha es el intermediario entre ambos mundos, pero no sin terciar conflictos, problemas o malestares varios. Socha no es el mismo en toda la película: ladrón, buscador de oportunidades en aras de la sobrevivencia cotidiana de su familia, cobra soborno por silencio, dinero por su conocimiento cloacal a las familias judías de la alcantarilla. El día a día lo modifica. Aquella desconfianza previa vira totalmente. Los judíos de la profundidad son ahora “sus” judíos. Socha sigue cobrando al padre de la familia un dinero que con el tiempo se ha agotado, sin embargo, semana tras semana lo devuelve para mantener las apariencias y no avivar suspicacias.

Vivencia

Quien tomó el micrófono antes del film, en el marco de la proyección de prensa, dijo que el tema del holocausto y el nazismo es inagotable, que tiene múltiples aristas. Coincido. La condición humana, las situaciones límites, el sobrevivir al exterminio, tiene interminables aristas y posibles enfoques. Semprún, a quién ya una vez me referí en Nota al pie en ocasión a su fallecimiento, decía que la experiencia del campo de Buchenwald lo había marcado para toda la vida, que desde aquel día él no era español, no era Jorge, no era comunista, no era nada más, tan sólo un sobreviviente. Sin duda, el film de Holland invita a repensar estas ideas tan sutiles. A la vez, poné el “foco” en el papel de los católicos polacos que habían sido vistos como ajenos, como colaboracionistas, como impávidos que miraban el exterminio desde fuera. Obvio que las críticas pueden ser las mismas que para la alemana Sophie Scholl. Digamos, la representatividad de estos casos: el de una mujer adolescente miembro de la resistencia al nazismo o el de un polaco que esconde judíos en las alcantarillas.

In darkness, es un gran film (que esperemos llegue a las carteleras argentinas) que invita a pensar y repensar el holocausto. Sin quererlo, o queriendo -no sabemos-, la directora consigue sumergirnos a los espectadores del cine en el mundo subterráneo. La oscuridad de la sala es la del alcantarillado, un efecto de identidad entre los judíos y los que estábamos en las butacas. Como ellos, los de la alcantarilla, salimos nosotros del cine a la luz diurna y nuestros ojos tardarán en acostumbrarse al sol radiante.

La miseria es humana…pero la solidaridad también.

                                                                       Benjamín M. Rodríguez – De la redacción

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