En esta ocasión, la redacción de Subwoofer se toma vacaciones y abre el juego presentando el artículo de Hernán Vivas, quien retoma la discusión acerca de los músicos y su compromiso con la realidad planteada meses atrás. Aquí, además de mostrar otras opiniones, se torna relevante la posibilidad de compartir los pareceres de alguien que tiene experiencia en el mundo de la música. (Martín Tamargo y Joaquín Marcos, responsables de sección)

Miles Davis fue un excelente músico y difícilmente alguien pueda argumentar lo contrario. También lo fueron John Lennon y “Pichuco” Troilo y lo son hoy Silvio Rodríguez y Paco de Lucía, y la carencia de contra argumentos se mantiene. Se desprende de estos ejemplos que ni el compromiso manifiesto con una determinada causa, ni la adscripción a un determinado colectivo político, ni tan siquiera la expresión explícita (o no tanto, como en el caso del compositor italiano Luggi Nonno, militante del PC) de una determinada línea ideológico-política son condiciones sine qua non para lograr un producto musical de calidad, aunque también se observa que no tienen por qué estar ausentes. En una palabra, hay música de buena calidad con los más diversos niveles de “compromiso”.

Es curioso, no obstante, cómo afectan esta clase de cuestiones a la hora de la valorización de un músico por el público. La curiosidad radica en que pareciera existir una fina línea que, de ser cruzada, lleva al músico a una situación particular en la que su producción es recibida por el público cargada con una serie de exigencias/expectativas que exceden a lo que hace al mero hecho artístico, a lo que se les pide a otros músicos, o incluso a lo que se le exigía al mismo sujeto antes de que tomara esos rumbos.

No me atrevo a extralimitarme yendo más allá del ambiente de la música, que es el que más he transitado, para hacer evaluaciones al respecto de si este fenómeno se repite en otras ramas del arte, que además están dotadas de otro tipo de complejidades por tener otras características constitutivas.

Si partimos del supuesto de que la música es un lenguaje que expresa “cosas” por fuera de sí misma, se entiende que el músico transmite “cosas” con las que el público puede identificarse o no. Hasta allí la diferencia con el lenguaje hablado sólo podría traducirse en términos estéticos y eventualmente de grado de abstracción, es decir, la música diría “cosas” de una forma “más artística” (para no poner “más bello”, que no es una característica necesaria en una obra de arte) y hablaría con un mayor grado de abstracción. Pero la complejidad de un fenómeno musical excede en mucho a la de un mero lenguaje, un mero transporte de contenido. “La música no está para expresar sentimientos, sino para expresar música”, dijo hace unos años Pierre Boulez.

Puede resultar un tanto excesiva, pero esta frase sirve como un disparador que permite plantear una serie de interrogantes donde por lo general sólo reinan las certezas. ¿Es necesario que la música exprese algo más que a la música misma? ¿Es siquiera posible que la música exprese ese algo?  ¿O es acaso tan sólo un “lenguaje” que habla de sí mismo? ¿Qué papel juegan el público y el artista a la hora de construir un significado a partir de un significante? Estas preguntas, lejos de ser una tangente que nos aleje del problema planteado en el primer párrafo, son las que pueden llegar a arrojar algo de luz sobre la cuestión.

La idea es sencilla: o se aceptan las reglas del juego que dictan que la música no es un fin en sí mismo, sino una herramienta a través de la cual se pueden canalizar ideas, emociones, sentimientos, etc. o se acepta que el fenómeno artístico en sí es su propio núcleo de valoración, y se subordina cualquier resultado ulterior a un lugar secundario y, eventualmente, se plantea la prescindencia de él. Admitiendo la primer premisa, que creo es la más compartida por el público en general, se corre el riesgo de pedirle a la música más de lo que la música puede dar, mientras que si se extreman posiciones en el otro sentido, se está jugando con la posibilidad de relegar a un plano muy secundario una de las facetas más interesantes del fenómeno musical.

Todo esto aparece condensado en el perfil que un determinado músico elige adoptar, tanto en el género que desarrolla como en cuestiones estéticas de toda índole. Y he aquí el meollo de la cuestión: si decide relegar a un segundo plano cuestiones referidas al mensaje, privilegiando una concepción de la música más “auto referenciada”, allá él, que juega con esas reglas. Si, por el contrario, la expresión de ideas y sentimientos ajenos al hacer musical propiamente dicho forman el cuerpo central de su obra, será un problema de coherencia discursiva, y el derrotero que este artista vaya transitando será leído en esa clave. La dificultad aparece cuando esa zona gris de indefinición se apropia del músico: incapaz de desarrollarse artísticamente (por una razón o por otra) busca en un mensaje que pueda tener buena recepción en el público la forma de salvar su propio agotamiento, de llenar el vacío artístico con contenido de otra índole. Y generalmente el experimento no termina muy bien…

Hernán Vivas – Columnista invitado