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Emilio de Ípola es un hombre cordial, lo demuestra el hecho de que casi sin conocernos -más que unos escuetos mails y una llamada telefónica- nos recibió en su casa con suma amabilidad. Su prestigio intelectual no se condice con la imagen de hombre sencillo y descontracturado que proyecta; sólo su inmensa biblioteca –todavía desordenada por una reciente mudanza– da cuenta de su condición de Investigador Superior de CONICET y Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires. Tiene una forma desprejuiciada e irónica de expresarse, como si las reglas de corrección política no rigieran para él. Es capaz de criticar al gobierno, objetar la obra de Ernesto Laclau, y recordar risueñamente sus años en la cárcel con la misma naturalidad pasmosa. Sus reflexiones son espasmódicas y un poco desordenadas, como su propia obra, aunque no exentas de brillantez y cierto cinismo crítico. Amenamente nos permitió discurrir con él sobre distintos temas: el kirchnerismo, Alfonsín, o el Club de Cultura Socialista. Su visión está predominada por una identidad que sigue identificándose con la izquierda, reivindica los valores del liberalismo, y desconfía de los proyectos políticos que prometen la llegada a algún “paraíso”. Tras casi 40 minutos de conversación tuvimos que despedirnos, pero – en otro giro inesperado de nuestra entrevista– antes de marcharnos nuestro entrevistado nos obsequió un disco compacto de canciones interpretadas por él: “sólo para los amigos”– aclaró -.    

La primera pregunta es de actualidad y remite a sus propias opiniones públicas. ¿Cuál es el diagnóstico que hace usted del kirchnerismo y qué proyección le ve? ¿Cómo evalúa su construcción de poder?

 El kirchnerismo tiene una forma de construcción de poder que no es muy diferente ni es más vasta que la que tuvo siempre el peronismo: que es ocupar los espacios de poder como sea – no a tiros-, pero de maneras, en todo caso, “non sanctas”. Y también crear nuevas instituciones, y ocuparlas. Esa es una manera principal y muy característica. La otra es – la común– la de tratar de ganar gente, conseguir aliados, pero aliados no independientes. Cuando hablaban de pluralismo era que podían apoyar desde sus partidos a Néstor Kirchner. Esa es su característica principal, y lo principal y casi único que tienen en común el peronismo de Kirchner, el peronismo de Menem y el peronismo de Perón: ocupar poder. Claro que el peronismo no siendo un partido con una sola ideología, que tiene tendencias adentro, a veces “una” tendencia ocupa “un” lugar. Yo estuve en uno hace muchos años que era la “Ciudad Estudiantil Presidente Perón” que estaba ocupada por la extrema derecha, el más de izquierda era el profesor de Literatura que era franquista [risas]. Unos fachos, y antisemita: “ningún judío inmundo” – así textual – “puede entrar acá”. En un lugar que ocuparon hasta que Perón se peleó con la Iglesia, pero eso también señaló el principio del fin de Perón. Yo creo que en eso son más o menos parecidos, nada más que ahora con más medios, aunque también con alguna resistencia.

Considerando esa raíz peronista cada vez más evidente en el gobierno ¿Por qué cree que muchos sectores que tradicionalmente no estaban ligados a las expresiones político-partidarias del peronismo, como muchos intelectuales, lo apoyan pública y fervientemente?

De los grupos de intelectuales e, incluso, de políticos conocidos están los que actuaron con la mayor buena fe, yo creo, que veían que primero había habido algunas medidas positivas que hizo este gobierno, que fue sobre todo al comienzo, siendo la principal de ellas el cambio de la Corte Suprema, que dio a entender que este gobierno tenía una voluntad de honestidad por lo menos clara – hasta el punto que después peleó con la Corte: la Presidenta dijo que iba a ir presa pero que no iba a tomar  “tal” medida -. Eso atrajo a mucha gente a tener cierta simpatía. Pero, al mismo tiempo, como se trataba de un grupo político con raíces peronistas – y nunca han perdido los peronistas que fueron  de izquierda e, incluso, de extrema izquierda, la esperanza de que el peronismo fuera “eso” – vieron en esas medidas la posibilidad de crear un movimiento, y lo fueron creando bajo distintas formas: movimiento intelectual – como la Carta Abierta – o, después, los jóvenes de La Cámpora. Y así fueron – no sé si hay alguno más – ese movimiento horrible de los Centros Históricos [Instituto Dorrego], el movimiento de los homosexuales peronistas – no sé si son peronistas, peronistas, pero apoyan al gobierno -. Mi hermano decía, en broma, que iba a crear un centro de kirchneristas gays que se llame “La Rosas”, podría ser que hubiera uno que se llame así. Si hay una que se llama “La Cámpora”, sinceramente.

 [Hace un gesto que anticipa una discreción] Yo le voy a decir que Cámpora era un hombre que no tenía ningún valor político y era miedoso, asustadizo. Yo no puedo creer que merezca el nombre de un movimiento, pero, en fin.

Era un figura limpia me parece, más que talentosa…

Sí, probablemente. Cuando huyó de la cárcel una vez con John William Cooke, [John William] Cooke decía que lloraba todo el tiempo: y esa no es la actitud de un valiente, de un revolucionario. Y después yo lo escuché en México – poco antes de que muriera– diciendo todo lo contrario: que el peronismo no había sido nunca un movimiento subversivo, y que era un movimiento de lo más republicano y legalista. Era capaz de decir cualquier cosa, y que no tenía pensamiento alguno de su parte. [Retoma la respuesta] Y también, hay que decirlo, que en sus comienzos, sobre todo, siempre tomó medidas –el peronismo siempre fue distributivo en sus comienzos como normalmente lo son estos gobiernos que se llaman “populistas” – distribucionistas, pero llega un momento en que termina esa etapa y, en la segunda etapa, les cuesta más crear una “vocación de producción”. Fracasan todos los intentos que se hacen, como el “Congreso de la Productividad”, por ejemplo. Y este gobierno, también empezó con distribucionismo y en un momento dado está empezando a tener algunos problemas, y [se ríe] algunos cacerolazos, aunque estos no son problemas de la clase baja ni nada por el estilo, pero son problemas.

A nivel interno, las disputas por la sucesión son los más visibles…

 A nivel presidencial. Yo no sé, sinceramente a mí hay ciertos personajes del gobierno que me parecen improbables, inviables: como Mariotto. Incluso Coscia, al lado de Mariotto es Dante Alighieri [risas], por lo menos algo sabe, usa la palabra, se posiciona, crea identidad. Pero Mariotto es una bestia. Yo creo que este gobierno no es que haga todo mal, pero no se sabe para donde va, por eso a veces la tentación es juzgarlo medida por medida, pero es imposible hacer un balance muy claro. Parecería que ese balance es cada vez más negativo, pero no se puede asegurar. De todas maneras tiene problemas, y esos problemas lo llevan a tomar medidas más bien negativas que positivas.

Sabemos que ha sostenido bastantes discusiones con la obra de Ernesto Laclau en torno a la noción de populismo, y también que ese autor se ha convertido en un defensor esporádico, aunque prestigioso intelectualmente, del gobierno kirchnerista ¿Cuáles son sus objeciones a la explicación de Laclau? ¿Cree que sus opiniones son influyentes para caracterizar positivamente al gobierno, al menos entre la intelectualidad?

Ernesto [Laclau] ha desarrollado una teoría a la cual además sugiere darle – como se dice en filosofía – un status ontológico, lo que entonces la pone a salvo de cualquier crítica, es como si fuera Platón. Que es muy lógica, está muy bien armada – como es normalmente su pensamiento -, pero que es de muy difícil acceso. Yo no creo que ningún miembro del gobierno entienda nada de la “cadena de equivalencias”, y menos del “gesto A”, y cosas por el estilo. Es decir que eso es un barniz. Los intelectuales normalmente no discuten la teoría, sino que en general lo que le discuten son las opiniones políticas de Ernesto, que son más accesibles y, como todas las de él, no están mal, pero se pueden discutir. Habla bien del gobierno, es un buen propagandista, y tiene el prestigio de ser un intelectual conocido. El prestigio lo da el hecho de entender lo que él dice. Porque él dice cosas, por otra parte, medio raras, como que el populismo es equivalente a la política. Si es equivalente a la política hay, por supuesto, populismos de derecha, sobre todo en Europa. Pero no se sabe muy bien qué es. Por ejemplo, en la Argentina, él dice, que el populismo debe saber moderarse, respetar la legalidad, las libertades y, hasta diría yo, las instituciones fundamentales al menos, como la Constitución por ejemplo. Debe efectivamente tener un líder, pero no un líder necesariamente absoluto. Finalmente, cualquier gobierno puede ser [risas]. Dice que tiene que “invocar al pueblo”: cualquier candidato que se precie de tal, que tenga esperanzas de ganar, hace lo mismo. Por lo cual pierde identidad el populismo que enuncia Ernesto [Laclau]. Eso tiene una gran capacidad de hacer viajes de posición hacia atrás, de retroceder a casamatas ya previstas, entonces en un momento no tenés ninguna diferencia, pero el populismo como tal desaparece. Sino tenés que tener un líder que se tiene que quedar toda la vida si quiere como Chávez que, aunque ahora esté enfermo, defendía la idea de la reelección indefinida. Eso se puede considerar, pero yo no estoy de acuerdo simplemente, en eso soy más liberal. Por supuesto, hay una chica, Paula Biglieri – pobre, que tiene un miedo [se ríe] – que dice algo así que como que soy parlamentarista y que de entrada me pongo en el liberalismo, y que por lo tanto soy liberal de estos de mercado. Yo jamás uso el concepto de libertad de mercado, ni siquiera la palabra mercado usé en el artículo que hice sobre Laclau. Pero del liberalismo recojo la idea de libertad, simplemente el pluralismo. La libertad va junto con la igualdad, para mí el mejor régimen es aquel que no tiene punto de llegada y trata de conciliar el máximo de libertad con el máximo de igualdad. Y las dos cosas van juntas, porque si vos atacás la igualdad atacás también la libertad, y si atacás la libertad atacás de alguna manera la igualdad. Y no hay final, no hay paraíso al final del túnel, es una cosa que sigue y sigue… Y que es la única manera “ahora” de ser de izquierda [enfatiza], porque el que cree en un paraíso al que vamos a llegar, o el que cree en el socialismo tal cual existió – el “realmente existente” -, no le va a alcanzar el tiempo para arrepentirse por lo que ha ocurrido en los países del Este y lo que está ocurriendo, por qué no decirlo, en Cuba. Aunque con Cuba uno tiene siempre cierta resistencia de criticarlo por la simpatía casi connatural de juzgar algo que nació con nosotros. Pero hay cosas que no se pueden justificar.

Recordamos un artículo que escribió hace algún tiempo en donde remitía a los “tres tiempos de la izquierda” y allí usted caraterizaba y defendía a cierta “izquierda moderna” ¿Cómo cree que está esa izquierda moderna en la Argentina?

 Hay algunos individuos que uno puede suponer que son sinceramente progresistas, y yo pienso en Hermes Binner. Pero creo que tiene que entrar en ciertos compromisos, por un lado. Yo no descreo de él, pero me da la impresión que llegó un poco tarde, por ser él un hombre de edad y que, aún siendo el mejor opositor, con su 17 % está muy lejos. No nos tiene que tentar la prisa, incluso a los tipos que tenemos una cierta edad: la prisa es lo peor de todo, es lo que hizo fracasar completamente al proyecto que tenía algunos elementos esperanzadores como el FrePaSo. Como quiso cortar camino, terminó nada menos que con De la Rúa y fracasa estrepitosamente. La guerrilla también fue una forma de acortar camino. Todas esas cosas han fracasado. Lula, en cambio, empezó muy de abajo, y perdió otras elecciones, pero ganando municipalidades, y trabajando honestamente en las municipalidades, y al final adquirió, sin apurarse, la popularidad. Cristina también tiene una gran popularidad, no tanta como la que tenía cuando ganó con un 54%, pero para eso la benefició la inepcia de la oposición entre otras cosas, no había oposición. Digamos que en la Argentina “se puede vivir”, puede que la inflación traiga otros problemas. Y el recuerdo de los DDHH, y todo el aparataje simbólico de este gobierno, han hecho que carezca de problemas electorales. ¿A quién ibas a votar? Podías votar a Binner si querías. Pero, finalmente, aquí [Capital Federal] terminé votando a Filmus. Podía empezar votando a Filmus, pero terminé haciéndolo. Antes había votado a los socialistas, en un voto quizá simbólico.

 

Recordando otro momento de su trayectoria vinculado al gobierno de Raúl Alfonsín ¿Qué virtudes cree que encarnaba en ese momento? ¿Por qué cree que fracasó? ¿Queda algún resto de ese pensamiento en la actualidad?

Yo creo que en lo que no fracasó fue en instalar realmente – no inventar – instituciones democráticas y hacerlas funcionar. Juzgar a las Juntas, que fue un hecho inédito y que vale más que todo lo que hizo Kirchner. Porque Kirchner fue a buscar a los  tipos al geriátrico, él [Alfonsín] tenía que buscarlos en los cuarteles. Y por eso tuvo los problemas que tuvo, y parece que la gente no comprendiera. ¿Qué se podía hacer en ese momento? Si tiraban dos tiros y salían todos corriendo. La gente se acercó a los cuarteles, pero los militares no iban a reaccionar si no a último momento en contra de la gente. Eran capaz de hacerlo: tiraban un par de “cohetes” y salen todos corriendo.

En primer lugar, sí, tratar de afirmar los valores democráticos y lograrlos de cierto modo. Trabajar con honestidad. Y, al mismo tiempo, plantear ciertos problemas que realmente tenía la Argentina, como la necesidad de modernización, que existiera una democracia “verdadera”, que no haya corrupción. No había prácticamente corrupción, comparado a lo que hubo después, bajo su gobierno.

Quizá su defecto es no haber sabido construir consensos. El discurso de Parque Norte es un discurso que carece de enemigos. Yo le dije “no vas a poner un enemigo si querés hacer una convergencia”. Pero ahí había una especie de sin-salida porque el peronismo llamado “renovador”, que también se estaba democratizando, no podía aceptar unirse cuando iban a competir electoralmente, entonces eso hizo que los pocos que apoyaron eso eran los partidos del antiguo bloque radical, que eran partidos de derecha. Eso fracasó. A largo plazo puede ser que haya tenido influencia en las ideas de la gente, los que lo leyeron o los que lo conocieron. En sus objetivos políticos no funcionó. Ese es el problema del intelectual. Los intelectuales a veces le hacen bien a los políticos, pero a veces le quitan un poco la espontaneidad, la intuición política. Un político trabaja por intuición, no porque leyó un texto. Como una persona que se hace socialista y después lee a Marx, como tampoco leés a Santo Tomás y después te hacés católico o cristiano. A él [Alfonsín] no todo le hizo bien de volverse “intelectual”. Yo recuerdo que decía -después – que el gobierno de Menem era un gobierno influido por Leo Strauss – como si hubiera leído algo de eso – , Huntington, y no sé quién más, y que eran todos una manga de hijos de puta. Y faltaba el análisis político, que antes lo hacía bien. Nosotros cuando le decíamos alguna frase de Cacciari y de algún otro tipo él la “acriollaba”, la cambiaba. De la idea de que “las crisis podían ser productivas” él decía en los discursos “las crisis pueden ser productivas, porque ahí se ven los hombres” [imita el tono de Alfonsín], la ponía en criollo.

Su dote de carisma que tenía…

Claro, sí lo tenía. Lo que  tenía es que era un buen tipo, pero el problema no era que era un buen tipo – eso está bien – sino que él sabía y quería verse como un buen tipo, estaba enamorado – como quien dice – enamorado de su figura como buen tipo. Entonces quería arreglar bien con todos, yo creo hasta que incluso la forma – yo no sé cómo fue –  en que arregló con los militares – que había algunos que lloraban porque habían estado en las Malvinas – manifestó una debilidad de él de querer aparecer  como un buen tipo ante todo el mundo. No ante todos, porque a algunos les gritó, como a Reagan, los ruralistas o a algún cura. Pero eran enemigos parciales – no tanto la oligarquía rural –, sólo les “paró el carro”. En ese sentido creo que fue el lado positivo de Alfonsín.

Y la política de DDHH…

Cada tanto hacen mucho ruido con los DDHH, y dale y dale con los DDHH. “La memoria”, cuando ya estamos a 35 años, yo creo que se podría hacer no sólo memoria, se podría hacer – ya que se habla de historia reciente – un poco de historia. Es decir, ver qué pasó. Sino parece que una manga de asesinos – porque son asesinos – se pone a matar gente, yo no me puedo creer esa historia, tengo que ponerla un poco en situación. No para justificarlo, sino simplemente para entender lo que pasó. Porque también hubo muertos en el lado de los “milicos” – por supuesto que muchos menos -. Quizá guiados por ideales, que los “milicos” no tenían, porque los “milicos” no estaban defendiendo la patria ni nada por el estilo. Estaban defendiéndose a ellos y tratando de liquidar a cualquiera que se le opusiera. Pero, de todas maneras, yo creo que habría que estudiar qué pasó. ¿Cómo se formaron las Fuerzas Armadas? ¿Cómo se formaron los grupos armados también?, analizar. Mientras que acá triunfó de entrada la cuestión de la denuncia, lo cual era inevitable, pero de todas maneras yo creo que ya estamos en tiempo. Yo  me acuerdo que en el ‘60 analizaban la crisis del ‘30 como si hubiera sido hace mucho.

¿Cómo analiza su propia trayectoria intelectual, junto a otros como Portantiero y Aricó, desde los ‘60 hasta los ‘80, en la cual se ve un cambio significativo? ¿Cuál cree que es la importancia de sus compañeros, para no hablar en primera persona, en la evolución del pensamiento de izquierda?

Los referentes más importantes que yo tuve en aquellos años fueron [Juan Carlos] Portantiero, [José] Aricó y Oscar Terán, y más tarde Altamirano y la propia Beatriz Sarlo. Y más una circunstancia: yo estuve mucho tiempo afuera. Yo me fui en el ‘64 a París, estuve 3 años, de ahí pasé a Canadá, 5 años. 5 años de ausencia total porque no había nada para comunicarse, en París más o menos algún diario llegaba. Después en Chile 2 años y medio, hasta el golpe, y después fui otras veces a Chile. Argentina 2 años, y después, de nuevo, 6 años y medio en México, y volví en el 84. Entonces los veía salteado a estos muchachos, salvo los 6 años en México en que se formó uno de los núcleos del Club de Cultura de Socialista, y creo que el Club fue una buena empresa, aunque tendría que haber terminado un poco antes. Antes terminó Punto de Vista, cerró muy bien y hábilmente, porque ya había terminado un ciclo. Y claro, en el ínterin, nosotros fuimos revisando ciertas convicciones. Fuimos haciendo cierto trabajo de revisión, ya desde antes – digo desde antes porque yo estuve 20 meses en cana -. Pero ya en esa época, recuerdo que había ganado Soares en Portugal, y no el Partido Comunista, como una prueba de moderación, y concluimos que había que defender la democracia. Entonces cuando a mí me detuvieron yo estaba en desacuerdo con todos [se ríe], con todos los que me detenían, pero también con todos los otros. Yo no decía nada, por supuesto. Pero tenía la ventaja que podía hablar con todos los grupos, porque no pertenecía a ninguno. Y me mandaron a un pabellón que era un pabellón para “chiflados”, “La Charca”, los pequeños grupos de izquierda. Vanguardia Comunista, trotskistas de todo tipo, posadistas, lambertianos, que eran 2 o 1 cuanto mucho, y hablaba con cada uno de ellos. PCR, PC además, que a pesar que más o menos tenían una buena opinión de Videla, Videla los guardaba ahí en la cárcel. En fin, esto iba a que poco a poco ya no nos bastaba con criticar a Stalin, hasta a Lenin mismo. El mismo marxismo empezó a estar muy comprometido para nosotros, a pesar de que todavía seguía siendo – sigue siendo – una caja de herramientas útil. Gramsci también, un poco. Eso  más o menos se mantuvo un poco, pero se mantuvo como algo que podés usar o no usar. Y la necesidad de pensar que había dentro de aquellos que nosotros estábamos revisando ciertas cosas valiosas. Como la idea de mayor igualdad, como la idea de luchar, de ser de izquierda. No perder eso. No seguir de largo y terminar en la Ucedé [risas]. Yo creo que hicimos el Club de Cultura Socialista para que no nos pasara eso.

Fernando Manuel Suárez – De la redacción

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Este número de Palabras Transitorias aparece con una propuesta novedosa, un número temático que aborda una cuestión compleja de la historia reciente argentina. Abandonando su polemismo usual, en esta ocasión, la sección ofrece dos aportes extensos que intentan abordar la cuestión de Malvinas desde distintas perspectivas analíticas, pero compartiendo una estrategia común en cuanto al género y el tono del discurso.

Ambos invitados, que son un verdadero lujo para nuestra todavía novel publicación, decidieron cubrirse con el amplio y confortable paraguas del saber profesional, buscando el rigor y el respaldo documental antes que la afirmación pretenciosa y corrosiva. Prudencia razonable frente al camino de ripio que se abre cuando uno discute esta temática con cierto fervor, equilibrio precario que intenta evitar, aunque a veces no lo logre, tanto el temerario nacionalismo beligerante como el escéptico cosmopolitismo apático. En un continuo inacabado al menos desde 1982, sino desde 1833, ese archipiélago austral es un tema que resurge periódicamente como un problema irresuelto, no un problema simple, sino uno repleto de hendijas y recovecos, sentimientos y emociones, ideas e ideologías.

Mariano Fabris y Pablo Melara nos ofrecen dos análisis rigurosos de alguna de esas implicancias, desde perspectivas visiblemente diferentes, que demuestran la perdurabilidad del tópico y justifican, a su vez, alguna de las causas de por qué hoy Palabras Transitorias se abocará exclusivamente a él. Melara aprovecha algo de su mucho más cuantioso repertorio de fuentes documentales para ofrecer una visión desde el testimonio de un protagonismo, abandonando la posibilidad del análisis desprejuiciado e imparcial del que muchas veces se jactan los cientistas sociales, el autor prefiere el minimalismo que provee el relato en primera persona, la experiencia silenciada. Asimismo se atreve a sentenciar, sin perder la prudencia, un reclamo a la ciencia y a la política sobre la cuestión de Malvinas, como bien él señala: “una asignatura pendiente”.

Por su parte, Fabris prefiere describir las consecuencias posteriores al conflicto bélico, las resignificaciones e impactos que el episodio en el archipiélago aún británico dejó en la naciente democracia. El facto decisivo de la derrota militar y la necesaria imbricación entre los militares que combatieron y aquellos que habían formado parte del brazo represivo de la Junta del Proceso de Reorganización Nacional. Los coletazos del fracaso militar y el fin de la dictadura adoptó formas mucho más concretas de las que hoy pareciéramos recordar, y otra vez el fantasma de Malvinas era un factor común. Fabris recorre así brevemente el itinerario de los “carapintadas”, esa manifestación plebeya y nacionalista del militarismo derrotado que se abalanzó sobre la virgen e ingenua democracia de Alfonsín asestándole una serie de golpes, que sin ser fatales, lo dejaron debilitado. Fue así hasta que Menem decidió ser menos condescendiente con esos militares mientras condonaba a otros cuyos crímenes parecían a todas luces más tremendos. Finalmente reconoce la actualidad de la discusión y se expide en términos nada amistosos con los intelectuales que, a través de una misiva pública, se atrevieron a poner en duda algunos de los supuestos oficiales en una intransigente posición opositora.

Queda abierta la discusión con estos dos artículos que agradecemos nuevamente a sus autores. Esperamos que estos inviten a la reflexión concienzuda y no coadyuve al conformismo y la repetición cuasi religiosa. El hecho de que la soberanía argentina pareciera no estar en duda no obsta que los argentinos debamos seguir reflexionando sobre las islas y el conflicto bélico, las implicancias de un sentimiento intenso e inconmovible ante una causa que se percibe sin lugar a objeciones como absolutamente justa.

Fernando M. Suárez – Responsable de sección

Siempre había pensado que las compras on-line eran algo impersonal y falto de calidez. Al alcance de nuestra mano y con un solo clic podemos comprar lo que sea jactándonos de haber ahorrado un tiempo sustancial de nuestras vidas, sólo para seguir frente a la pantalla de la pc. Como si fuera una metáfora de la sociedad moderna, allí una muestra más de la futura simbiosis del hombre con la máquina. Nunca me emocionó la idea de perder el contacto con ninguno de los negocios a los que frecuento con asiduidad. No pensaría jamás en dejar de tomar un café en el bar, ir a la pizzería o demostrarle al ferretero mi incompetencia con las herramientas y materiales de construcción. Las razones son muchas, pero principalmente me niego a seguir perdiendo la posibilidad de hacer las cosas por mí mismo en pos de una productividad específica.

 La posibilidad de ser estafado o quedar insatisfecho con la compra realizada, por el simple hecho de no ir hasta el local correspondiente, me generaba cierto prurito con el tema que ocultaba detrás de  una suerte de negación  de lo moderno. A decir verdad, tampoco es que el tiempo me falte como para ir hacer las compras en persona. Es así que hasta hace un tiempo no había tenido la necesidad o la intención de utilizar este servicio, porque no es más que eso.

Como todo en la vida siempre hay una primera vez. Tras reiteradas compras infructuosas en una librería que no voy a nombrar, porque uno nunca sabe quién puede auspiciar nuestra revista, decidí husmear en las páginas web  de las editoriales que me interesaban. Allí la solución a mis problemas, realizar un pedido por internet. Un simpático changuito de supermercado llevaba la cuenta, en euros, de lo que había gastado hasta el momento avanzando en la carrera de mi ruina económica. Hasta ahí todo se desarrollaba con normalidad, ningún empleado me había molestado ofreciéndome la reciente genialidad de Felipe Pigna (si uno está en la sección de historia amerita que le intenten encajar un ejemplar del mediático historiador), ninguna señora corta de vista me había preguntado el precio de un ejemplar o sobre la sexualidad de los hombres antiguos (un tema cuyo desenfrenado interés demuestra la morbosidad de las personas: recuerdo las veces que terminé respondiendo a la pregunta ¿eran medios degenerados, no?). En la compra on-line eso no sucedía, pero yo tampoco podía preguntar ni molestar a nadie. Mi escepticismo había encontrado un nuevo fundamento para sobrevivir.

Cuando llegó el momento de efectivizar el pedido se activó  un mecanismo de consulta sobre la disponibilidad, la confirmación del precio, el modo de envío, la forma de pago y una interminable lista de etcéteras. Al mismo tiempo llegó el correo de ella, la agente comercial, que un tono de austera formalidad remitía las preguntas pertinentes de acuerdo a un protocolo de atención al cliente, aunque, en un gesto imperceptible, esta anónima inmersa en el espacio virtual ya nos había adelantado su nombre en un delicado guiño de complicidad. Ese nombre quedaría resonando como un dato más, improcedente para nuestra operación comercial, pero que nos obligaría, como una involuntaria y pesada broma de nuestro inconsciente, a fantasear acerca de su fisonomía, su aspecto, su personalidad. Contestar ese primer mensaje, con el mismo registro de pomposa formalidad, agradeciendo la pronta respuesta y eficiencia de nuestra interlocutora oculta un latente sentimiento de que este intercambio se prolongue en el tiempo.

Sin saberlo, pero añorándolo, ese fue el punto de partida de una larga lista de mails que conforme pasó el tiempo dotaron de familiaridad a la mujer, joven y bella seguramente, que me escribía. Lo que fue aún más inesperado fue que este vínculo se extendería a lo largo de meses, la evidente ineficiencia del servicio se transformaba en la posibilidad de extender esa relación furtiva, con la certeza, fundada en creencias lábiles, de que todo concluiría con un final feliz. Aunque lejano al que todos nuestros lectores perversos estarán imaginando en este momento.

Casi como en un noviazgo de los de antes, aunque probablemente más duradero que cualquier relación formal que hemos podido sostener alguna vez. La antigua carta, elemento incombustible del género epistolar, que otrora sostuviera relaciones separadas por kilómetros de distancia, era sustituida por este moderno mail que nos asistía como vehículo privilegiado para sostener la relación. Una relación por escrito que en alguna oportunidad merecía un llamado telefónico reprochando nuestra falta de comprensión ante alguna explicación ya dada por escrito, un reclamo válido que, por suerte, nos permitía al nombre detrás de la letra escrita ponerle una voz propia a quien nos comunicaba su descontento frente a nuestra impericia de noveles compradores por internet.

El vínculo que se establece con la persona detrás del servicio de atención al cliente resulta confuso para todos. Casi como en un juego, se transgreden los límites de la cordialidad. De alguna forma ella deja de ser un misterio. Lo curioso de todo esto es que uno comienza respondiendo sobre el modo en que va pagar, envía sus datos personales, contesta alguna encuesta sobre su actividad, porqué compra esos libros y termina generando preguntas de contenido incierto.  Le da la posibilidad de opinar sobre su compra, se entera de sus gustos literarios, el barrio dónde vive y la carrera que sigue. La metamorfosis se evidencia en el paulatino abandono del ‘’estimada’’ para el encabezamiento y el ‘’saludos cordiales’’ del cierre. Claro uno está en desventaja porque termina acrecentando su compra con el trascurrir de los días y nunca llegará a conocerla, pero acaso eso importa.  Es difícil establecer el tipo de relación que se genera.

Pero nuestro final está sentenciado de antemano. La relación no tiene futuro. Detrás de esos intercambios cordiales, poco a poco vencidos por la familiaridad y el cachondeo, se esconde un secreto tortuoso e inconfesable. En algún punto ella/s se convierten en cómplices nuestros para conseguir alguna ventaja de la empresa, por momentos son amigas y por otros qué va, nos tiran onda, o eso creemos. Esa confusión nos obliga a esconder nuestro inolcutable incordio por la demora, lo único que no interesa es que nos entreguen (?) lo que pedimos, sólo eso. En vez de extender indefinidamente esta relación podría, si eso estuviera en sus manos, entregarnos el motivo por el que empezamos este vínculo, aunque ya no recordemos muy bien de que se trata.

La conclusión es triste para todos y definitiva, al final son solo libros lo que conseguimos de ella. Esa vil manipuladora solo nos quería por nuestro dinero, poco pero dignamente ganado (?). Y, a menos que una nueva demostración de su ineficiencia nos traiga a nuestras manos el pedido de otra persona, tan amante de nuestra amada como nosotros, esta relación, ceñida por el interés frío propia del comercio capitalista, verá su fin antes de siquiera saber si su futuro hubiera sido promisorio alguna vez. Cada uno seguirá su camino, una buscando otro ingenuo comprando libros, y nosotros buscando otra agente comercial que satisfaga nuestras más íntimas necesidades, sabiendo a ciencia cierta que ninguna será como ella.

Juan Gerardi y Fernando Manuel Suárez – De la Redacción

A veces está bueno darse algunos gustos, y conversar con Carlos Altamirano vaya que lo es. Algunos de los Salieris de gira por Mendoza, en el campamento de la Juventud Socialista, tuvieron ocasión de conversar con uno de los fundadores de Punto de Vista y miembro del Club de Cultura Socialista, un intelectual “todo terreno” que ha transitado diversas disciplinas como la crítica literaria, la historia, la sociología y los estudios culturales. Sin más preámbulos, les dejamos los extractos de la hora y media conversadas, un verdadero lujo para Palabras transitorias.

 

¿Cómo ve el panorama político argentino luego del triunfo de Cristina Fernández en 2011 y de cara a este 2012?

Creo que, para sintetizar, destacaría dos rasgos de la situación que emergió después de octubre, dos datos inéditos. El primero es la magnitud del triunfo electoral de Cristina Kirchner, el 54 % es un voto inédito respecto de las elecciones presidenciales desde 1983 hasta el presente y significa un fuerte respaldo electoral, que le da un mandato democrático. El otro dato, importante, es que la segunda fuerza, aunque a mucha distancia, es por primera vez una fuerza animada por el proyecto de construir una alternativa progresista de centro izquierda, empleando un lenguaje periodístico, que se reunió en el Frente Amplio Progresista detrás de la figura de Hermes Binner, y que tiene en el Partido Socialista, al menos desde mi punto de vista, su principal columna. No sólo por el prestigio de Binner, un prestigio asociado a la gestión, primero en la ciudad de Rosario y luego en la gestión de la provincia de Santa Fe. Yo diría que logró representar en el escenario político una línea diferenciada que evitó dos extremos: la oposición sistemática, es decir, nada que proviniera del oficialismo debía o podía ser aprobado, y la otra tentación, en la que han sucumbido, desde mi punto de vista, algunas fuerzas que no muchos años atrás hubieran sido parte de un encuentro con el FAP, como es el caso de Sabbatella por ejemplo, que en el proyecto de acompañar con aires más progresistas ha entrado en una dinámica que puede presumir que corre el riesgo de una disolución de su papel en el interior de la coalición de gobierno.

Entonces, la gran cuestión para una fuerza, en este caso de la cual yo me definiría como un “amigo”, un “amigo del Partido Socialista”, es un desafío grande, en el sentido de que, a diferencia de lo que ocurría en los años ’90, en los años de Menem, donde se podía decir: “el adversario y las políticas a las que debería oponerme resultaban claras” -contra el partido del mercado, contra el neoliberalismo, contra la desprotección y la flexibilidad laboral, todo lo que significó un cambio drástico, dramático, en el paisaje social argentino en los años ’90-… Conducido de la mano de Menem y del peronismo, el partido peronista fue el partido del ajuste en los años ’90. Ahora quien ocupa el gobierno aspira no sólo a representar un proyecto progresista sino a monopolizar el espacio del progresismo. Por lo tanto, el progresismo es un espacio en disputa. Este es un hecho sobresaliente en el sentido de que no está dado quién va a ser el que va a quedarse con ese espacio. Y por lo tanto, la estrategia que elabore el socialismo, el FAP, para construir esa alternativa tiene que emplear un arte político sofisticado. Sobre todo si no quiere ser sólo una fuerza de tipo testimonial, aplicada a la denuncia, a señalar los defectos, los déficit, y para eso debe tener en el horizonte el proyecto de ir desarrollando una fuerza que aspire mañana, pasado mañana, o después de pasado mañana, a ser una fuerza en condiciones de gobernar la Argentina. El FAP aspira a gestar una nueva mayoría política, una nueva mayoría social. Teniendo en cuenta esto, la apuesta y los desafíos son complicados, pero bueno, también son excitantes, ¿son ricos, no?

 

En función de lo anterior, ¿qué distingue, para usted, esta experiencia incipiente del Frente Amplio Progresista, de otras experiencias previas que aspiraban proyectarse a un electorado similar, como pudo ser el ARI de Elisa Carrió o el FREPASO y la posterior alianza con la UCR?

Comencemos por el FREPASO, porque fue la primera. Yo creo que el FREPASO no tenía una visión genérica de sus dirigentes respecto a qué es lo que tenía que tratar de agrupar en su interior. Tenía ambición política de gobierno, cosa que le daba una dinámica particular, a diferencia de otras fuerzas que están acostumbradas a hacer el papel de “tribunos de la plebe”: denunciar lo que le pasa al pueblo y esperar que de la crisis del gobierno se les abra la puerta. Pero el defecto del FREPASO era que su núcleo dirigente (y la figura principal Chacho Álvarez quien era aquel que tenía la visión más estratégica) hizo apuestas apresuradas. Yo diría “una gran ansiedad por llegar a jugar en las ligas mayores”. Estaba yo cerca de esta experiencia, por lo tanto la conozco. Y estuve entre los que pensó que el Frente Grande debía trabajar por ser la tercera fuerza. No por ser la fuerza que estuviera en inéditas condiciones de ser gobierno y por lo tanto ir a cualquier coalición con el radicalismo. Aceptar a De la Rúa, que en ese momento en el radicalismo y en la opinión pública estaba instalado, como una figura a la que se le otorgaba un alto crédito. Ahí aparece la falta de un elemento estratégico, no era la ocasión del Frente Grande para la experiencia. El Frente Grande debía hacer algo que ha hecho el socialismo, que es la experiencia de gestión. Y no sólo porque esto forme personas competentes en la gestión pública. También porque eso enseña o entrena sapiencia para saber cuándo dar el paso adelante, cuándo esperar. Eso no ocurrió con el Frente Grande, que terminó haciendo de “garante” a una parte del progresismo en el voto a De la Rúa.

En el caso de Elisa Carrió yo creo que tomó un elemento que a mí siempre me pareció débil del Frente Grande, que es la visión “moralista” de la política. Reunir, hacer un llamado a la dimensión moral de la República para cuestionar a otras fuerzas políticas como fuerzas irremediablemente hundidas en la corrupción. El segundo capítulo de esta línea, el juicio moral a la vieja política en nombre de la nueva política. Y asumió un estilo de liderazgo mesiánico, con cierto estilo de arrogancia. Yo me acuerdo de una frase de Elisa Carrió, cuando estaba el gobierno de Néstor Kirchner, diciendo: “bueno, el vocabulario de Néstor Kirchner no va más allá de las 500 palabras”. Ella dirigía un partido, un movimiento que se llamaba “Argentina para una República de Iguales”. Entonces, yo decía: “¿cuántas palabras hay que usar para ingresar a la república de iguales?”. La arrogancia del universitario, del que sabe hablar. Eso para mí no era un problema referido a Néstor Kirchner. Si hubiera tenido no 500, sino 500.000 palabras ¿eso hubiera hecho mejor su gobierno? Entonces, a veces, estos gestos de arrogancia muestran una posición de quien se eleva por sobre la sociedad y juzga desde no sé qué trono a los demás. Yo creo que el estilo de conducción política de Elisa Carrió dio los frutos que dio y terminó por recoger todo lo que dio esa incapacidad para construir algo común.

     

En esta idea, que mencionaba más arriba, de que está en disputa el campo del progresismo, también han aparecido disputas en el campo intelectual. Digamos que afines a uno u otro sector encontramos tanto a Carta Abierta y otros intelectuales como también  intelectuales apoyando y diciendo “por qué creemos en Hermes Binner”. En ese sentido, ¿cómo analiza usted esta cuestión?

Primero diría que obviamente esta situación ha tenido -lo que ha ocurrido en estos últimos años, 8 años- repercusión en el campo de la cultura, de los intelectuales y ha habido alineamientos, tomas de posición, que en muchos casos reanudaron y volvieron a darle vida a ciertas tradiciones existentes. Porque la idea de la izquierda peronista no es una invención de los últimos años, hay un pasado que parecía destinado a declinar porque el peronismo menemizado o duhaldizado tenía poco que decirle o ofrecerle a esta tradición, y sin embargo la aparición de Kirchner y después más resueltamente la de Cristina Kirchner le ha dado una nueva vida, y a partir de 2008 en medio de la crisis de la relación entre el campo y el gobierno, tomó una salida esta incorporación de los intelectuales a un alineamiento oficialista. Por otro lado, también desde el comienzo, aunque no organizado de manera militante como Carta Abierta, aparecieron intelectuales que tomaban la palabra también públicamente para cuestionar al kirchnerismo por distintos aspectos: el autoritarismo, la corrupción, la pretensión a arrogarse todo lo bueno que ha ocurrido en la Argentina en los últimos -desde que yo me acuerdo, creo- a sí mismo. De modo que efectivamente esto ha dividido el medio. Todavía no hay un alineamiento en torno del socialismo que vaya más allá de lo que fue el apoyo a Hermes Binner en octubre de 2011, pero esto puede llegar a ocurrir. Entonces, también en el debate intelectual ahí se van a decantar posiciones, en el sentido de que no todos los que están en contra de los Kirchner, más allá de la oposición a los Kirchner, tienen la misma visión sobre cuál debería ser una buena política de nación. Yo puedo encontrar ahí a personas que creen que el PO encarna una alternativa y otras que pueden encontrar que el radicalismo puede ser una alternativa. Entonces una vez que se termina el factor que aglutina por la negativa, cuál es el factor que permite aglutinar por la positiva. Una ventaja que tiene Carta Abierta es que tiene un aglutinamiento por la positiva, cree en la clarividencia de Cristina Kirchner, y creo que un alineamiento en torno a un proyecto progresista tendría esa virtud, la de no sólo enrolar por la negativa, enrolar también porque se piensa que hay una manera de gobernar, una manera de desarrollar la democracia, una manera de llevar reformas sociales, una manera de ligar pluralismo y cambio, que puede respaldarse en  una experiencia y que no es sólo una aspiración. Eso está en juego en el debate de hoy.

¿Qué pasa con la centro-derecha en la Argentina? La figura de Macri ha quedado pendiente en este escenario electoral y aparece con mucha potencia para un futuro escenario electoral. De Narváez no tanto, pero es una figura que recuerda tanto a este menemismo y en parte también a un discurso político muy anti-intelectual, como ha dicho Marcos Novaro sobre el menemismo. ¿Para usted cuál va a ser el rol que va a jugar, o mejor, cómo complejiza este escenario esta fuerza de centro derecha?

Bueno, a ver. Una hipótesis. Yo creo que al gobierno nacional, al kirchnerismo, nada le convendría más que generar un escenario en el que haya dos rivales: Macri y el kirchnerismo. De modo que toda otra fuerza de aspiración progresista esté obligada a elegir entre esa disyuntiva. Ése es uno de los posibles y yo creo que a Macri también le conviene. Esto es parte de la complejidad de la situación. La derecha liberal clásica, expresada por el diario de La Nación, hace mucho que no tiene viabilidad como fuerza política. Pensemos en la suerte de alguien como Ricardo López Murphy -que se podría decir que es el que encarna de mejor manera esta visión que no le podría haber ido peor en la vía electoral, y creo que ahora piensa volver al radicalismo. Entonces lo que queda es esta conjunción de conservadurismo, liberalismo y populismo, ¡eh!, porque el populismo no es un monopolio del peronismo, el populismo es una manera de tener séquitos, seguidores, de no tener una ciudadanía activa. Porque yo creo que una de las cosas que distingue a una fuerza socialista es que busca producir una ciudadanía activa, no séquitos que aplaudan las decisiones del jefe sino que los cambios no sean sólo para el pueblo sino por el pueblo, porque es una manera de emanciparse de jerarquías, de sumisión, de sometimientos, que no son sólo los que produce la pobreza, a veces también los que produce el poder, el que produce la distribución desigual de los recursos culturales.

¿Qué opinión le merecen las discusiones del pasado que han surgido en el último tiempo, sobre todo con respecto a la creación del instituto revisionista Manuel Dorrego, y las disputas que hacia el interior del campo historiográfico se estuvieron suscitando?

Dentro del campo historiográfico universitario ha habido siempre discusiones, quiero decir, la discusión no es que ha surgido, no la ha provocado la creación del instituto Dorrego, porque para quien tenga un mínimo de conocimiento de cómo funciona la investigación histórica en la Argentina, sabe que no hay nada más pluralista que las cosas que se plantean ahí; no hay ninguna, -cómo llamarla- orientación que pueda decir ésta es la línea hegemónica. Y en los jóvenes es muy alto el número de historiadores que quieren hacer una historia profesional y reivindicar a la vez su posición política pro oficialista, que no admito que sea una disyuntiva: ser historiador y ser kirchnerista. Esto era el paisaje y lo conozco porque dirijo investigadores que tienen esta posición, chicos jóvenes como ustedes, chicas, que son muy competentes, muy buenos y quieren ganar su batalla, por así decir, en ese campo, mostrándose competentes, mejores que los otros. Y es cómo se juega el juego en el campo que llamamos el de la ciencia histórica. Vuelvo entonces a la cuestión del Instituto. Lo que a mí me parece censurable en la actitud del gobierno, tal como aparece en los considerandos del decreto, es que supongan que el estado tiene que definir cuál es la orientación histórica correcta. Define cuáles son los héroes que deben ser, cómo se llaman, ensalzados, contra otra historiografía que ensalzaría otros que no merecerían ese tratamiento. Eso ya ignora que el saber historiográfico, no en la Argentina, en el mundo, no gira en torno a las grandes personalidades; se habla de proceso, de estructura, de discurso, pero esa idea de saber, de una historia que se edifica en torno a grandes figuras pertenece al pasado, yo les diría a la primera mitad del siglo XX, de la historia de Mitre y de la discusión de tener un busto de Rosas o uno de Sarmiento, eso pertenece a otro estadio. Hoy muchos discuten el papel de Rosas, pero no diciendo “salvó la nación”, sino mostrando cómo fue efectivamente la gobernación de Rosas en tales y cuales años, cómo fue el marco en el que tuvo que gobernar. Vuelvo entonces a la cuestión. Para mí, lo censurable no radica en el hecho de que incluso se subvencione un centro que reclame dinero público para investigar a Dorrego o todas las personalidades. El estado no puede definir cuál es el sentido, cuál es la historia correcta. ¿Mañana qué va a ser: la genética correcta, la lingüística correcta?.

Emmanuel Juan, Fernando Suárez, Martín Tamargo y Benjamín M. Rodríguez –De la redacción

En el marco de las II Jornadas de Derechos Humanos “Universidad y Escuela”, tuvimos el privilegio de conocer a Andrés Zerneri, un artista plástico argentino cuya peculiaridad se nota inmediatamente. Andrés nos dedicó unos minutos para poder explicarnos su particular mirada sobre el arte y la política. Sus proyectos reflejan con claridad sus valores rectores: la idea siempre presente del “artista colectivo” es encarnada por cada gesto de Andrés y su posicionamiento ideológico se presenta con contundencia en cada parecer  u opinión que esboza ante todas nuestras preguntas.

 

Andrés, para empezar, contános un poquito ¿quién sos, a qué te dedicas?

 Yo soy Andrés Zerneri, soy artista plástico. Como decía hoy en la charla, para mí el arte, la política y la comunicación son sinónimos, son la misma cosa, y trato de conllevar mi oficio como una trinchera para decir mis ideas, para pelearla. Y siento que mis fuerzas se multiplican, sobre todo en la obra colectiva. Eso me parece que es un espacio para poder seguir indagando, aprendiendo. Obras colectivas como la que yo hice: el monumento al Che Guevara, esa es una obra bastante difundida y con esa misma experiencia, salimos con esta nueva tarea de construir un monumento a los pueblos originarios. Algo que no sólo se circunscribe a los pueblos originarios, sino que básicamente es una excusa para que mucha gente que no conoce información sobre su propia identidad, pueda enterarse.

Yo creo que el arte tiene un rol fundamental en eso, en la persuasión, en el juego didáctico de construir, de jugar a construir algo que es divertido pero que, a la vez, tiene mucha seriedad por la forma en que lo hacemos. Y en el mensaje que queremos dar. Una obra que va a ser la escultura más grande en bronce que se va a hacer en la Argentina, producto de la donación de 200.000 llaves. Ese bronce, donado por la gente, solidario, candente, rompe un poco la tradición de la historia de los monumentos en nuestro país, que es nefasta. La historia universal del bronce es bastante nefasta ya que el poder siempre ha tomado ese método de homenaje, o de la doctrina “a quien deberíamos brindarle homenaje”, instaurándonos en nuestro patrimonio escultórico esculturas que no tienen nada que ver con el pueblo. Por eso es que en los monumentos el General Roca es la persona más reproducida en nuestro país.

¿Nos interesa saber cómo te surgió esta idea del artista colectivo, del arte colectivo como idea? ¿Cómo la has llevado adelante? Por otro lado, también nos interesa saber ¿cómo se ha dado la relación, siempre conflictiva, ya sea por presencia o por ausencia del Estado, del Gobierno, de los políticos en general?

 Yo reniego del Estado porque soy medio anarco y de allí nace mi amistad con Osvaldo (Bayer). Soy desestructurado en todo, salvo en la parte en que a Osvaldo le obedezco como no debería obedecer un anarquista. Cuando él dijo que se debía realizar un homenaje a los pueblos originarios, como se hizo con el Che, para mí fue una orden. Me salió la parte más “milica” que tengo. Yo lo sentí como una orden y nos pusimos a trabajar en ese sentido. Primero, con una consulta a las mujeres de los pueblos originarios.

La intención de que el Estado no participe, es porque yo siento, y siempre sentí, que la fuerza popular tiene realmente una capacidad de organización muy grande, que no está dormida para nada. Pero me parece que este juego de construcción colectiva ayuda a estimularla. Es un ensayo de organización. Porque después con esta misma metáfora podemos hacer un montón de otras cosas. Si decimos que juntamos 75.000 llaves para el monumento al Che, podrían ser 75.000 ladrillos, 75.000 chapas, 75.000 formas de la participación popular que construye. Que en vez de pedir, da. Es un ejercicio político maravilloso. Y porque yo como custodio de este proyecto, en el que todavía nos faltan 5 toneladas de bronce, no aceptaría, bajo ninguna condición, que alguien me diera todo el bronce junto. De ninguna manera. Lo que necesitamos es una forma de construcción lo más legítima que se pueda, para que el día de la inauguración, podamos decir realmente, sin mentir, que fue una obra colectiva, legitima y construida por el pueblo. Y dada al Estado. Siempre recibimos de ellos, sin consulta previa, quienes serían nuestros próceres.

¿Qué peso tienen, para vos, tanto las obras del Che como de la mujer originaria, desde la impronta de los monumentos, en el legado que puedan dejar, en la forma en que fueron concebidos y la relación con el Estado nacional?

 Yo creo que si no hacemos un laburo intermedio, para apropiarnos del significante, lo que va a quedar es una cultura medio fea. Porque la verdad que el monumento del Che, parece un “play móvil” (risas), pero lo que yo rescato es que esa escultura, que la construimos con los hijos del Che, con mis vecinos, con alumnos, gente que venía a donar llaves, chicos de colegios que donaban llaves y, de repente, se encontraban con que yo estaba trabajando con la escultura y se quedaban ayudándome. La escultura quedó medio fulera, pero lo importante es ese método. La forma en que se construyó. Queda en mi la responsabilidad de ahora hacer una mejor escultura con la mujer originaria, porque sino me van a abuchear…

Pero yo creo que la intención de la forma en que se construye es lo más importante. Y la escultura termina siendo como la prueba física de la gente que participó. Esa es mi idea. La propia escultura como una excusa. Se cumple un verdadero objetivo cuando la gente que cree que no tiene nada que ver con los pueblos originarios, se entera. Se entera que en la Argentina hablamos no sólo un idioma, sino 14 lenguas, que el 61% de la población tiene un vínculo genético con los pueblos originarios. Se entera que somos un país, pero también 23 o 30 naciones. Comprender toda esta información, que a la vez es difícil de procesar, nos va a dejar una responsabilidad cívica mucho más grande.

Por último, te queríamos preguntar qué formas hay de participar en este proyecto y cómo sigue esto.

 La idea del monumento a la mujer originaria surge de una propuesta de Osvaldo Bayer (ver video). Además, era necesario poder colocar toda esa logística y toda esa red que participó en el monumento del Che en otro proyecto que apunte hacia el mismo lado. En el sentido de la identidad, una identidad que tiene que ver con las ideas y quienes somos. Es necesario que participe mucha gente, que se ponga con el tema de contar al otro lo que estamos haciendo, pero también con estos centros de acopio, que no requiere de autorización previa. Cualquier persona puede bajar el cartelito que esta en la página(1), que dice “deposite aquí su llave para el monumento a la mujer originaria”, eso se imprime, se pone en una caja o en un bidón, y ya queda instaurado como un centro de acopio. Y después, acá en Mar del Plata, se ponen en contacto con el Rectorado de la Universidad, que es el centro de acopio general, y resolvemos con ellos la forma de poder llevarlo a Capital Federal. Que es donde estamos acopiando todo el bronce. Y, quizás lo más rico, “la frutilla del postre”, es donde vamos a emplazar este monumento. Cuando esté terminado, esta escultura de 10 metros de altura, “el monumento de bronce más grande que va a haber en la Argentina”, se lo vamos a donar a la Ciudad de Buenos Aires, a Macri. Pero no porque Macri nos caiga bien, sino porque, justamente, la intención es que la ciudad que más postergó históricamente los derechos de los pueblos originarios reciba en carácter de donación esta escultura. Con una condición: que se saque el monumento al General Roca que está a 100 metros de la Plaza de Mayo, y que se emplace, en ese mismo lugar, este monumento construido por el pueblo.

       Fernando M. Suárez y Martín Tamargo – de la redacción

 (1) http://www.andreszerneri.com.ar/monumento_mujer_originaria.htm
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