Nuevamente Hitchcock dice presente en 8mm como lo hiciera aquella vez que recordamos la célebre La ventana indiscreta. Ahora es tiempo de Psicosis, de mostrar que todos estamos un poco locos, algunos más que otros. El columnista de este mes, Daniel Nimes, inserta el film en un universo de relaciones fílmicas y literarias, de diálogos posibles para esta película que marcó una época. Sin saberlo seguramente y por esas cosas del azar, nos enteramos por estos días del rodaje de una biopic sobre el célebre director donde un Anthony Hopkins, obeso y con papada, se pone en la piel del mismísimo Hitchcock durante el rodaje de la película aquí reseñada. Por ello, la invitación a reverla está hecha, dejando la remake de Van Sant de lado y esperando la del año entrante (Benjamín M. Rodríguez –responsable de sección)

  

…sobre Psicosis, de Alfred Hitchcok

I – Hitchcock, como siempre, antes que todos

David Cronenberg tiene una teoría: el mal está adentro. Somos monstruos que sólo esperan ser despertados. Y cada una de sus películas es un intento por demostrarlo. Pero antes que Cronenberg estuvo Hitchcock con su Psicosis. Norman Bates, el protagonista, es justamente eso: un personaje de Cronenberg, un hombre que camina al borde del mal a punto de ser despertado. Y despierta: “Entonces el horror no estaba en la casa, sino en su mente”, murmura alguien en Psycho (1959), de Robert Bloch, la novela en la que se basa la película homónima que aquí comentamos.

II – Hitchcock, el infiel

Solía decirse que Hitchcock tomaba textos literarios mediocres y los transformaba en un gran film. En la novela de Bloch el protagonista, cuarentón, gordinflón, sudoroso, aparece como incapaz de generarnos la menor simpatía: no hay nada en sus acciones, en su aspecto, en su psicología que haga que nos apiademos de él, que lo acompañemos en su despertar de bestia dormida. En la película, en cambio, Norman Bates es interpretado por un joven Anthony Perkins, que compone el personaje en forma refinada y con cierta delicadeza atormentada que genera una inmediata simpatía en el espectador. Este sentimiento que inicialmente recaía en Marion Crane (la joven trabajadora con problemas financieros y de amor, interpretada por Janet Leigh) se trasladará, entonces, hacia Norman, una vez que la primera es asesinada por (suponemos) la madre del joven.

El espectador comienza a despertar a la par que Bates: cuando todavía pensamos que su madre está viva, deseamos su muerte. Todos somos Norman Bates.

III – Lo que Hitchcock entendió y Gus Van Sant no

 La película pasará del neto género policial (la historia de un robo y la persecución de quien lo cometió) a un thriller psicológico que bordea la atmósfera del terror. Deliberadamente, Hitchcock elige eludir el color y filmar en blanco y negro (recordemos que ya estábamos en 1960), para evitar el morbo de la sangre y favorecer el aspecto siniestro de los espacios donde transcurren los hechos. En 1998, Gus Van Sant realizará una nueva versión “coloreada” de Psicosis, remake que muchos (yo entre ellos) han calificado de “innecesaria”. Hitchcock incluso juega simbólicamente con el color de corpiño de Janet Leigh: lleva puesto uno blanco en la escena inicial del film, cuando todavía no ha cometido ningún crimen, y uno negro luego del robo. Porque ella también ha dejado despertar su monstruo interior: de secretaria a fugitiva, de eficiente empleada a culposa criminal cargando un dineral ajeno.

IV – Hitchcock y la tradición literaria

 Tanto la película como la novela de Robert Bloch presentan una necesidad narrativa que nos retrotrae al Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson: la necesidad de ocultar la dualidad del verdadero protagonista de la película, que no es Marion, la inexperta ladrona, sino Norman Bates. En la historia de Stevenson, no es sino hasta el capítulo XI que se nos revela la verdadera naturaleza del Dr. Jekyll; en Psycho, de Bloch, el ocultamiento se extiende hasta el capítulo XV, y lo mismo ocurre en la película, donde el suspenso dilata hasta las últimas consecuencias la revelación del cadáver de la madre y el cuerpo travestido de Bates. Como en el caso de la nouvelle de Stevenson, hoy en día la historia de Psicosis, al instalarse como una de las grandes películas de todos los tiempos, ha trascendido enormemente, y resulta difícil pensar en la reacción de un primer espectador ingenuo, desconocedor de la dualidad Bates/Madre y, sobre todo, del prematuro asesinato de la estrella femenina. En 1960, Hitchcock había dedicado todos sus esfuerzos a que el espectador llegara a la sala sin conocer ese dato, incluso difundió rumores de que estaba realizando audiciones para el papel de la madre.

V – Somos monstruos

 Para Truffaut, la película es “una especie de escalera de lo anormal”: adulterio, robo, asesinatos, psicopatía. En esa escalera ascendente de locura, el espectador cae constantemente bajo la trampa de Hitchcock, y se identifica con los sucesivos personajes: en principio, con Marion, que sufre por amor y roba por la misma causa y, cuando se arrepiente y está tomando una ducha liberadora, es acuchillada. Luego está el pobre Norman Bates, un joven simpático y suave, que tiene que soportar a una madre insufrible, tirana y, para colmo de males, asesina. Ninguno de los personajes principales es inocente: Sam Loomis es adúltero, Marion es ladrona, Norman Bates es asesino. Allí está la clave: el mal está adentro, no hay enemigos con fuerzas extraordinarias ni monstruos como en las películas típicas de terror: hay debates morales y locura, psicosis: “Todos nos volvemos un poco locos de vez en cuando”, dice Anthony Perkins, y, como espectadores, sabemos que ese “todos” no nos deja fuera. Acaso allí reside el poder de Psicosis y de las películas de Cronenberg o del género de terror: en el fondo, son casi una realización de los impulsos más oscuros de la humanidad. Ya lo decía el viejo Aristóteles: la catarsis es la facultad de la tragedia de redimir al espectador, de purificarlo de sus pasiones más bajas al verlas proyectadas en los personajes y al permitirle ver el inevitable castigo, pero sin sufrirlo él mismo. En fin, Psicosis, de alguna manera, existe para purificarnos, para salvarnos.

Daniel Nimes –Columnista invitado