8mm viene este mes recargado, en doble presentación, quizá hasta en diálogo.  Un columnista invitado y otro -que de invitado tiene muy poco- nos acercan a dos films que, a priori, yo no elegiría. Ahora bien, la sección se ha propuesto abarcar el abanico de posibilidades que el cine presenta y a muestras de ello es que acercamos esta pequeña selección. La columna de Lisandro Parodi sobre el film The Rebellion of Red Maria nos introduce más en un debate sobre la realidad que sobre lo que la película intenta abordar.  La película es para Parodi una excusa que abre un espacio para impugnar las etiquetas de “buen o mal gusto”, para poner en cuestión aquello que vemos y las elecciones cotidianas que tomamos. Así y pesar de las impugnaciones del autor, no dejen de ver In darkness (ese pequeño botón de muestra sobre el holocausto que recomendé en la edición de noviembre). Sobre Tarnation, film que analiza Joaquín Correa, tengo que decir muy poco; se trata de un ejemplo más de la ruptura de los géneros tradicionales, de los múltiples discursos y sus combinatorias: collage genealógico, ópera rock, talk-show. Les dejo entonces la oportunidad de llegar a estos dos films, a estas dos “búsquedas” fílmicas, a estos dos intentos de respuestas por parte de sendos directores, y ver qué tienen en común, más allá de la fuerte impronta personal que cada uno de ellos posee. (Benjamín M. Rodríguez –responsable de sección) 

The Rebellion of Red Maria es una película griega dirigida por Costas Zapas, y una de las 200 que participaron en la 26ta edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Acotando los números, una de las 22 que vi. Lejos, la más bizarra.

La sinopsis que encontramos en la grilla de distribución gratuita la caracteriza así:

María la Roja –ex terrorista, actual travesti, protagonista de este bizarro musical punk y relato de amor y anarquía- conoce a un adolescente con quien escalan (sic) de la promulgación de una extraña teología política, al robo y al asesinato en serie.

Esta descripción no alcanza a prepararnos para lo que es la película, que empieza con el mencionado adolescente (el chico, de ahora en más) corriendo entre containers en lo que parece ser un puerto, mientras es perseguido por dos hombres armados con tubos de PVC. Desafortunadamente para él, lo alcanzan y lo cagan a palazos (de PVC, por supuesto).

El chico está tirado en el piso, un poco inconsciente, y ahí es cuando hace su aparición María la Roja, quien se pone a bailar un extraño vals a su alrededor, mientras suena de fondo una canción que habla sobre la revolución muerta (y que siempre moría), Dios y el Estado. Una vez terminado este ritual, María no tiene mejor idea que despertar al chico… masturbándolo. Hasta ahora, en lo que va de la película no se mostró ningún miembro viril, pero no tardarán en aparecer. Aunque todavía no se haya visto ningún pito, son como diez las personas que se levantan y dejan la sala, escena que se va a repetir casi hasta el final de la película. Sé -es obvio- que mucha gente se va pasar como mínimo dos meses después de haber visto la película (aunque no completa) comentándole a todo su entorno que vio un largometraje de muy mal gusto, cuando no pésimo. Es en este momento donde me pregunto: mostrar una paja en el cine (se va a ver al chico masturbándose como mínimo 3 veces más), ¿es de mal gusto? ¿Qué es el “mal gusto”? ¿El mal gusto es mostrar cosas que pasan en la vida real y -seamos honestos- cotidianamente?

Y eso me lleva a otra situación: la realidad. Muchas de las personas que asisten al Festival se conmueven con la crudeza de ciertas películas, que muestran las miserias y sufrimiento de la gente (si son polacas o iraníes, mucho mejor). Por qué sí, entonces, la brutalidad de un cuerpo muerto al que se le sacan los órganos, una mujer polaca violada por casi una veintena de soldados soviéticos hasta que se le produce un aborto espontáneo que va a terminar luego con su vida o una mujer judía que se refugia en las cloacas de Varsovia y tiene que asfixiar a su bebé recién nacido para que su llanto no alerte a los nazis de su presencia y la del grupo de personas que la acompaña, y no una inofensiva paja que no le hace mal a nadie? Me dirán que hay formas y formas de mostrar las cosas (no lo comenté, pero el acto masturbatorio se ve casi en su totalidad, sugiriéndose el “final”), me dirán que hay cosas que tienen que permanecer en la intimidad, que la vida privada, que la moral…

Todas esas argumentaciones no hacen más que afirmarme la existencia de una “realidad incómoda” que no queremos ver, a menos que sea en las calles de Polonia o que no exista ni la más mínima posibilidad de que se reproduzca en la esquina de nuestra casa… o en nuestros baños. Acaso mientras más cercana sea la realidad más fácil sea negarla. Y acaso mientras más lejana (no sólo geográficamente) sea la realidad, más exótica sea. ¿Será por eso que muchos ayudan a la gente pobre del norte del país? Por favor, que no se me malinterprete. Vayan mi respeto y admiración para aquellos que realizan semejante tarea, y mis disculpas para aquellos que dentro de este grupo, lo hacen de corazón y no pensando en el “exotismo”, en lo pintoresco de declarar que uno fue a Formosa (por nombrar un lugar) a ayudar a niños pobres. Pero no puedo dejar de pensar que también hay gente que sufre de hambre en las calles de esta ciudad. Sí, ya sé que puede ser que “nuestros pobres” estén más protegidos en comparación a los “otros pobres”, los del norte del país.

Sé también -y es conveniente que ustedes lo sepan- que esto no es una denuncia moral ni nada semejante, sino un llamado al pensamiento y, si se quiere, una invitación a revisar ciertas actitudes; que esta “crítica” la escribo en la comodidad de mi departamento con acceso a gas, agua y luz (también recuerden en qué comodidad leen ustedes esto); que lo más “solidario” que hice en mi vida fue ir tres veces a dar apoyo escolar a un barrio que podríamos llamar carenciado, sin por eso etiquetarlo.

No soy -ni pretendo serlo- un crítico de cine: nótese que hasta el momento no emití juicio de valor alguno sobre la película, más allá de que me pareció la más bizarra de las que vi. El arte y su calidad no pueden resumirse a la valoración de una persona, aunque si me tocara juzgarla, diría que es excelente (la película es más que pajas y bailes extraños). Pero no es el objetivo de este “artículo” juzgarla, para eso prefiero que la vean y decidan ustedes mismos si les gusta o no. Tampoco quiero ser un “moralizador”. No tengo autoridad para serlo. Y aun si la tuviera, no querría serlo. Solamente me pareció pertinente alzar un poquito la voz, comentar mi opinión (siempre abierta a debate) y compartir la experiencia de alguien que se quedó hasta el final de la película.

 Breve epílogo: si encuentran la película en internet o en algún otro lugar, avísenme. La quiero volver a ver.

 Lisandro Parodi –Columnista invitado