¿Cuántos enigmas esconde el silencio? ¿es posible, pues, intentar una clasificación? Al contrario de otros fenómenos que rápidamente nos muestran su opuesto, ¿cuál es el del silencio? ¿es el grito? ¿la palabra? ¿el ruido? Pensar el silencio no es una tarea fácil. Silencios hay muchos, demasiados.

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Cómo señala Goloboff “el mutismo puede tener, como todo comportamiento, como todo gesto, como toda actitud, muchas causas”. Están los silencios de aquellos que tras resultar ofendidos se declaran en huelga de palabras. Los silencios persistentes, que ofenden por su inmutabilidad. El silencio de aquel que debió haber hablado y nunca se animó (sabemos, porque lo conocemos bien, cuan arrepentido está hoy y cuan consiente es de que ese arrepentimiento no sirve para nada). El silencio del que huye, del que se esconde, del que teme. Están los silencios que hablan. Los silencios del “que calla, otorga”. Hay silencios que subrayan que se ha dicho algo importante o que debelan que no tiene nada para decirse. Están quienes gritan como forma de hablar por los años de silencio; pero también los gritos sirven para no escuchar(se), para no decir(se), para no aguantar(se). Existen quienes le temen al silencio como al peor de los enemigos; silencios de dormitorios ordenados y camas solitarias por la noche. También, alejados y en silencio, están quienes callan por sabiduría o por estrategia. Saben que en determinados momentos las palabras son cosa inconveniente. Hemingway decía: “se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”. Y hay quien calla por soberbia, por desprecio, por ignorancia, o por fiaca. Los que ocultan algo; los que no se atreven a decirlo; los que no saben cómo. Quizás morirán mordiendo sus labios, reprimiendo la voz, en tensionado silencio.

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“Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo” sugería Beethoven. Son los silencios un recurso expresivo fundamental en toda melodía. Dicen a partir de lo que callan. Lo saben los músicos. Así como nadie puede entender a quien habla sin freno, pocos disfrutan de ejecuciones musicales sin pausas. También los cuentistas conocen el valor del silencio. Una palabra, un silencio, otra palabra. La secuencia se dibuja por los tres elementos. Todos son igualmente importantes. Manuel Azaña, el presidente de la II República Española decía: “Si los españoles hablaran sólo de lo que saben, se generaría un inmenso silencio, que podrían aprovechar para el estudio”. No sólo los españoles.

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Como usted recordará, estimado lector o lectora, desde 1830 los argelinos tuvieron la suerte de dejar de vivir en un insignificante país perdido entre luchas tribales dentro del continente africano, para pasar a ser una importante colonia de la refinada república francesa, conociendo a través de las bayonetas, del imperialismo y del saqueo, la alta cultura europea. Recién entre los años 1954 y 1962 la guerra por la independencia liderada por el Frente de Liberación Nacional conquistaría, no sin un enorme costo en vidas humanas, la ansiada liberación. Durante la guerra, los republicanos franceses utilizaron sistemáticamente la tortura para obtener información o para quebrar la voluntad de los rebeldes. Dicen que en los casos en que los torturados se resistían a mostrar dolor, los torturadores se entusiasmaban por arrancarle gritos. Necesitaban vulnerar la voluntad de sus víctimas. En ocasiones los torturadores competían entre sí para ver quien hacía hablar primero a “su” torturado. Obtenía más prestigio quien antes lograba hacer “cantar” a su víctima. A algunos, parece, “se les iba la mano”, y muchos sublevados argelinos morían asesinados para lamento de los torturadores más responsables que buscaban “hacer bien” su trabajo y nada más. Pero a veces las víctimas obstinadas, mutiladas, quemadas, humilladas… callaban, resistían y mantenían el silencio. Algunos torturados y torturadas encontraron otra forma de silencio: gritar, gritar incoherencias, gritar datos falsos, gritar para no decir absolutamente nada. Su grito no era sinónimo de quebranto, sino de resguardo de sus compañeros, de cariño, de proyecto compartido, de esperanza. Era, eso sí, una forma ruidosa de silencio.

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Sabemos también que fue en Argelia donde se inauguró la práctica de desaparición de personas como dispositivo para aterrorizar a la población. El silencio atroz de la ausencia repentina del compañero o la compañera, del esposo o la esposa, del hijo o la hija, del padre o la madre. La incertidumbre del que intenta averiguar y nada sabe, nada le dicen. Para el que todo es silencio. Después de la liberación, los especialistas franceses de la guerra antisubversiva pusieron sus conocimientos al servicio de las dictaduras latinoamericanas. Quizás por ello, hay todavía entre nosotros cosas de las que aún hoy resulta difícil hablar, pecados de mudez, olvidos, desmemorias ¿Cuánto vale el silencio de tantos -durante tanto tiempo- respecto del origen de los supuestos hijos de Ernestina de Noble? ¿Podremos olvidar el slogan “el silencio es salud” con el cual los milicos amenazaban a las madres que buscaban a sus hijos desaparecidos? Y les llamaban, mientras buena parte de la sociedad civil callaba, era cómplice, temía y, a veces, hasta apoyaba francamente; les llamaban “las locas”.

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Volvamos a Argelia. Los colonizadores habían aprendido las ventajas de entablar la guerra también en la psicología de las víctimas. Una de las formas consistía en el “lavado de cerebro” a los intelectuales que apoyaban la independencia. Había que hacerlos cambiar de parecer y convidarlos a colaborar con la ocupación. Entonces se los encerraba en campos de concentración para someterlos a diversos tratamientos. El objetivo era conseguir que el prisionero actuara de acuerdo a determinado rol. Primero había que conseguir su apoyo. Para ello se alternaban las torturas físicas con exposiciones sobre el valor de la obra francesa y los fundamentos positivos de la colonización; al mismo tiempo, se planteaban los argumentos de la rebelión argelina para combatirlos uno por uno. Para llevar este plan acabo se disponía de un amplio personal compuesto por funcionarios de asuntos coloniales, psicólogos, sociólogos, psiquiatras. Después de que los prisioneros pasaban por aquellos procesos, en turnos, se les tomaba examen. Cada patriota argelino debía exponer ante un consejo integrado por los responsables de los campos. Estos decidían la salida o permanencia del intelectual según el grado de domesticación alcanzado. Existía un amplio sistema de recompensas para los internos que mostraban progresos y se convencían de los beneficios de la colonización francesa. En esos campos se obligaba a los argelinos a estar siempre acompañados. Estar sólo era considerado un acto de rebelión. El silencio estaba prohibido; por peligroso, por subversivo. Nadie sabe lo que el silencio trama. Por ello, había que pensar en voz alta.

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Pero así como el silencio puede ser subversivo, también puede convertirse en cómplice. Es el silencio conservador, que calla, oculta, desvía la mirada, no quiere saber. El silencio del país que no quiere hablar de sus miserias. En la película de Luis Argueta, El silencio de Neto, se presenta al silencio como indiferencia, como ofensa, como traición a otros y a uno mismo. No hay que callar y ocultar, sino decir lo que uno siente. La memoria funciona como lo contrario del silencio, del olvido. Hay que recordar, decir, gritar si es necesario. Más conocida en la historia del cine es la película de Ingmar Bergman El silencio donde durante un viaje, dos hermanas y el hijo pequeño de una de ellas, deben permanecer algunos días en un extraño país cuyo idioma los personajes no comprenden. Las hermanas tienen escasa comunicación entre si y, al mismo tiempo que se odian, mantienen una relación de mutua dependencia. Ambas mujeres están profundamente solas y padecen de una gran insatisfacción con su existencia, pero, quizás por ello, se vuelven incapaces de comunicarse. “El silencio” nos habla de la soledad y la desesperación, a las cuales las protagonistas no encuentran salida. Sólo pequeños instantes -la música de Bach, el juego y los disfraces, las palabras que la tía deja traducidas al pequeño niño- se visibilizan como momentos de encuentro. También el cine argentino reciente se vincula con el silencio. En la película de Juan José Campanella, El secreto de sus Ojos, una de las escenas finales nos hace ver al silencio como condena. El violador y asesino, el cobarde que terminó sin ser condenado por la (in)justicia argentina, es condenado finalmente por el esposo de su víctima a prisión perpetua. Años después, el hecho es descubierto por Benjamín Esposito, personaje que interpreta Ricardo Darín, quien encuentra encarcelado al asesino en un presidio casero construido por el viudo. Allí, el prisionero tan solo le pide a Esposito, con desesperación pero ya sin fuerzas -como sabiendo lo inútil de su petición- que le diga al viudo que por lo menos le hable.

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En los campos de concentración de Argelia se prohibía el silencio. Pero más común es que se prohíba la palabra. Emilio de Ípola en su libro La bemba… elaborado a partir de los recuerdos de su paso por la prisión por razones políticas, describía a las “bembas” como “fragmentos de un discurso desarmado y precario. Frases transmitidas de celda a celda, de pabellón a pabellón, e incluso de prisión a prisión. Comentadas, elaboradas, transformadas en los patios de recreo y en visitas. Retenidas tenazmente algunas, rechazadas otras. Alimentos de la esperanza y, a veces, del miedo. Pero, sobre todo, exorcismos contra la ignorancia, la desinformación, la incertidumbre”. Estaba prohibido: comunicarse de celda a celda, todo contacto entre detenidos alojados en pabellones diferentes, hablar de patio a patio. No obstante tanta prohibición, las bembas traspasaban rejas, puertas, muros, distancias. Se burlaban de la compartimentación material del espacio carcelario y de los reglamentos que la refuerzan; redefinían dicho espacio, lo desafiaban, lo transgredían, ponían al desnudo sus brechas y puntos débiles. Constituían la forma más elemental de oponerse colectivamente a la violencia de la incomunicación regimentada.

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No deja de ser cierto que el constante ruido en que vivimos inmersos como consecuencia de la incesante y cada vez más vertiginosa actividad humana nos provoca fastidio. Me lo recuerdan todos los días, muy temprano, las máquinas y los obreros que trabajan construyendo el edificio al lado de mi casa. De ahí que estemos tentados de escribir que nuestras sociedades no son más que la invasión de los ruidos, donde el silencio se ha vuelto un artículo de lujo. Se compra, como los bosques y los lagos del suelo nacional. Porque el silencio también sabe de diferencias de clase. Ese silencio que, si este fuera un texto de autoayuda, diría es el que sirve para encontrarse con uno mismo y reflexionar. Silencio que se consigue con la quietud y la soledad. Pero sería injusto no reconocer los buenos gestos que el ruido a veces tiene. Porque no es sólo bullicio; también revuelve y libera. Entre la pasividad y la atonía del silencio hay gritos que nos conmueven, que nos sacuden cuando la modorra y la rutina nos ganan la batalla.

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El mimo más famoso, Marcel Marceau, pensaba que el silencio era infinito, como el movimiento, no tenía límites. Los límites los ponía la palabra. Publio Siro solía decir, siglos antes del nacimiento de Cristo, que se arrepentía muchas veces de haber hablado pero nunca de haber callado. La condesa de Metternich dominaba nueve lenguas y solía comentar que había aprendido a callarse en nueve idiomas distintos. Dijo Shakespeare “Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”. El “pensador” Ernesto Esteban Etchenique, hombre sensible y maestro de aforismos, era un tipo que daba conferencias sobre el pensar, se sentaba frente al público y, simplemente, pensaba. No decía una sola palabra.

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Estimados lectores obstinados que han llegado hasta aquí sepan que no hemos podido clasificar al silencio, encontrarle un lugar. Dice Horacio Gonzalez que a todo texto se le escapa algo y que ello es saludable. Todo libro o artículo es siempre algo inabacado, inconsumado. Concluimos entonces de la única forma posible. No sabemos bien dónde ubicar al silencio. Cuando pensamos que podíamos aprehenderlo, situarlo, se nos fue para otro lado. Cuando quisimos condenarlo, insultarlo, nos mostró su sabiduría y sus buenas intenciones. Cuando buscamos proclamarlo, quererlo, anunció sus miserias y se nos cagó de risa en la cara. Quizás deberíamos habernos callado la boca; pero no. Callarse sería dejarle servida la victoria. Y el silencio, querido lector o lectora, es un gran hijo de puta. Lo mismo que el ruido, a veces cómplice y amigo del silencio; otras enemigo mortal y decidido. Son dos reverendos hijos de puta. Porque “el silencio puede ser un bastión, un círculo, un castillo, una máscara, un arma. Depende en manos (en labios) de quien esté y cómo se ejerza” (Goloboff). Por ello tenemos, pues, que estar alertas. Para descifrar quien calla, quien grita y cuáles son sus razones. Quien nos habla y apabulla ¿por qué nos dice lo que nos dice? Quien nada menciona y oculta ¿por qué lo hace? “Sólo la verdad nos hará libres”. Ojalá…

Guillermo J. Colombo – Columnista invitado

Bibliografía de referencia:
De Ípola, Emilio; La bemba: acerca del rumor carcelario y otros ensayos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005. Fanon, Franz; Los condenados de la tierra, Fondo de Cultura Económica, México, 1983. Goloboff, Mario; “El silencio”, diario Página 12, contratapa, jueves 11 de marzo de 2010. Gonzalez, Horacio; “Prefacio. Roberto Carri: Bandolerismo y ensayo social” en Roberto Carri, Isidro Velazquez. Las formas prerevolucionarias de la violencia, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2001.
Películas: Ingmar Bergman, “El silencio” (Suecia, 1963); Luis Argueta, “El silencio de Neto” (Guatemala, 1994); Juan José Campanella, “El secreto de sus ojos” (Argentina, 2009).