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Iba a escribir sobre Cuéntame cómo pasó una vez que me pusiera al día con la serie, que terminara de ver todos los capítulos, pero no pude. No por una cuestión de tiempo (aunque este quizás sea el último número de Palabras Transitorias), sino porque no tuve ganas. Porque dejó de interesarme.

Esta serie española es televisada desde el 2001 por un canal de TVE, la cadena pública. Y, aunque últimamente hay rumores de que el programa sería levantado por falta de presupuesto, aun sigue en el aire. Cuéntame… se parece mucho a Los años maravillosos, la serie norteamericana que contaba a través del devenir de una familia, la historia norteamericana de los años ’60. En su contraparte española Carlitos es Kevin, y su voz en off ya de adulto, narra la historia de los Alcántara, pero también los años de represión y resistencia, el fin de la dictadura franquista, el destape español, la crisis económica del ’80 y la transición política que lleva a la formación y triunfo del PSOE.

En el 2007 la producción de la serie sufrió cambios estructurales. De hecho cambió el director y los productores. Y esto hizo que la serie dejara de interesarme. Si hasta ese momento Cuéntame… parecía una novela histórica, que daba mucha importancia al contexto de época y se encargaba de contar la coyuntura de un proceso socio-político y cultural riquísimo, a partir de la 7ª temporada el programa se banaliza. Toman más fuerza los personajes menos interesantes políticamente, el vestuario de las mujeres empieza a pensarse en términos de moda actual con vestidos y polleras que en los ’60  o ’70 hubiesen sido impensados, los colores de la fotografía dejan el sepia para volverse intensos y brillantes, hasta la música que acompaña las imágenes se torna, como decirlo, un jingle publicitario, una musiquita tonta que se repite y repite y marca al espectador si tiene que estar alegre o triste, cuando este aspecto había sido uno de los más cuidados de esta producción hispana.

Un tío comunista que ayudaba a sacar gente a Francia durante el Franquismo termina casado con una chica de pueblo, 25 años menor que él, con quien tiene 3 hijas, y a quien los problemas cotidianos terminan desdibujando como personaje. Una hija que abandona sus sueños de hipismo y se hunde en las mazmorras de la heroína. Tony, el hijo, que desiste de su amor de militancia, y de la militancia misma, y se conforma con una compañera de trabajo y un trabajo en un buffet de abogados. Mercedes, que resigna su proyecto de una empresa propia y una marca de ropa y vuelve a su hogar y a su marido como si nada hubiese pasado. Antonio, que de ser un paleto de pueblo que no tenía bien en claro si Franco era bueno o malo, termina convirtiéndose en un empresario y cuadro político de la Unión Democrática. Y por último, y mas decepcionante aún, Carlitos, el protagonista, la voz en off, el prisma por el que se mira la España de los ‘60 y ‘70, quien abandona no sólo su frescura y curiosidad infantil, sino su idealismo y sus ilusiones y se convierte en un joven desdibujado (lumpen podría decirse!) que decide por motu propio alistarse a la mili y acepta estudiar “comercio” en una universidad católica y privada. ¿Es este cambio una pintura de la generación sesentista española? ¿En eso terminaron los sueños de los jóvenes del destape? Puede ser.  Pero no deja de molestarme.

La serie se convirtió en Son amoresCampeones de la vida o cualquiera de la saga “novela costumbrista” a la que Suar y Polka nos tienen acostumbrados. Me pregunto si esto tendrá también que ver con cambios en la dirigencia del canal público La 1, o si la tiranía del rating ha hecho estragos en las producciones españolas. Me parece que debe haber influido una mezcla de todas estas cosas, aún así no deja de molestarme que un producto creativo, cuidado y sólido se convierta en una de las chatarras más de la tele abierta. De hecho, este parece ser un problema que no sólo afecta a la televisión española, pero ése es otro problema y excede los límites de esta reflexión.

 

María Laura Mazzoni –De la redacción

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“Muchos hay propensos a figurarse España como una apacible región

meridional engalanada con los lozanos encantos de la voluptuosa Italia.

Antes al contrario, si se exceptúan algunas de las provincias marítimas, es,

en su mayor parte, un áspero y melancólico país, de montes escabrosos

 y amplias llanuras; desprovistas de arboles; y un silencio y soledad

 indescriptibles que tienen muchos puntos de contacto con el aspecto selvático

y solitario del África”(1)

Andalucía, la región más austral de la península ibérica, es además, una de las más pobres de España, sino la más. El territorio andaluz fue el último en ser reconquistado por la corona de Castilla y Aragón de manos de los musulmanes. Lo “moro” está muy presente, en el paisaje, en la arquitectura, en la gente, aunque el andaluz promedio reivindique su pasado cristiano con un fervor inusitado y niegue cualquier vestigio de ascendencia árabe.

A principios del siglo XIX, cuando Napoleón invadió la península, allí es donde se refugiaron los liberales españoles arrinconados durante cuatro años en “la tacita de plata”: Cádiz.

Ya en el siglo XX, Andalucía fue un sangriento escenario de la guerra civil española cuando desde África, los batallones del bando sublevado cruzaro el Estrecho de Gibraltar para desplegarse por la península. Durante los años de la guerra casi toda Andalucía se mantuvo fiel a la República, salvo por un reducto donde los nacionales tuvieron un fuerte arraigo: Granada.

Andalucía además ha sido la cuna del flamenco, de las chicas con gracia, del sol y la vida relajada en las costas del Mediterráneo.

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Al costado de la ruta, olivo, olivo y más olivo. De Granada a Jaén, de Sevilla a Granada, de Granada a Málaga. El olivo es el mayor y casi exclusivo cultivo de la zona. Donde vayas a tomarte una caña te enchufan aceitunas (no lo digo como queja eh), y el aceite de oliva es buenísimo y muy barato. La ciudad de Jaén, uno de los lugares donde mayor cantidad de olivas y aceite se produce, es la segunda ciudad con mayor índice de parados (desocupados) del país. El olivo es un cultivo estacional, sólo da trabajo en la época de cosecha, y además los adelantos tecnológicos agrícolas han conseguido la utilización de máquinas para el trabajo que antes hacían personas en varios de los procesos de la oliva. El problema con Andalucía es que depende de ese solo producto que estaba, hasta ahora, subvencionado por el Estado. En unos meses ese subsidio a los productores dejará de aplicarse y los parados aumentarán considerablemente. Y es que en los pueblos casi que se vive únicamente de la agricultura y sus derivados. Además, la terrible sequía que está azotando a toda la península no ayudará mucho a la situación.

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En la Catedral de Granada, en uno de los muros exteriores está tallado en la piedra un nombre: Primo de Rivera, el dictador español de la década del ’20; alrededor, hay algunas manchas de pintura roja producto de algún intento de escrache. Adentro del templo, una placa en el altar mayor recuerda a los sacerdotes asesinados durante la guerra civil (y no a otras víctimas). Rémoras de la dictadura franquista. Por ley, los símbolos del franquismo están prohibidos en los lugares públicos, nos cuenta un profesor, pero los intramuros de la iglesia no tienen que atenerse a esta interdicción.

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Las elecciones en Andalucía. En marzo de este año Andalucía era el único bastión que conservaba el PSOE. Para el partido socialista español conservarla significaba una pequeña luz al final del túnel negro en el que ha ingresado. Y aunque el PP ganó las elecciones, no obtuvo la mayoría absoluta, por lo cual deberá ceder varios espacios de poder en manos de la Izquierda Unida y del PSOE. La campaña en la última comunidad autónoma en celebrar elecciones fue ardua y crispada, y el PP se guardó el anunció de varios recortes mucho más drásticos de los que venía haciendo desde que asumió el mando nacional para después de la votación andaluza.

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Granada. La construcción de un subte en una ciudad de 240.000 habitantes parece un chiste. Sin embargo, es un espejo del derroche del que fueron parte los españoles durante estos últimos 20 años. La especulación inmobiliaria no significó solamente la construcción de edificios y urbanizaciones para la venta bajo crédito. La obra pública también tuvo su parte ostentosa con la construcción de museos inmensos en ciudades menores, espacios para ferias y exposiciones como los predios construidos para la Expo Sevilla del ’92 o la Expo Zaragoza del 2008, ambos actualmente abandonados, en desuso. El metro de Granada es un proyecto onerosísimo, absolutamente innecesario en una ciudad pequeña y sin mayores problemas de circulación. Por otra parte, su construcción aún no fue terminada, pese a que las obras empezaron hace varios años, y ha afectado a muchísimos comerciantes de la zona de la Avenida Ronda que hace años que la ven cerrada por obras ese acceso de la ciudad. Resabios de un pasado esplendido y no tan lejano que los españoles vieron escaparse como arena entre los dedos….y es que acá, nos cuenta un inmigrante Marroquí que vive hace 28 años en Granada, “nadie ahorró una puta peseta”.

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María Laura Mazzoni – De la redacción

(1) Irving, Washington, Cuentos de la Alhambra, Ediciones Miguel Sánchez, Madrid, 2002 [1832], pg. 25.

 

En este número de Palabras Transitorias nos dimos un lujo. Entrevistamos a Darío Barriera, un historiador rosarino que se especializa en historia de la justicia en el periodo colonial. Darío nos ofrece una visión muy rica sobre los puentes que el historiador puede tejer con la realidad que lo circunda, y plantea una lectura renovada sobre la relación entre la política y la historia de divulgación. Es Investigador de CONICET y Profesor en la Universidad de Rosario, y además es el fundador de la Editorial Prohistoria que publica una revista de historia –Prohistoria historia, políticas de la historia-. Asimismo ha editado y reeditado numerosos libros de historiografía y de ciencias sociales, y participó en 2010 como asesor del programa Historias de Santa Fe, proyectado en Canal Encuentro, junto con otros reputados historiadores locales.

 

-En los últimos años la historiografía ha dejado de lado los temas de historia colonial, vos como historiador que se ocupa de este periodo, ¿por qué pensás que se dio este cambio con respecto a la producción historiográfica de los años ‘80 y ‘90?

 

Me gustaría discutir el diagnóstico que subyace a la pregunta: honestamente me parece que el mismo se aplica más a los años 1990 que al presente. Entonces se esgrimían razones que pueden verse resumidas en un texto que Enrique Tandeter publicó en Entrepasados en 1994.(1) Mi preocupación sobre el escaso interés que despertaba la historia política del periodo colonial (la perspectiva que brindaba en este artículo se cernía solo a dicho campo)(2) giró en 2002 al calor de una reflexión sobre categorías territoriales y espaciales que me había provocado la lectura del libro de Rodolfo González Lebrero (La pequeña aldea). Leí el libro de Rodolfo (a quien lamentablemente no conocía personalmente) mientras –expulsado por la crisis del 2001/2002– trabajaba en Michoacán enseñando en grado y posgrado mientras pensaba la vuelta, imaginando el programa de una nueva asignatura que se abriría en la carrera de historia de la UNR (Espacio y sociedad).

Aquella estancia en tierras purépechas me permitió cultivar distancias y experimenté, entre otras cosas, que allí los jóvenes se relacionan con los archivos y con las “fuentes coloniales”(3) de otra manera y con otras herramientas. La relación de nuestra sociedad con el pasado prehispánico y colonial es muy diferente a la mexicana, donde los niños y los jóvenes transitan por la experiencia de visitar monumentales huellas de civilizaciones prehispánicas, pero también visitan archivos y en el nivel secundario existe la lectura de documentos y la enseñanza de principios paleográficos. Resumo: el problema no es historiográfico, es de toda la sociedad, de cómo ponderamos nuestra relación con el pasado (lo cual también se traslada al valor socialmente asignado a las profesiones). Si tenemos en cuenta el zócalo de esa relación, es decir, que no hay ningún tipo de siembra en los momentos más fértiles de creación de investigadores, la cosecha de historiadores (y por eso de historia) dedicada al “periodo colonial” no me parece magra. Al contrario: hoy encuentro que, conforme a las expectativas que podríamos abrigar por éste y por otros motivos (como que la inversión masiva en actualización de archivos y financiación de investigaciones es bastante reciente), el volumen de investigación sobre el pasado “colonial” de nuestros territorios desde diferentes disciplinas (la antropología propone cosas muy explicativas en muchos aspectos relacionales y semánticos en general) puede caracterizarse como importante y sus resultados, como muy calificados.

Desde la publicación de La pequeña aldea… al día de hoy la producción historiográfica argentina (a la cual defino como hecha en las condiciones de producción ofrecidas y conseguidas en nuestro país, en instituciones locales o extranjeras, pero atravesada por nuestra historia, más allá de la nacionalidad de los agentes que la hayan practicado o de las instituciones donde pudieron desarrollarla) sobre la “historia colonial” ha experimentado una crecimiento exponencial en cantidad y en calidad: la cita a pie que iría en este sitio se omite porque alcanzaría la extensión de toda la bibliografía de un programa de estudios.

-La fundación del Instituto Dorrego ha generado una polémica muy fuerte en el campo académico, que se vio reflejada en los medios de comunicación, vos… ¿cómo ves la creación de esta institución?

 

Este gobierno, como cualquiera, tiene todo el derecho del mundo de abrir institutos de historia o de financiar otros existentes para promover lo que le parezca. El asunto está dentro del marco de lo legal y de las prácticas habituales sobre cómo puede manejarse el discurso histórico como propaganda política. Sin embargo, el gobierno tenía mejores opciones a la hora de financiar buena historia (incluso “nacional y popular”, o “popular” a secas) pero sabrá por qué rumbeó por este lado. Son gente inteligente, tendrán sus motivos. Pero sucede que el tipo de historia que hacen los más conspicuos miembros de dicho instituto es indisimulablemente cercana al ensayo político (con contenido histórico), un género legítimo pero muy alejado de las mínimas exigencias de la investigación histórica en nuestros días.

Algunos arguyen que estos “historiadores populares” habrían ganado una metafórica batalla a los “historiadores académicos” en el campo de la divulgación, y que por este motivo son más dúctiles (y más útiles) para comunicar resultados que –no siempre, pero en ocasiones– están más sólidamente fundados en trabajos de historiadores formados. Esto me parece una verdad muy parcial (en el sentido de que muchos de estos “historiadores académicos” comunican mejores contenidos de la mejor manera a través de los medios masivos) pero el enunciado se basa en un principio de realidad sobre el cual habría que reflexionar: la investigación es muy exigente, demanda tremenda dedicación; la divulgación, también. Entonces, alguien que vuelca todas sus energías a la investigación y la docencia universitaria, por caso, no puede invertir el mismo volumen de dedicación a la elaboración de fascículos, libros escritos para el gran público, micros de radio, programas de TV. Personalmente, cada vez que me involucré en un proyecto de divulgación masiva con la prensa escrita (por ejemplo, con apariciones semanales durante 8 meses), la energía disponible para la investigación bajó considerablemente. Cuando estoy a fondo con la investigación, no puedo enfocar sobre todos los detalles que implica cuidar un discurso gráfico antes de comunicarlo masivamente –algo que será visto por cientos de miles de personas provoca vértigo, los cuidados deben extremarse, la neurosis roza su techo. Entonces creo que más que hablar de batallas o de cuestiones excluyentes, me parece que de lo que se trata es de una cierta distribución del trabajo –que podemos abordar solos con nuestro tiempo, con colegas a los cuales elegimos o, como ocurre en otros casos, la división nos aborda a nosotros, es realizada por los que venden el producto al mercado y quedamos como espectadores con derecho a una opinión calificada.

En cuanto al Instituto, allí obviamente también hay de todo, como en la Universidad o donde sea. El plantel es variado y también su producción. No obstante, la peor expresión de la banalización de la historia que encarnan estos divulgadores profesionales es, creo, el “Qué hubiera pasado si…”. La presencia de un vergonzoso programa de historia contrafáctica en la programación de Encuentro es la única manchita en un proyecto cultural que merece ser aplaudido por su pluralidad y por la gran calidad de la programación que transmite (de producción nacional o extranjera). Por lo demás, nosotros trabajamos en la Universidad y en CONICET con absoluta libertad y podemos decidir lo que queremos decir, lo que queremos hacer y en el marco de las relaciones que hemos sabido construir.

-Como especialista en historia de la justicia… ¿podrías hablarnos del desarrollo en este campo de la historiografía? ¿Cómo ves la proyección de esta rama de la historia en el campo historiográfico actual?, ¿Creés que la investigación de temáticas referidas a las prácticas y las concepciones sobre la justicia, puede incidir activamente en la agenda política de problemáticas sociales actuales como la inseguridad, la corrupción policial, etc., o al menos construir una perspectiva crítica al respecto?

 

El desarrollo de los estudios que se interesan por la dimensión judicial como puerta de entrada para comprender algo del funcionamiento de cualquier sociedad es el resultado de un muy buen encuentro entre los historiadores que indagaban archivos judiciales, y algunos historiadores del derecho. Cuando un historiador que no tiene formación en derecho aborda expedientes judiciales toma riesgos que no son diferentes de los que toma un historiador del derecho que aborda un panorama social o económico que sólo conoce normativamente.

Lo interesante de este camino, sin embargo, ha sido la elaboración paulatina y consciente de un terreno de estudios que no se regodeó en la naturaleza de la fuente sino en todos los aspectos que conciernen a la justicia: aquello que ya tenía una tradición (las diferentes historias jurídicas y las historias del derecho con sus especialidades) conversando con lo que se proponía como novedad (que las relaciones sociales de los agentes y la naturaleza de los procedimientos judiciales podían ser considerados como un nivel que no era determinado en última instancia por lo normativo, sino que interactuaba con él). Creo que el campo está en construcción, pero diría que el área existe. Desde el momento en que podemos describir lo judicial como un ámbito de encuentro en donde el historiador del derecho no puede prescindir del que estudia los vínculos de los jueces o de los testigos con las partes (para poner un ejemplo banal), tenemos un terreno, una especie de campo. No creo que nadie pueda atribuirse la paternidad, pero no tengo dudas de que sin el trabajo que muchos hicieron e hicimos para esta confluencia, este campo no existiría.

En cuanto a la “utilidad” de las investigaciones, esto depende de cómo se transite el camino hacia su uso político: cuando pensamos un problema como el de la justicia o las policías de proximidad desde muchos ángulos no le estamos diciendo a los políticos “vean, lo mejor es hacer esto”. Lo que estamos produciendo es gimnasia de análisis, ejercicios de enfoque para poder pensar que los problemas que analizamos (en general, de un pasado que otrora fue presente para aquellos cuyas vidas estudiamos) no tienen una sola arista, que tienen varias y que las combinaciones entres problemas sociales y soluciones políticas nunca da dos veces igual. Si alguna utilidad tiene la historia no es la de enseñar lo que pasó para que no se repita, sino mostrar la complejidad de los problemas, inocular desconfianza sobre los discursos reduccionistas que plantean que todo es muy simple, que las cosas tienen solamente dos caras, los problemas un solo tipo de origen y las soluciones una dirección única: los caminos orientados por verdades absolutas son más fáciles (lo difícil es discutir civilizadamente) pero el punto de llegada siempre termina, para quienes lo acompañan felices y contentos, con la entrega en depósito de las libertades y las garantías.

– ¿Qué opinión te merecen las reformas que desde el oficialismo se implementaron sobre la esfera de la justicia, y específicamente en el Poder Judicial? Me refiero al nombramiento de los actuales jueces de la Corte Suprema de Justicia, los juicios contra los represores de la última dictadura militar, y las nuevas leyes de ampliación de los derechos de la ciudadanía (matrimonio igualitario y muerte digna).

 

Todo lo que se legisle a favor de una mejor calidad de vida (y la muerte es parte de la vida, por lo cual una muerte mejor también es mejorar la vida) merece nuestro apoyo –que también puede expresarse como disenso para mejorar la letra fina. Los juicios contra quienes cometieron delitos de lesa humanidad constituyen una reparación histórica, curan heridas. Ampliar los derechos de las minorías solo puede aplaudirse, cualquier otra posición frente a esto es una mezquindad. En la provincia de Santa Fe, bajo un signo político diferente al nacional (cuyas iniciativas celebro) también se están llevando adelante reformas que son interesantes para la ciudadanía: la vigencia de la ley que ordena la Justicia Comunitaria de Pequeñas Causas y el fuerte respaldo que se está dando al rol del juez próximo como juez de equidad en su comunidad también me parece un acierto que, aunque por otros caminos, abona en la misma dirección, beneficia a los ciudadanos. Por lo demás, esto impacta en un nivel que me interesa muchísimo como investigador, cual es el de la circulación de saberes jurídicos y judiciales entre los legos, entre los ciudadanos comunes, a quienes desde este paradigma se invita a bajar los niveles de judicialización de los conflictos e intentar canales alternativos, lo que no quiere decir negar el conflicto sino desestatizarlo, encararlo vecinalmente, con el auxilio de expertos (los jueces comunales ahora deben esgrimir una alta calificación y competencia) para tratar de encontrar vías de resolución que no pasan por la justicia ordinaria minimizando la inversión de tiempo, energías y dinero.

 

María Laura Mazzoni y Pedro Berardi –De la redacción

(1)TANDETER, Enrique “El período colonial en la historiografía argentina reciente”, en Entrepasados, 7, Buenos Aires 1994, pp. 67 a 84.

(2) dialnet.unirioja.es/servlet/fichero_articulo?codigo=2596881

(3) La expresión es espantosa, pero sintetiza la referencia a documentación producida desde la conquista y hasta la independencia en los territorios que la monarquía hispánica dominó entre los siglos XVI y XIX.

Antes, cuando Buenos Aires era una aldea lejana y perdida del Imperio Español, Lima se erigía como la metrópolis del Virreinato del Perú. Hasta allá nos trasladamos para hacer un viaje hacía el pasado colonial de esta parte de América. 

Lima es un caos ordenado. Todo funciona a la perfección pero a un ritmo frenético y ensordecedor.

El tráfico es una constante lucha contra las leyes de la física para que la materia ocupe espacios que no existen. Los autos se esquivan, se cruzan, se juntan y se funden en uno solo. Todo acompañado por una melodía de bocinas utilizadas tanto para avisar que una maniobra peligrosa ya fue hecha, como para protestar por las tretas de otros conductores, como para advertir a transeúntes despistados que un auto se está acercando (y que por ello debe correr por su vida), o desde los taxis para captar la atención de posibles pasajeros.

La ciudad tiene unos niveles de contaminación que son totalmente palpables y que llegan a estresar al más zen de los monjes tibetanos. La polución no sólo se ve en la basura en las calles, y en el color de la bruma que cubre la ciudad. También se escucha, en el ritmo de bocinazos, gritos y músicas provenientes de los taxistas, los conductores de autobuses, los vendedores ambulantes y los “arbolitos”. Y se siente en la piel, en las manos, que se llenan de una humedad pringosa apenas entran en contacto con el aire.

Y sin embargo, cuando uno consigue aislarse, sentarse en un barcito a tomarse una chicha o una Cuzqueña helada el caos se desvanece. En los comercios los mozos tienen una paciencia ancestral, un ritmo cansino y una amabilidad que contrasta con la lucha por la supervivencia de la especie humana que se desarrolla en el asfalto.

Con esto no quiero desanimar a nadie que esté pensando en conocer la Ciudad de los Reyes. No solamente porque vale la pena recorrer su casco histórico plagado de reminiscencias coloniales, y por su más presente aun, pasado prehispánico. Sino por su malecón, sus calles y la vida de ésta gran ciudad.

Pese a la humedad y contaminación que envuelven a la ciudad, es sorprendente el estado de conservación del patrimonio histórico limeño. Probablemente la presencia de abundantes edificios coloniales que aun hoy quedan en pie también esta relacionado con una cuestión de estadística: Lima era el centro del Virreinato del Perú y, como tal, la cantidad de edificios comerciales, administrativos y religiosos en el periodo colonial superaba ampliamente aquellos presentes en ciudades tan periféricas al sistema imperial como Buenos Aires en aquella época. El tamaño de las iglesias y conventos, la casa del Oidor y los mercados nos hablan de la centralidad que este espacio tenía para la Monarquía católica.

Los museos que rescatan el pasado de las civilizaciones preincaicas son muchos y, en general, muestran un buen tratamiento del guion museográfico, explicando al curioso que los visita cuan importantes son los desarrollos culturales previos a la civilización incaica para contrarrestar la fama de los incas, que opacan muchas veces a las sociedades anteriores del territorio del actual Perú. Con este fin el Museo Larco, por ejemplo, exhibe una vasta colección de cerámicas del período Mochica, Viru, Chavín de Huantar, Huari, del legado de estas sociedades. En este mismo sentido las ruinas de Pachacamac, a 45 minutos del centro de Lima muestran esta relación entre las sociedades preincaicas y el uso que, a posteriori, los incas hicieron de templos que pertenecían a culturas desaparecidas o conquistadas. Pachacamac, es un complejo de ruinas ubicado en un monte arenoso, y al lado del mar, justo frente a la Isla de la Ballena. El lugar es un sueño, uno entiende que no es casual el asentamiento de los pueblos que habitaban la costa peruana allí. Subiendo al Tempo del Sol y rodeando la montaña, aparece inmenso e inspirador el mar y la isla con forma de crustáceo gigante. El sitio arqueológico es un paraíso, un lugar desértico donde corre un viento marino que suaviza la acción del sol abrazador, y está rodeado por un contorno que contrasta: barrios enteros donde las humildes chabolas de los ciudadanos están incrustadas en la montaña, custodiando el Templo del Sol.

Una neblina densa y oscura cubre toda la bahía costera de lima. Desde la costa de Miraflores, una ciudad muy bienuda que se encuentra al lado de Lima y que ya casi es un barrio –tipo San Isidro para Buenos Aires-, no se alcanza a ver muchas veces el extremo de Barranco, el barrio de Chabuca Granda y al que le dedicó tantas canciones, un mirador que queda en el extremo sur de la ciudad.

El gran Lima está muy integrado a la ciudad. Para salir a la noche puedes ir a Miraflores, Barranco o Breña e, incluso, encontrar más movida que en el centro de Lima.  ¿Cómo se traslada uno a esos barrios? En el medio de transporte por excelencia: el taxi. Este medio de locomoción es el más común para los turistas, pero también para muchos limeños que lo utilizan en vez del transporte público. Los taxis son baratísimos y hay millones por todos lados. Para subirte a uno es necesario pasar por un ritual limeño: el regateo. Tanto en las casas de artesanías, los negocios en la calle, los vendedores ambulantes y los taxistas esperan que pelees la abultada tarifa que plantean en principio.

Si bien Lima casi siempre es utilizada como posta hacia destinos más fascinantes para el turismo, como Cuzco y Machu Pichu, vale la pena detenerse unos días, y sumergirse en la vorágine limeña.

                                                                                  María Laura Mazzoni – De la redacción

Semana Santa en Graná

Estamos en Granada, Andalucía oriental, la ciudad símbolo de la Reconquista española, donde lo musulmán y lo católico se mezclan permanentemente. Será por eso que la Semana Santa en Granada hay que celebrarla a lo grande, como si quisieran demostrar que acá son cristianos y no morillos.

Todos los años, las distintas cofradías o hermandades sacan a relucir sus imágenes y hacer un peregrinaje por la ciudad. Esto no es algo que un andaluz de a pie se tome a la ligera. Los miembros de las cofradías se preparan todo el año para ese único día en que sacan a pasear a la virgen y, algunas, a una imagen de Cristo. Las imágenes se sacan en plataformas (pasos) que entre la estructura misma, los adornos que lleva engarzados y la imagen que llevan arriba, llegan a pesar varias toneladas. Así que, desde que termina la Semana Santa hasta la del año siguiente, los “costaleros” ensayan el paseo. Los costaleros son los cofrades más jóvenes y fuertes, que están debajo de las plataformas y las cargan durante todo el camino, con un pasito al compás que tiene que ser parejo para que no se caigan la imagen ni las velas y los adornos.

El recorrido comienza en la Iglesia a la que pertenece la hermandad. Pasa por un palco en una de las calles principales de Granada, donde están las autoridades -el presidente de la federación de cofradías y el representante del obispo-. Ahí piden la venia, para poder pasar y seguir camino hasta la catedral.  Hay algunas cofradías de barrios alejados que recorren hasta diez kilómetros en una tarde. Son caminatas de 5 y hasta 10 horas.

La procesión la encabeza la cruz, después viene el hermano mayor o mayordomo, y atrás, penitentes que cargan sirios, incienso o las reglas de la cofradía. Delante de la imagen de la virgen marchan las camareras (que son señoras vestidas de dama antigua, ni más ni menos). Las camareras son miembros conspicuos de la comunidad, todas de negro; con peineta y tacos aguja van la esposa del dueño del diario principal de Granada, la presidente de las Mujeres empresarias granadinas, y muchas otras señoras paquetas granadinas.

Los palcos por donde pasa la procesión se alquilan, porque desde ahí se pueden ver cómodamente sentado todas las cofradías. Estos lugares están reservados para las familias granadinas tradicionales, todos nacidos en Granada, van desde abuelos a nietos, vestidos con las mejores galas: traje y corbata los hombre y niños, y tacos altos y tapado de piel, las mujeres.

Al terminar la Semana Santa aumentan los accidentes de motos porque el piso queda todo resbaladizo de la cantidad de cera que cae de los sirios. La diversión de los chicos durante las eternas procesiones es poner una pelotita de cera debajo del sirio de algún penitente que pase por al lado para que le caiga más cera y hacerla más grande. Hay competencias a ver quién logra la pelota de cera de mayor tamaño.

El regreso a la iglesia se la llama “el encierro”.  Los seguidores de cada cofradía se ponen delante de la imagen y van caminando para atrás, en una multitud que lo lleva a uno como en andas, a las 12 de la noche, mientras adelante viene un palio que puede pesar toneladas, cargado por costaleros y lleno de velas encendidas, con una imagen de la virgen.

Cada cofradía tiene por lo menos una virgen (algunas, también una representación de la vida de Cristo). Algunas esculturas son del siglo XVI o XVII. Esta imaginería sacra barroca, la orfebrería de plata que recubre los palios, y los mantos de las vírgenes bordados de oro que llevan los pasos, tienen una factura que cuesta años a los cofrades adquirir y está valuada en fortunas. Por eso, si llueve, la Semana Santa se arruina, porque estos “tesoros” no pueden mojarse. Por eso esa semana todo el mundo está mirando el pronóstico.

En Granada, y en el resto de Andalucía, cada cual es afín a una cofradía: si no participa de ella, por lo menos es la que va a ver siempre el día que le toca salir en Semana Santa, o es la que le parece más linda. Mal que mal, quien no está involucrado en algún aspecto de esta costumbre, por lo menos siente afinidad por alguna de las hermandades. Es como si fueran de Boca, de River o de Independiente: no todos van a la cancha pero de algún club son. Acá, todos son hinchas de alguna cofradía. El sentimiento religioso queda reservado para algunos –no pocos-; para el resto, su sentimiento hacia una de las imágenes tiene que ver con que es la parroquia de su barrio, con que sus amigos son costaleros de tal o cual cofradía, o con que tal o cual imagen es la más guapa y la mejor adornada. Están la Inmaculada, la de la Alegría, la Candelaria, la de la Paz, la Macarena –en Sevilla-, y la de las Angustias, claro, que es la patrona de Granada. Por eso muchas chicas en Granada se llaman Angustias. “Es que nosotros somos especialistas en vírgenes” –comenta, exultante, un cofrade mientras una señora le tira besos a una virgen cuando pasa por delante. Y un Sevillano le dice a una chica al pasar: “Guapa, eres guapa, que muy guapa! No como la Macarena, pero después de la Macarena vienes tú”.

Sí señores, especialistas en vírgenes, así como lo leen. La Semana Santa en Andalucía se basa en admirar precisamente eso: vírgenes, y santos, y pasos, y penitentes, y velas, e incienso. Por eso, esta Semana Santa los granadinos lloran, porque justo esta semana, después de meses de sequía “dios ha querido que llueva….es que a él, tanto boato no debe gustarle mucho”, concluye un penitente.

Y lo peor es que hasta los Granadinos (furibundos rivales de los Sevillanos) lo admiten: esto al lado de Sevilla es nada.

Laura Mazzoni – De la redacción

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