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Un trío suburbano…

El origen de Manal esta íntimamente relacionado con el surgimiento del rock local, allá por fines de los sesentas. Las bandas que florecieron por entonces llevaban consigo el polen de la noche porteña; los antros donde la “nueva” música se creaba y compartía; y los cafés literarios donde caían desplomados a discutir sobre obras propias o ajenas y a componer hasta que el sol naciera nuevamente.

El trío que lideró Javier Martínez está conectado con este mundillo…

En 1968, las ideas que venía acumulando desde aquellas noches en la Perla del Once, empezaron a tomar color con Alejandro Medina en bajo y Claudio Gabis en guitarra, pudiendo plasmarse en un primer simple que incluía Que pena me das y Para ser un hombre más. Dos bestialidades que demuestran el intrincado reflexionar de Javier y la potencia que este trío demostrará a diario en los recitales de La Cueva y –más formalmente- en el Teatro Apolo.

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Al año siguiente No Pibe y Necesito un amor, permitirán al grupo despegar de los subsuelos porteños, y romperla (literalmente) en el multitudinario Festival Pinap: trampolín para grabar su primer LP homónimo.

En palabras de Gabis, «Fue el día más glorioso de mi vida artística. A Javier se le rompió la batería, a Alejandro se le rompió el bajo, a mí se me rompió no se qué, pero seguimos tocando y la gente deliraba. Terminamos los tres cantando en un micrófono: Alejandro con la guitarra, Javier con los palillos y yo con la armónica y la gente delirando. Manal se consagró ese día, se hizo un grupo grande. Ese día entró a la historia» 

Con este disco Manal se asentará como “La” banda blusera local. Las barriadas, las calles emblemas del porteñismo, los trenes, el obelisco y el bajo industrial de Avellaneda Blues o Avenida Rivadavia, se entremezclan con la dureza existencial y la introspección de Informe de un día o Una casa con diez pinos.

El sur porteño toma forma, como los viejos tangos de los años ‘30. Y un nuevo público –seguidores de jazz especialmente- se acerca a los recitales.

La voz de Martínez se desgranaba por el pucho y la ginebra, pero brindaba el tono idea para el perfil blusero que buscaban. Oscura, así es la música que ofrecen. Pero las letras iluminan con tenues grises el mundo del que reniega esta generación.

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Vía muerta, calle con asfalto siempre destrozado.
Tren de carga, el humo y el hollín están por todos lados.
Hoy llovió y todavía está nublado.

Sur y aceite, barriles en el barro, galpón abandonado.
Charco sucio, el agua va pudriendo un zapato olvidado.
Un camión interrumpe el triste descampado.

Luz que muere, la fábrica parece un duende de hormigón
y la grúa, su lágrima de carga inclina sobre el dock.
Un amigo duerme cerca de un barco español.

Amanece, la avenida desierta pronto se agitará.
Y los obreros, fumando impacientes, a su trabajo van.
Sur, un trozo de este siglo, barrio industrial.

Avellaneda Blues – Gabis-Martínez

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El boom de esas juventudes ansiosas de un mundo nuevo y la ebullición cultural que impulsaron, fueron el humus de éste y otros grupos que no le esquivaron a la reflexión filosófica, la literatura y los estupefacientes, para componer las mejores canciones “fundacionales” de ese género que comenzaba a germinar. La novedad radica en la capacidad que tuvo Manal de producir una música autentica y genuinamente rockera, cercana al camino marcado por los sureños afroamericanos.

Manal en si misma era la novedad. Es sinónimo de La Cueva, uno de los primeros antros rockeros de Buenos Aires; de Mandioca, el primer sello discográfico creado exclusivamente para impulsar al rock nacional; y por sobre todas las cosas, de la novedosa incorporación del Blues en el naciente rock cantado en castellano…

 Joaquín Marcos – De la redacción

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José Alberto Iglesias

A las 10.50 del viernes 19 de Mayo de 1972 el cuerpo de José Alberto Iglesias es hallado sin vida en las vías del Ferrocarril San Martín. Un tren lo habría pasado por arriba, aunque no se conoce a ciencia cierta el hecho en sí. Para algunos, la policía lo llevó hacía el lugar y fue empujado. Otros piensan que al estar escapando de las mismas fuerzas, cruzó las vías y no se percató de la llegada del tren. Para los más convencidos, iba fumando en el fuelle entre la unión de los vagones y se quedo dormido, cayendo sobre las vías, muriendo al instante.

Con tan solo 26 años, la corta vida de José Alberto… bueno… en realidad de Tanguito, como lo conocía todo el mundo -o Ramsés VII, Donovan o el que se le ocurriera en el momento-, fue eclipsada por la leyenda debido a su prematura muerte. Como sabemos, con el tiempo los relatos póstumos se vuelven historias épicas, y van construyendo una identidad un tanto mítica y un tanto real. Pero la de Tanguito es una historia narrada íntegramente desde lo mítico.

Los que crecimos con Tango Feroz, nos acostumbramos a asimilarlo con el personaje de Fernán Mirás. Y en cierto modo, el subtítulo de la película: “la leyenda de Tanguito”, explica la imagen que nos construimos.

 

Desgranando el film de Marcelo Piñeyro, encontramos lugares, personas, situaciones muy aisladas, que nos permiten entrever una realidad mucho más palpable de la vida de este personaje del rock local. Personaje que nadie incluiría en la palestra de los grandes músicos nacionales. Quizás, en parte, porque nunca se rescató su legado musical y personal. Ni siquiera en la nombrada película se utiliza su escueta discografía.

Por eso rescatar, por ejemplo, la coautoría -con Littto Nebbia- del tema La Balsa no es cosa menor, si es que se nos permite considerarlo el himno del rock argentino.

La historia de este tipo es singular y atrapante. Tiene su pequeño lugar en el relato de la “historia del rock nacional”: fue parte de ese grupo de jóvenes que frecuentaban La Cueva, junto con Sandro, Javier Martínez (Manal), Moris, Pajarito Zaguri o Miguel Abuelo entre otros; de los cuales se nutría y a la vez influenciaba. Mientras que en las trasnoches porteñas, en el baño de la Perla del Once se compartían los temas nuevos y nacían los acordes de las futuras canciones. Se pateaba sin rumbo la calle, copando lugares de moda o cayendo en casas de amigos.

Aunque Tanguito preferiría pasar sus horas en Plaza Francia, rodeado de los adolescentes hippies escapados de sus casas que lo idolatraban y seguían como a un mesías. Camino que no transitaron los compañeros de La Cueva, ya que se estaban enfocando profesionalmente en sus carreras musicales –léase Javier Martínez, Moris, Nebbia-. El grupo de los “náufragos” comenzó a cambiar. Las influencias de Tanguito también.

El afán de no respetar las pautas culturales vigentes llevó a este grupito de la plaza a ingerir medicamentos para no dormir, cuestión de pasar tres o cuatro días despiertos como lo hacían los que estudiaban en la facultad, transitando la ciudad en busca de un lugar donde comer y componer.

Junto a las anfetaminas, llegaron los pinchazos. El retorno ya era imposible. Su presencia pública comenzó a disgustar a las autoridades, lo que le valió arrestos y cortes de pelo varios; quebrantando poco a poco su personalidad.

Pero verdaderamente, lo más significativo será su paso por el Borda. Usado como conejillo de pruebas, los electroshocks minaron su persona, pero no le impidieron tomar una última elección. Escapó del nosocomio la madrugada del 19 de mayo de 1972. A las 10.50 su cuerpo era encontrado sin vida. Ningún medio levantó la noticia.

 

Al realizarse la película no se priorizó el relato de la gente que lo conoció, que lo entendía y que convivió con él. Y “se optó por recrear la leyenda, y no la vida real de Tanquito”, como expresa Victor Pintos en su libro Tanquito, la verdadera historia. Libro que expone -dejando de lado el estilo narrativo- los reportajes realizados con esa gente que lo tuvo cerca. Entrecruzando comentarios contrapuestos y debelando esas contradicciones y olvidos que la memoria siempre nos produce. Buscando siempre un relato fidedigno de la singular y apasionada vida de José Alberto Iglesias.

Joaquín Marcos – De la redacción

Callejuelas de adoquín, luces tenues de farol y un gran muro rodean al predio del Cementerio de la Recoleta. Desde fuera, nada de particular. Pero en su interior, reúne las condiciones necesarias para convertirse en el atractivo turístico más destacado de este barrio paquete de la Capital. Los turistas europeos y orientales entran emocionados, y las lentes de las cámaras fotográficas se llenan de inmensas imágenes sagradas y delicadas construcciones logradas por escultores de la talla de Lola Mora, Troyano Troiani y Giulio Monteverse, entre otros.

Debe ser uno de los pocos cementerios donde no se vive el clima típico de cementerio. Es decir, uno no se siente apesadumbrado; no pesa ese aire negativo común en estos lugares sacros. Y es así gracias a estas visitas ajenas que no llegan por el duelo de un pariente, sino por mero atractivo. El Cementerio de la Recoleta, fundado allá por 1822, se ha convertido en un punto más del tour porteño, donde no sólo figuran renombrados personajes de la historia política Argentina, sino también leyendas urbanas sobre almas desveladas y amores profanados…

* * *

El pasillo principal nos conduce directamente a la imponente tumba de Aramburu. Para algunos, esta disposición habla mucho del barrio en el que estamos. La señora de Recoleta no tendría pruritos en reconocerlo. Ninguna negaría su patente “gorilismo”. Pero, esta tumba nada dice para los turistas que poco se interesan por uno de los militares cabecillas de la Libertadora, y en cambio, si se muestran profundamente ansiosos por conocer el lugar de reposo de Evita. Así la paradoja. La misma señora paqueta, a falta de guías turísticos oficia como tal en el camino al panteón de la familia Duarte: para nada suntuoso, para nada llamativo (eran otros tiempos del peronismo se ve!!!) casi pasa desapercibido entre la magníficas obras arquitectónicas que lo rodean.

Eva descansa entre gente que la despreció. Pero, a decir verdad, ese sentimiento fue mutuo…

Antes de perdernos entre los pasillos volvemos por la callecita principal y encaramos hasta los lindes de la necrópolis. Allí presenciamos una clase de historia; 25 presidentes constitucionales y 4 gobernadores de factos, 100 gobernadores provinciales, así como héroes de la independencia descansan entre otros tantos ilustres personajes de la vida nacional. Nuestro pasado descansando entre flashes.

El sepulcro colectivo de los radicales históricos, los “Revolucionarios del Parque”, justo está siendo reparado, como un intento para que no caigan en el olvido; allí descansan Leandro N. Alem, Hipólito Yrigoyen, y Arturo Illia. La particularidad es que Alfonsín no se encuentra entre ellos; está en un mausoleo moderno, alejado de sus copartidarios y de la historia del viejo radicalismo.

También se encuentran entre los destacados de la política, Manuel Quintana y Figueroa Alcorta, así como también Adolfo Alsina, Pueyrredón y el General Lavalle, entre tantos otros que merecerían ser nombrados y relatadas sus historias.

Y justamente entre tantos personajes ilustres, no podemos obviar la presencia de una oveja negra de la Capital: Ramón Falcón, destacado policía de principios del siglo xx, que a fuerza de mano dura se ganó el prestigio de “mata obreros” allá por 1909. El imponente sepulcro donde yace entre laureles lleva inscripto en aerosol el nombre de Radowitzky, el joven anarquista que lo ajustició en nombre de todas sus víctimas, y que se niega a desaparecer como fiel reflejo de los reclamos de la clase obrera ante las injusticias sociales y los abusos de poder.

* * *

La tarde se apaga lentamente mientras seguimos recorriendo los pasillos angostos. Y las leyendas de los “pobladores” de la vieja necrópolis empiezan a brotar de entre las sombras de las esculturas, como las raíces entre los adoquines gastados por los años. El sepulcro de Rufina Cambaceres (hija de Eugenio) se presenta de repente; como aquella vez, cuando en su cumpleaños número 19 su mejor amiga le reveló un secreto que le rompería el corazón. Su novio era también amante de su madre! Se rumorea también, como una de esas historias paralelas, que la Dama de Blanco sufrió un ataque de epilepsia y por error se le dio entierro al considerarla muerta. Pero la joven despertó y ante la desesperación de no poder salir del ataúd, murió de un paro al corazón. El mito del fantasma de Rufina recorriendo el cementerio comenzó a propagarse y hasta hay declaraciones de gente muy convencida que lo asevera. Para coronar la historia, la escultura en su lugar de descanso la muestra de pie, aferrada al picaporte de una puerta, como intentado salir, entre sollozos.

Otras historias de amores trágicos son equiparables a la de Rufina. Como la de la niña Luz María García Velloso que a los 15 años murió de leucemia. Y el desconsuelo de esta muerte prematura, llevó a la madre a pedir el favor de los guardas del cementerio para que la dejaran dormir, todas las noches, junto al sepulcro de su hija. O la aún más asombrosa disputa conyugal que se plasmó a perpetuidad colocando de espaldas! los bustos de la pareja que en vida no se habló por más de 30 años. La particular disposición del mausoleo de Salvador María del Carril (Gobernador de San Juan y enemigo acérrimo de Dorrego) y su esposa fue estipulada por testamento, como una especie de “desunión hasta en la muerte”.

Pero la historia más digna seguramente la encarna David Alleno, sepulturero del cementerio. Un tipo que sabía lo que quería. Luego de años de trabajo, con sus ahorros meticulosamente cuidados, se hizo erigir su propio mausoleo donde se lo representa con sus herramientas de trabajo. Cuando la obra escultórica fue finalizada, se quitó la vida, ansioso por darle uso y cumplir su sueño de descansar en el más viejo de los cementerios porteños. Ahí donde había trabajado, fue donde deseó su último descanso…

Joaquín Marcos – De la redacción

El Rock en la encrucijada

¿Cuál es el sentido de Malvinas? ¿Qué es lo que nos lleva a pensar bajo una trama desgarradora a estas islas del Atlántico sur? ¿Por qué son tan múltiples y contradictorias las miradas sobre este territorio? La política atraviesa estas preguntas y sus posibles respuestas. Pero también la cultura y especialmente su manifestación musical -la que nos interesa indagar aquí- supieron esbozar respuestas. El conflicto bélico entre Argentina y Gran Bretaña de 1982 condensa, en efecto, un antes y un después.

Un arco de contradicciones, que es tan amplio como complejo, atraviesa la temática. De Atahualpa Yupanqui recitando La hermanita perdida a Almafuerte con El visitante; del folclore tradicional, con arraigo profundo en la tierra patria, hasta el heavy metal nacido como reflejo de las nefastas consecuencias sociales del neoliberalismo; todos aportaron su visión de Malvinas, de la guerra y sus implicancias sociales. Tan vasto es este panorama que hemos decidido restringir nuestra mirada exclusivamente al período del conflicto armado, y concentrarnos exclusivamente en el Rock (lo que implica dejar de lado otras manifestaciones de la música popular).

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A priori, uno tendería a pensar que, por sus supuestas características intrínsecas, -que lo dotan de una “personalidad” contestataria- el movimiento Rock, ante un conflicto de la magnitud de la guerra de Malvinas, representaría una voz cuestionadora al accionar de las Fuerzas Armadas y el acompañamiento entusiasta de un gran porcentaje de la sociedad argentina de esa época. Sin embargo, indagando un poco en el asunto a partir de recopilar algunas expresiones de ese tiempo, nos encontraremos con que tal suposición está lejos de ser comprobada.

A la hora de buscar antecedentes de situaciones algo similares, inevitablemente nos remitimos al movimiento pacifista que se generó en los Estados Unidos, a fines de la década del ’60, con motivo de la invasión Norteamericana a Vietnam. Dicho movimiento generó una corriente política y social, que llegó a cuestionar las bases mismas del sistema de vida occidental. Pero fundamentalmente, la expresión más fuerte se arraigaba en la cultura y, especialmente, en el Rock. En la Inglaterra de los ’80, y con motivo de la implantación de las políticas neoliberales del gobierno conservador de Margaret Tatcher, el Rock y el Punk, fueron la punta de lanza de la resistencia al modelo neoconservador. Simplemente remitirse al disco de Pink Floyd  “The Final Cut” es muestra suficiente de lo que afirmamos.

Nada de esto ocurre en la Argentina. Es prácticamente inexistente un movimiento relacionado al rock que se haya mostrado abiertamente en contra del conflicto bélico con Gran Bretaña (1). Sólo luego de la derrota y con la caída del régimen militar, se alzarán voces cuestionadoras a las consecuencias de aquella guerra y al derrotero de los combatientes que la afrontaron.

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¿Festivales por la Paz? Condenas y explicaciones

El Festival de la Solidaridad Latinoamericana de mayo de 1982 (2), en el estadio de Obras Sanitarias, encubría objetivos y postulados contradictorios. Fue un sebo del cual no escaparon los mejores músicos con los que contaba el país. Se vieron seducidos por un gobierno que los mantuvo prohibidos durante 6 años, ofreciéndoles el centro del escenario porteño. Ahora el enemigo no era interno, sino externo…había que demostrar nuestra unión.

Lo complejo es que por un lado supuestamente se exigía la paz en las islas Malvinas pero también se aprovechaba para recaudar víveres y ropas para los combatientes, abalando ingenuamente las dificultades que atravesaban los movilizados.

Un clímax ideológico se levantó entre los que participaron del Festival y los que se negaron a ser cómplices de la Junta Militar. Para León Gieco, “Lo del Festival fue un invento de los managers del rock para hacer algo con el tema. Todo el mundo estaba participando pero el rock no quería formar parte del circo que fue lo de la guerra. Hasta que en un momento se decidió que había que aportar, pero no desde el triunfalismo sino desde la paz. Al menos esa era mi posición…”, de esta forma el Rock entraba en el fervor del nacionalismo que invadió a toda la sociedad durante los meses que duró la guerra. Más adelante recuerda que se sintió  “muy mal… Solamente me acuerdo de una sensación horrible y de los pibes de 18 años. Por lo demás, siempre me importó un carajo el tema del nacionalismo planteado en estos términos o la preocupación por dos islitas de mierda perdidas en el mar… Me di cuenta que los militares argentinos no sirven para nada, ni siquiera para la guerra. Y que la única vez que consiguieron un triunfo, por así decirlo, fue cuando torturaron y mataron a indefensos” (3). La misma sensación la compartió Spinetta, que se sintió usado y fue muy autocritico ante su decisión de participar.

Pero también estuvieron los que en su momento vieron con más claridad lo que implicaría su contribución en ese tipo de shows. Para Julio Moura, de Virus,  la propuesta de tocar les  pareció “…muy desagradable. No tenía nada que ver con nada, de repente éramos enemigos de los Beatles. Se trató de hacernos creer que era para ayudar a la recuperación de las Malvinas, pero terminó siendo un fraude. Nosotros queríamos que se terminara la guerra, que no tenía sentido más allá de que creyéramos que las islas son argentinas”. (4)

Estos testimonios y otros (obtenidos a 10 años de la Guerra de Malvinas) dejan entrever que ninguna banda o solista hizo manifestaciones explícitas de la guerra arriba del escenario, pero la manipulación de la propaganda oficial hizo que este recital se vendiera como un respaldo a la contienda. (5)

Lo cierto es que alrededor de sesenta mil jóvenes concurrieron al recital que también fue transmitido por televisión; porque desde entonces, los medios de comunicación foguearon al Rock nacional ante la prohibición de pasar música en inglés. Infinidad de revistas subterráneas se animaban a decir lo poco que se podía, promovían el resurgimiento del rock al tiempo que aspiraban verlo asumir su rol natural. El trabajo imperceptible se hacía desde revistas como ‘’Expreso imaginario’’, ‘’Estornudo’’, ‘’Roll’’ y ‘’Algún día’’, entre otras tantas que lo apuntalaron cuando no era prioridad, pero sí un flagrante peligro. Quienes las leían, cómo quienes los escuchaban, esperaban que digan ciertas cosas que de otro modo hubiese sido difícil de decir, que den cuenta del mundo en el que vivían. Se esperaba demasiado, porque se había aguardado más de lo debido. A posteriori se les atribuyó un rol misional que no se correspondía con el contexto político en el que el rock hizo su regreso. La guerra era una causa justa en manos impropias, al pueblo sólo le quedaba preocuparse por reducir al mínimo el costo de sus hijos, no era el momento oportuno para la negar la realidad cuando ésta mostraba el fracaso de tantos esfuerzos. Finalmente ésa fue la imagen que potenciaron los medios de comunicación y la que mayores críticas despertó.

Con esta misma lógica, pero ya con la guerra  francamente perdida, también en el año 82, volvía a los escenarios, después de una larga prohibición que se extendió por una década, el hasta entonces ignoto festival BA Rock. Su regreso significaba al mismo tiempo la confirmación de la  resurrección de la cultura rock en español y su masificación en los medios de comunicación. El estadio de Obras Sanitarias pareció guardar en su interior un curioso espíritu de congregación al que se le rendía tributo asistiendo en cada cita. El mensaje continuaba siendo confuso, pero su utilización política era una e indiscutible. El Rock nacional pese a su impostada  impronta contestataria no había podido resolver su relación con la historia, no había podido escapar a la posterior  interpretación de sus gestos y actos, pero, fundamentalmente, como quedaría confirmado, no podría escapar a su propia revisión.

Es evidente que ninguno era cómplice o colaboracionista, pero si se pecó de ingenuidad. Vieron un escenario y se subieron, sin consignas, sin banderas que levantar. Como supo decir Piltrafa, de Los Violadores, “Si el rock es rebelde ahí nadie se rebeló: levantaron la alfombra y metieron la basura abajo”. Junto al resto de la sociedad muchos creyeron en las posibilidades de la victoria, en la importancia de ayudar a los soldados, a esos jóvenes movilizados. Junto al resto de la sociedad, hace treinta años como hoy, se cuestionan las consecuencias de la guerra. Pero no la guerra. Lamentablemente, algunos aún la reivindican.

Juan Gerardi, Joaquín Marcos y Martín Tamargo –De la redacción

(1) Entendemos al hablar de “movimiento” a un amplio espectro de la vida cultural rockera movilizando y manifestándose públicamente en repudio del gobierno militar y su accionar belicista. Lo cual no descarta que hayan existido bandas que si lo hicieran, pero en este caso serían excepciones muy particulares.
 (2)Un relato de toda la jornada salió publicado en la revista de rock más importante de argentina: Pelo http://www.magicasruinas.com.ar/rock/revrock210a.htm
(3) Finkelstein, Oscar, León Gieco Crónica de un sueño, AC Editora, Buenos Aires, 1994.
(4) Sánchez Fernando y Riera Daniel, Virus una generación, Sudamericana, Buenos Aires, 1994
 (5) http://edant.clarin.com/diario/1997/05/16/c-01401d.htm

Terranova, con el toque de Spielberg

De la mano de Steven Spielberg (productor de la serie) Terranova se ha convertido en la última gran apuesta de FOX del 2011, y como era de esperar, cuenta con los guiños necesarios por parte de sus creadores para continuar el año entrante.

Con la dirección de Marcel Kelly y Craig Silverstein se ha reunido un no tan renombrado pero interesante elenco donde se destacan Jason O’Mara, en el papel del comisario Jim Shannon, dueño de un instinto detectivesco muy desarrollado, y Stephen Lang, como el implacable comandante Taylor, cabeza y sostén de la comunidad de Terranova.

Principalmente filmada en Australia y con una inversión estimada de 4 millones de dólares por entrega, desde el vamos esta serie nació con ambiciones. Y verdaderamente no defrauda a quien busque un poco de la vieja y conocida fórmula Spielberg (que por cierto no es difícil de descifrar en esta mega-producción). La clave son los contrates: Ciencia-Ficción con dinosaurios; fuertes vínculos familiares y amorosos con un militarismo de frontera dispuesto a todo.

La historia comienza en el futuro, el 2149 más precisamente, con la humanidad viviendo en un planeta al borde del colapso. La contaminación ambiental ha hecho desaparecer el cielo tal cual lo conocemos; el aire se ha tornado irrespirable; y la superpoblación empuja a la sociedad a tomar medidas drásticas en cuanto al control de la natalidad. La búsqueda de una solución inmediata se vuelve cada día más desesperante, hasta que un grupo de científicos descubre la manera de realizar viajes espacio-temporales. Así, en una realidad paralela, la posibilidad de empezar una nueva civilización renace 85 millones de años en el pasado, cuando los grandes dinosaurios merodeaban por la tierra.

La familia Shannon es una de las tantas asignadas para emprender esta nueva experiencia. En realidad ellos son parte del décimo “viaje” a través del tiempo. Otros, elegidos de entre los mejores profesionales de esa sociedad en decadencia, ya han formado la colonia. Pero no todo será tan placentero. No podría serlo…

Pronto nos enteramos que una de las generaciones que viajó al pasado se ha vuelto díscola, son los Sextos, los de la sexta generación de peregrinos que han formado una colonia aparte, fuera de las fronteras de Terranova. Si se quiere, una pequeña reminiscencia a Los Otros de Lost. Bajo la conducción de Mira (Christine Adams), un malicioso misterio los rodea aumentando la legitimidad del liderazgo de Taylor en la colonia, siempre temerosa de sus ataques.

Terranova es eso. El gran proyecto de resurrección de la humanidad, pero en un medio hostil. No solo por el temor a los reptiles prehistóricos (cabe aclarar que en su mayoría son ficticios y no fieles reproducciones científicas al estilo Jurassic Park) sino también por los propios humanos que lo integran. He aquí la combinación que da el toque Spielbergiano a la serie. Vicios, codicias y envidias humanas no desaparecen con el nuevo empezar. No en vano los personajes principales son un comandante y un comisario!

Porque en definitiva, como si Minority Report o I.A. oficiaran de molde, la clave argumentativa de la ciencia ficción entendida por Spielberg no pasa por los avances tecnológicos sino por las relaciones humanas. La traición y el engaño; el poder y el deber; el instinto y la supervivencia. De eso trata cada uno de los 13 episodios de esta primera temporada: sobrevivir en una sociedad de frontera, pero nada menos que en el periodo Cretácico!

¿La fórmula podrá seguir rindiendo sus frutos?, ¿o ya habrá agotado todo su potencial? Ya finalizando el año y con los últimos capítulos de la primera temporada emitiéndose en algunos países, esperaremos los sondeos entre el público para saber si se dará luz verde a una segunda temporada. Todo apunta a que así será.

Joaquín Marcos – De la redacción

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