A pesar de provenir del ámbito del cine, el artículo de Federico Lanci no abunda en jerga fílmica ni modismos técnicos. Desnuda la crítica desde un lugar, totalmente, subjetivo, formulando dos excelentes comentarios sobre dos de los mejores films de esta última entrega de los Oscar. Si es que los premios de la Academia tienen aún hoy un rol importante como validación de los productos cinematográficos. Lo cierto es que el artículo que presentamos analiza con mucho acierto dos films y los compara desde un lugar totalmente personal, e incluso nos advierte algunas cuestiones de relevancia en torno a la Industria. Porque sí, es arte, pero fundamentalmente industria. Nos invita a pensar su reflexión en torno a qué vemos y desde dónde consumimos los productos culturales. Si El ciudadano, de Orson Welles (considerada por la crítica como la mejor película de todos los tiempos), perdió contra ¡Qué verde era mi valle!, o directores como Chaplin, Hitchcock, Peter Weir, Luis Buñuel, Federico Fellini, Bergman, Kubrick, Kurosawa, entre tantos, se han quedado sin llevarse la famosa estatuilla dorada, evidentemente algo sucede. Muy en el fondo se trata más de mercados y mucho menos de obras artísticas. Esperamos seguir contando con estos aportes tan sugestivos. (Benjamín M. Rodríguez – Responsable de sección).

De antemano aclaro que no soy quién para hacer una crítica o un análisis profundo y sustentado de los Academy Awards (en criollo, los OSCAR) y su ceremonia de entrega. Tampoco puedo hablar desde la posición de un crítico especializado o de realizador porque no tengo el tupé de considerarme tan conocedor ni haber incurrido tanto en la industria. Por lo que voy a hablarles desde donde me siento más cómodo: la condición de par. Y animo a que, si gustan, no condenen a estas líneas pobres al triste destino de monólogo, y me contesten como si de una simple carta se tratase.

No me dejo llevar por la excitación de los OSCAR. Tanto es así que nunca me preocupé por ver las cintas nominadas. Pero este año, invitación mediante, terminé yendo a ver dos de las que tuvieron más renombre en varias ternas. Una de ellas fue El discurso del rey.

“Es la mejor película que vi. No sé si en mi VIDA volveré a ver una película tan buena, Federico.” Así dijo mi tía, dando alarde de una insuperable capacidad de exageración.

“Lo interesante de la película es cómo te muestra el período de entreguerras desde la perspectiva inglesa”, me la vendió otra persona, dejando de lado el gran tema de la historia del film.

Lo cierto es que a mí no me resultó tan evidente este aspecto. Existe. Es parte del telón de fondo. Pero la historia hace un fuerte hincapié en el drama personal de quien está a punto de ser coronado rey del Reino Unido, Jorge VI.

Con el príncipe Albert, ya en el trono, Jorge VI advierte que ser rey no le otorga grandes libertades o atributos. No le da más poder que el de ser la voz que insufle de patriotismo al pueblo inglés. Y siendo un tremendo tartamudo, es justamente esa tarea para la que no es de mucha utilidad.

Este es el conflicto que se nos presenta en el film de Tom Hooper. Similar a lo que ocurre en The Queen (2006), protagonizada por la señora Helen Mirren, aquí volvemos a ver a un alto miembro de la nobleza humanizado por dilemas y preocupaciones bastante plebeyos. (Nota aparte: no tengo registros de haber oído grito al cielo alguno por estas humanizaciones, a diferencia de lo ocurrido con La Caída, de 2004.)

En todo caso, la entreguerra no deja de ser más que un elemento de fondo. Un factor que, como sucede con la condición de rey novato, aporta un verdadero dramatismo, una tensión, una contextura que ensalza el conflicto. Porque el protagonista, en lugar de tener que evitar la explosión de una bomba nuclear, solamente tiene que superar un problema de dicción…

Veamos: ¿qué es más interesante? ¿que el protagonista justo se convierte en rey cuando Inglaterra está a punto de entrar en guerra con la Alemania de Hitler -del verborrágico Hitler-? ¿o que sea un simple pescador que tiene que ir a ver un fonoaudiólogo? Sin ánimo de ofender a los pescadores.

PERO… aún con joyas de la corona y todo, lejos está de ser la mejor película, título con el que la congració mi tía (y los jueces de los Academy Awards…). Desde luego que vale la pena, ojo. Cuenta una buena historia, esa es la verdad. Basada en un caso real del que más de uno, entre los que me incluyo, no habíamos oído mucho. Con apetecibles escenas, tanto fotográfica como pictóricamente hablando. Y con acertadas actuaciones. Colin Firth se luce como George VI, y el siempre genial Geoffrey Rush deleita con su personaje del terapeuta/actor.

Mi mayor error a la hora de encarar esta película fue haber visto antes EL cisne negro. No tenía expectativas sobre ésta, y me terminó deslumbrando. Y a El discurso del rey me la venían inflando bastante, y me encontré con algo más regular. Más del montón, sin serlo precisamente.

“Está buena. Asusta un poco. Y tiene algunas escenas…lésbicas. Pero está muy buena”. Esas fueron las palabras de mi prima de 16 años acerca de El cisne negro. Debo decirles que, habiéndola visto, no entiendo cómo mi prima no salió del cine un poco traumada. A ver… Es una película de Darren Aronofsky. ¿Les suena Requiem para un sueño (2000)?

Honestamente, yo no estaba preparado para ver algo así. Renegado de la fama que ciertos directores tienen, entré al cine con no más referencias que las de mi prima, y comentarios en la televisión oídos al pasar, que contaban que era la historia de una bailarina de ballet clásico.

Ballet clásico. Si comparten mínimamente conmigo los intereses artísticos, entonces no se van a ver entusiasmados por esas dos palabritas. Pero… this is not Billy Elliot. Oh, no. Lo que Natalie Portman encarna es algo más oscuro.

Es la historia de una chica que transita en espiral hacia la locura. La historia de cómo una mente se va fragmentando por las presiones de una madre enfermiza. Una madre que pretende que su hija logre lo que ella misma no alcanzó en sus épocas de bailarina. Una madre que ha alimentado con pedigree y disciplina a su segunda oportunidad. A su muñequita de porcelana.

También es la historia de la feroz competencia en el submundo del ballet. De cómo esos diáfanos cisnes pueden llegar a esconder terribles buitres, atentos a la menor debilidad de sus compañeros para así tomar ventaja y volar más alto. Y como diría el doctor Lecter, algunos pájaros vuelan en espiral tan arriba, que terminan sofocados en pleno vuelo.

Es la historia, también, de la exigencia constante y confusa de algunos artistas. El director del cuerpo de ballet, caracterizado por Vincent Cassel, es uno de esos realizadores un tanto psicópatas, un tanto más manipuladores, que no titubean en moldear a sus materias primas en lo que su obra requiere. Me recordó mucho a la bastante conocida anécdota de Stanley Kubrick en El resplandor (1980). Dicen las malas lenguas que Kubrick hostigó a la actriz Shelley Duvall, quien hacía de la esposa del protagonista en el film, durante todo el rodaje. Constantemente le cambiaba  las escenas a rodar, los diálogos, los horarios. No hizo otra cosa que hacerle la vida imposible durante la filmación. Ella, pobre, buscando satisfacer al aclamado cineasta, entró en semejante estado de nervios que llegó a perder algo de cabello por el stress. Y era eso, precisamente, lo que buscaba lograr el aplaudido Stanley. Poner a la actriz en personaje. Hacer que sienta verdaderamente el estado de desasosiego que su personaje sufría.

Esa es la historia que se cuenta en Black Swan. La de una artista-atleta que transcurre una vida diseñada para su disciplina. Víctima de una madre castradora, un director sádico, un entorno sumamente hostil, y una mente en decadencia. La locura. La creciente pérdida de contacto con la realidad. Definitivamente no es una película que recomendaría a una nena de 16 años. Ni tal vez a quien tenga mambos personales acerca de esto. Porque Aronofsky logra lo que se propone, si es que se propone lastimar un poquito al espectador, claro.

Los jueces de los OSCAR se inclinaron por The King’s Speech a la hora de premiar a la mejor película. Pero ambos protagonistas se alzaron con sendas estatuillas a mejor actor y mejor actriz. Y podemos sospechar que el título nobiliario de mejor película conlleva más cosas que simplemente lograr impactar al público.

¿Tener un mensaje políticamente correcto? ¿Alinearse con el discurso dominante en Hollywood? ¿En Washington? ¿Tener un discurso de cierta relevancia política al menos? ¿Servir de manifiesto de los jueces? ¿Incentivar cierto tipo de cine y desalentar otros?

O como alguien más versado que yo dijo hace poco, lo que pasa es que “los premios OSCAR son lo que Hollywood quisiera ser artísticamente, no lo que es”.

Federico Lanci – Columnista invitado