Nuevamente Nota al pie, fuera de la edición mensual de Palabras Transitorias, brinda su espacio para conmemorar a un gran escritor e intelectual argentino recientemente fallecido. En esta oportunidad Elisa Calabrese nos acerca un interesante relato dedicado a la vida y obra de Ernesto Sábato (24/06/1911 – 30/04/2011). 

“Pero ese casi era atroz”…piensa Bruno, alter ego reflexivo y abúlico de Sábato que nunca se animó a escribir, aunque asume la responsabilidad reflexiva (sobre la vida, sobre el arte) que su autor le atribuye. Frase que regresó a mí sin pedir permiso al enterarme de la muerte del casi centenario escritor, (nacido el 24 de junio de 1911)  pues en este caso el casi es nada menos que el límite supremo, el abismo entre la vida y la muerte. A veces, las coincidencias no parecen ser tales: hace pocos días, el martes 19 de abril, se le dedicó un homenaje en la Biblioteca Nacional; como parte del acto, se organizó una mesa redonda en la cual participamos varios académicos que escribimos para la edición crítica de Sobre Héroes y Tumbas de la prestigiosa colección Archivos. Las vicisitudes de esta edición fueron innumerables: baste con decir que pasaron siete años desde que se terminó el proyecto, coordinado por María Rosa Lojo, hasta que ¡por fin! apareció el libro en el 2010. Lojo contó, en esa mesa, que Sábato no parecía muy feliz ante esta auspiciosa circunstancia, a pesar de que dicho sea de paso, la edición es una de las mas exhaustivas de la de por sí minuciosa y erudita colección. La causa era imaginaria: al estar el escritor con vida, se rompía una regla establecida desde el inicio de estas famosas ediciones, que establecía publicar solamente a autores ya fallecidos, (además de canónicos, claro) y Sábato pensaba que eso condicionaría su muerte. Anécdota bizarra, si las hay, pero no por eso menos inquietante.

Sea como fuere, Sábato supo ser un escritor “faro” en la década de los sesenta, desde la aparición de su celebrada Sobre Héroes y Tumbas, en 1961. Numerosos trabajos han estudiado el proceso de transformación del campo cultural en esa tan productiva década, cambio y expansión donde cobra fundamental importancia el crecimiento de los lectores, especialmente de los jóvenes, así como el incremento de las editoriales nacionales hasta el punto de haber constituido una versión local del llamado boom  latinoamericano. La novela de Sábato vendió aproximadamente 100.000 ejemplares desde su aparición hasta 1966, éxito que fue acompañado, como es natural, del interés de la crítica, que lo sitúa como uno de los nombres protagónicos, junto con Cortázar, de la novelística argentina representativa de las modalidades que la nueva narrativa latinoamericana adopta en nuestro país.

Por el contrario, si revisamos la bibliografía concerniente a nuestro autor con posterioridad a la recuperación de la democracia en 1984, veremos los escasísimos títulos dedicados a su obra firmados por escritores o críticos argentinos, aunque no ocurra lo mismo con la atención en el exterior. Sábato, con escasas excepciones, es ignorado por el campo intelectual nacional, aunque no por el público. El motivo más obvio y contundente que promovió escándalo una vez terminada la peor de las dictaduras que conoció la Argentina, fue el tan comentado almuerzo que el escritor compartió con otros de sus colegas –entre ellos Borges- al aceptar la invitación de Jorge Rafael Videla, el primero de los presidentes de facto del nefasto Proceso de Reorganización Nacional. ¿Por qué no perdonar a Sábato lo que se le perdona a Borges?  Una lectura posible puede imaginar un conjunto de motivos, entre ellos, además de la consagración internacional que hizo de Borges un intocable, la recuperación de su literatura por ciertos sectores de la izquierda, luego de las críticas demoledoras que denostaban su elitismo cosmopolita y extranjerizante nacidas con la generación de Contorno; tal revisión no obsta, sin embargo, a que alguien esperara de él una actitud políticamente comprometida, mientras que a Sábato, aunque hubiese renegado de su pasado comunista en su público rechazo al estalinismo, se le demandaba una postura progresista -fomentada por él mismo en sus constantes intervenciones públicas ante acontecimientos políticos o históricos relevantes- que se mostrara entonces, naturalmente hostil a una más (y la peor, sin duda), en la serie de dictaduras que asolaron al país y al Cono Sur. Contribuyó a este repudio –sigo imaginando- la personalidad del escritor, siempre obsesionado con explicarse y justificar su obra, por lo cual no solamente su literatura sobreabunda en metalenguaje (de hecho, su tercera novela es un gran ensayo diseminado entre los pliegues que tematizan los desdoblamientos de su propia máscara), sino que su figura pública asumió la insistente construcción de un intelectual comprometido, ajeno a la frivolidad, que piensa el oficio de escribir como una práctica emergente de lo íntimo de su subjetividad aunque siempre conectada de modo profundo, a veces oblicuo, con la realidad de la sociedad a la que pertenece (recuerdo, al respecto, una de las metáforas con que describe la práctica de la literatura, reiterada con variantes, en diferentes pasajes de sus textos, cuando caracteriza al escritor como quien sueña por la comunidad). Del almuerzo con Videla a la presidencia de la CONADEP que emitirá luego el famoso informe NUNCA MÁS, se tensa un arco temporal donde confluye el debate, aunque el cuestionamiento no surge exclusivamente de esa particular ocasión tan comentada posteriormente; el escritor siempre congregó en torno de sí controversia tanto en lo que respecta a su persona como a su literatura. Lo que puedo hacer a modo de homenaje –además de haberle tributado, desde 1973, la dedicación crítica de varios trabajos y mi tesis doctoral- es dar cuenta del regreso de una lectura, luego de ese lejano primer contacto en el que, como tantos otros jóvenes, fui capturada por Sobre Héroes y Tumbas. No es éste el momento para analizar identificaciones; digo solamente que en sus personajes, el lector que era yo en 1961 y como yo, otros de mi generación, nos reconocíamos y encontrábamos a nuestros pares. Si pensamos la lectura como instancia vertebrante para dar forma a la experiencia, cuyo posible desarrollo parece ser  crucial para la construcción de nuestro imaginario, entonces la novela de Sábato tiene para mí una densidad inclusiva de mis propias fantasmagorías. Si lo que merece el nombre de experiencia es solamente lo que puede narrarse, ¿cómo pensar en ese relato sin inscribir su gestación en el imaginario personal donde la lectura ha construido representaciones del mundo cuya influencia no podemos medir? Desde los ensayos de Borges, quien, como es sabido, privilegió la lectura como “más civil, más intelectual” que la escritura misma, nos acostumbramos a pensar la lectura como instancia discernible, pero inseparable de la escritura, aunque su alcance no sea de la misma extensión. En Sobre Héroes y Tumbas  encontré experiencias de la infancia: el caserón derruido de los Olmos era el equivalente a la casa de una compañera del colegio cuya familia, descendiente de uno de los adelantados al Río de la Plata, sufría la misma ucrónica decadencia que los personajes sabatianos; la sala, con el retrato del Restaurador, estaba revestida de papel francés de seda y oro, propio de los días de esplendor, aunque ahora desvaído y percudido por el tiempo; “los años habían mitigado para su bien ese color violento”, -escribió Borges de un almacén- pues ahora en vez de punzó, era de ese tono de rosa que con propiedad llamamos rosa viejo y tampoco faltaba el retardado que habitaba permanentemente en un costado de la casa, al que nunca tuve acceso, custodiado por su madre.  Una de las definiciones que Sábato da de las novelas es que son “el sueño de la comunidad”; en mi caso, resultó cierto.

Elisa Calabrese (Profesora emérita de la UNMdP) – Columnista invitada