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Malvinas en vinilo*

En la edición especial acerca de Malvinas, esta sección se dedicó a reflexionar sobre cómo el rock, en su versión nacional, se manifestó ante el conflicto bélico desatado en 1982 entre la Argentina y Gran Bretaña, por la soberanía de las islas. En esta oportunidad, nos referiremos al aspecto artístico de este fenómeno. Nos interesa destacar algunos rasgos de las producciones artísticas realizadas a continuación de la guerra, para ver cómo por ejemplo, Charly García, Alejandro Lerner, Fito Paéz o los Abuelos de la Nada, reflejaron en sus canciones, las sensaciones que les despertó el “hecho Malvinas”.

Charly García venía de editar en marzo del ’82 su último disco con Serú Giran. Con lo cual daría comienzo a su carrera solista en pleno conflicto armado. Yendo de la cama al living (presentado en el estadio de Ferro en diciembre de 1982 ante 25.000 personas) es un disco cifrado en este contexto, que contó con una gran difusión por la prohibición de pasar música en inglés que en aquel entonces regía en el país. Temas con un tono irónico como No bombardeen Buenos Aires reflejan ese clima. Plagado de referencias culturales inglesas, la mirada de una ciudad que sólo se preocupa porque el conflicto no le toque de cerca deviene en una latente paranoia. “No bombardeen Buenos Aires, no nos podemos defender, los pibes de mi barrio se escondieron en los caños, espían al cielo, usan cascos, curten mambos escuchando a Clash, escuchando a Clash!”….Mientras, la escenografía que simulaba ser una ciudad era destruida al son de la música.

En 1983, ya con la guerra lejos pero con sus consecuencias aún vivas, se editaron otros temas alusivos. Todo a pulmón el clásico disco de Alejandro Lerner incluye un tema que rescata la perspectiva del soldado argentino: La Isla de la buena memoria. La imagen es recurrente, muy de la época (remitimos a los trabajos de Federico Lorenz para contrastar o, por lo menos, matizar esta construcción); el joven sin experiencia, mal pertrechado, que desconoce los motivos que lo llevaron a ese territorio con un clima hostil. Un tema muy melancólico, con frases desgarradoras. “Desde que llegué a la isla no tengo con quién hablar. Somos miles los unidos por la misma soledad. Creo que hace mucho frío por acá; hay más miedos como el mío en la ciudad. Ya se escuchan los disparos entre muerte y libertad, cae mi cuerpo agujereado, ya no podré cantar más”. Mientras que Raúl Porchetto nos posiciona desde la perspectiva inversa. En Reina Madre le da voz a un soldado inglés movilizado para la contienda, que se pregunta -le pregunta a su reina- sobre el sentido de la guerra. “Pero madre, ¿qué está pasando acá?, son igual a mí y aman este lugar, tan lejos de casa, que ni el nombre recuerdo. ¿Por qué estoy luchando? ¿Por qué estoy matando?”.

Los Abuelos de la Nada, con Mil horas, vuelven a sacudir los cánones poéticos haciendo hincapié en los aspectos sociales de un conflicto que no sólo es el de la guerra “Hace frío y estoy lejos de casa, hace tiempo que estoy sentado sobre esta piedra, yo me pregunto para qué sirven las guerras”, sino también el de todo un proceso dictatorial “En el circo, vos ya sos una estrella, una estrella roja que todos se la imaginan. Si te preguntan, vos no me conocías, no, no, no”. Volviendo un poco al sentido que Charly le diera a sus temas respecto de cómo mirar la guerra.

Más tardío, de 1985, sale el disco Giros de Fito Páez. El repudio es tan duro, como las críticas que realiza a la sociedad que ve surgir a su alrededor, “Generales metan a media generación, una guerra no es un negocio, ni una ilusión, una guerra es sangre”. El tema culmina con una voz a lo lejos, repitiendo palabras inconexas como si de un borracho se tratara (sic) “Yo quiero decirles que no cederemos un solo metro de las tierras irredentas conquistadas. Y quiero… representarlos… Hacer… Ser el hombre que decida… que decida lo que ustedes tienen que hacer…”.

Hasta acá una pequeña muestra de lo que para el rock argentino significó la guerra de Malvinas en sus primeros años. Distintos músicos expresaron su disconformidad con la guerra y con el posterior impacto que ésta tuvo sobre la sociedad argentina. Disconformidad que, como bien reflejamos en El Rock en la encrucijada, no era tal al momento de la guerra. No sólo entre los artistas vinculados al rock nacional (salvo contadas excepciones), sino también en la gran mayoría del pueblo argentino.

Martín Tamargo –De la redacción

  * Este artículo debe ser pensado como una continuación de una publicación que meses atrás realizamos junto a Juan Gerardi y Joaquín Marcos para el número especial de Malvinas de Palabras Transitorias. Ambas fechas, Abril y Junio, son parte de un mismo proceso que debe ser contemplado en su plenitud y es por ello que opté por tomar la posta y continuar aquella publicación, ya que este mes es tan significativo como aquél.

El Rock en la encrucijada

¿Cuál es el sentido de Malvinas? ¿Qué es lo que nos lleva a pensar bajo una trama desgarradora a estas islas del Atlántico sur? ¿Por qué son tan múltiples y contradictorias las miradas sobre este territorio? La política atraviesa estas preguntas y sus posibles respuestas. Pero también la cultura y especialmente su manifestación musical -la que nos interesa indagar aquí- supieron esbozar respuestas. El conflicto bélico entre Argentina y Gran Bretaña de 1982 condensa, en efecto, un antes y un después.

Un arco de contradicciones, que es tan amplio como complejo, atraviesa la temática. De Atahualpa Yupanqui recitando La hermanita perdida a Almafuerte con El visitante; del folclore tradicional, con arraigo profundo en la tierra patria, hasta el heavy metal nacido como reflejo de las nefastas consecuencias sociales del neoliberalismo; todos aportaron su visión de Malvinas, de la guerra y sus implicancias sociales. Tan vasto es este panorama que hemos decidido restringir nuestra mirada exclusivamente al período del conflicto armado, y concentrarnos exclusivamente en el Rock (lo que implica dejar de lado otras manifestaciones de la música popular).

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A priori, uno tendería a pensar que, por sus supuestas características intrínsecas, -que lo dotan de una “personalidad” contestataria- el movimiento Rock, ante un conflicto de la magnitud de la guerra de Malvinas, representaría una voz cuestionadora al accionar de las Fuerzas Armadas y el acompañamiento entusiasta de un gran porcentaje de la sociedad argentina de esa época. Sin embargo, indagando un poco en el asunto a partir de recopilar algunas expresiones de ese tiempo, nos encontraremos con que tal suposición está lejos de ser comprobada.

A la hora de buscar antecedentes de situaciones algo similares, inevitablemente nos remitimos al movimiento pacifista que se generó en los Estados Unidos, a fines de la década del ’60, con motivo de la invasión Norteamericana a Vietnam. Dicho movimiento generó una corriente política y social, que llegó a cuestionar las bases mismas del sistema de vida occidental. Pero fundamentalmente, la expresión más fuerte se arraigaba en la cultura y, especialmente, en el Rock. En la Inglaterra de los ’80, y con motivo de la implantación de las políticas neoliberales del gobierno conservador de Margaret Tatcher, el Rock y el Punk, fueron la punta de lanza de la resistencia al modelo neoconservador. Simplemente remitirse al disco de Pink Floyd  “The Final Cut” es muestra suficiente de lo que afirmamos.

Nada de esto ocurre en la Argentina. Es prácticamente inexistente un movimiento relacionado al rock que se haya mostrado abiertamente en contra del conflicto bélico con Gran Bretaña (1). Sólo luego de la derrota y con la caída del régimen militar, se alzarán voces cuestionadoras a las consecuencias de aquella guerra y al derrotero de los combatientes que la afrontaron.

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¿Festivales por la Paz? Condenas y explicaciones

El Festival de la Solidaridad Latinoamericana de mayo de 1982 (2), en el estadio de Obras Sanitarias, encubría objetivos y postulados contradictorios. Fue un sebo del cual no escaparon los mejores músicos con los que contaba el país. Se vieron seducidos por un gobierno que los mantuvo prohibidos durante 6 años, ofreciéndoles el centro del escenario porteño. Ahora el enemigo no era interno, sino externo…había que demostrar nuestra unión.

Lo complejo es que por un lado supuestamente se exigía la paz en las islas Malvinas pero también se aprovechaba para recaudar víveres y ropas para los combatientes, abalando ingenuamente las dificultades que atravesaban los movilizados.

Un clímax ideológico se levantó entre los que participaron del Festival y los que se negaron a ser cómplices de la Junta Militar. Para León Gieco, “Lo del Festival fue un invento de los managers del rock para hacer algo con el tema. Todo el mundo estaba participando pero el rock no quería formar parte del circo que fue lo de la guerra. Hasta que en un momento se decidió que había que aportar, pero no desde el triunfalismo sino desde la paz. Al menos esa era mi posición…”, de esta forma el Rock entraba en el fervor del nacionalismo que invadió a toda la sociedad durante los meses que duró la guerra. Más adelante recuerda que se sintió  “muy mal… Solamente me acuerdo de una sensación horrible y de los pibes de 18 años. Por lo demás, siempre me importó un carajo el tema del nacionalismo planteado en estos términos o la preocupación por dos islitas de mierda perdidas en el mar… Me di cuenta que los militares argentinos no sirven para nada, ni siquiera para la guerra. Y que la única vez que consiguieron un triunfo, por así decirlo, fue cuando torturaron y mataron a indefensos” (3). La misma sensación la compartió Spinetta, que se sintió usado y fue muy autocritico ante su decisión de participar.

Pero también estuvieron los que en su momento vieron con más claridad lo que implicaría su contribución en ese tipo de shows. Para Julio Moura, de Virus,  la propuesta de tocar les  pareció “…muy desagradable. No tenía nada que ver con nada, de repente éramos enemigos de los Beatles. Se trató de hacernos creer que era para ayudar a la recuperación de las Malvinas, pero terminó siendo un fraude. Nosotros queríamos que se terminara la guerra, que no tenía sentido más allá de que creyéramos que las islas son argentinas”. (4)

Estos testimonios y otros (obtenidos a 10 años de la Guerra de Malvinas) dejan entrever que ninguna banda o solista hizo manifestaciones explícitas de la guerra arriba del escenario, pero la manipulación de la propaganda oficial hizo que este recital se vendiera como un respaldo a la contienda. (5)

Lo cierto es que alrededor de sesenta mil jóvenes concurrieron al recital que también fue transmitido por televisión; porque desde entonces, los medios de comunicación foguearon al Rock nacional ante la prohibición de pasar música en inglés. Infinidad de revistas subterráneas se animaban a decir lo poco que se podía, promovían el resurgimiento del rock al tiempo que aspiraban verlo asumir su rol natural. El trabajo imperceptible se hacía desde revistas como ‘’Expreso imaginario’’, ‘’Estornudo’’, ‘’Roll’’ y ‘’Algún día’’, entre otras tantas que lo apuntalaron cuando no era prioridad, pero sí un flagrante peligro. Quienes las leían, cómo quienes los escuchaban, esperaban que digan ciertas cosas que de otro modo hubiese sido difícil de decir, que den cuenta del mundo en el que vivían. Se esperaba demasiado, porque se había aguardado más de lo debido. A posteriori se les atribuyó un rol misional que no se correspondía con el contexto político en el que el rock hizo su regreso. La guerra era una causa justa en manos impropias, al pueblo sólo le quedaba preocuparse por reducir al mínimo el costo de sus hijos, no era el momento oportuno para la negar la realidad cuando ésta mostraba el fracaso de tantos esfuerzos. Finalmente ésa fue la imagen que potenciaron los medios de comunicación y la que mayores críticas despertó.

Con esta misma lógica, pero ya con la guerra  francamente perdida, también en el año 82, volvía a los escenarios, después de una larga prohibición que se extendió por una década, el hasta entonces ignoto festival BA Rock. Su regreso significaba al mismo tiempo la confirmación de la  resurrección de la cultura rock en español y su masificación en los medios de comunicación. El estadio de Obras Sanitarias pareció guardar en su interior un curioso espíritu de congregación al que se le rendía tributo asistiendo en cada cita. El mensaje continuaba siendo confuso, pero su utilización política era una e indiscutible. El Rock nacional pese a su impostada  impronta contestataria no había podido resolver su relación con la historia, no había podido escapar a la posterior  interpretación de sus gestos y actos, pero, fundamentalmente, como quedaría confirmado, no podría escapar a su propia revisión.

Es evidente que ninguno era cómplice o colaboracionista, pero si se pecó de ingenuidad. Vieron un escenario y se subieron, sin consignas, sin banderas que levantar. Como supo decir Piltrafa, de Los Violadores, “Si el rock es rebelde ahí nadie se rebeló: levantaron la alfombra y metieron la basura abajo”. Junto al resto de la sociedad muchos creyeron en las posibilidades de la victoria, en la importancia de ayudar a los soldados, a esos jóvenes movilizados. Junto al resto de la sociedad, hace treinta años como hoy, se cuestionan las consecuencias de la guerra. Pero no la guerra. Lamentablemente, algunos aún la reivindican.

Juan Gerardi, Joaquín Marcos y Martín Tamargo –De la redacción

(1) Entendemos al hablar de “movimiento” a un amplio espectro de la vida cultural rockera movilizando y manifestándose públicamente en repudio del gobierno militar y su accionar belicista. Lo cual no descarta que hayan existido bandas que si lo hicieran, pero en este caso serían excepciones muy particulares.
 (2)Un relato de toda la jornada salió publicado en la revista de rock más importante de argentina: Pelo http://www.magicasruinas.com.ar/rock/revrock210a.htm
(3) Finkelstein, Oscar, León Gieco Crónica de un sueño, AC Editora, Buenos Aires, 1994.
(4) Sánchez Fernando y Riera Daniel, Virus una generación, Sudamericana, Buenos Aires, 1994
 (5) http://edant.clarin.com/diario/1997/05/16/c-01401d.htm

A veces está bueno darse algunos gustos, y conversar con Carlos Altamirano vaya que lo es. Algunos de los Salieris de gira por Mendoza, en el campamento de la Juventud Socialista, tuvieron ocasión de conversar con uno de los fundadores de Punto de Vista y miembro del Club de Cultura Socialista, un intelectual “todo terreno” que ha transitado diversas disciplinas como la crítica literaria, la historia, la sociología y los estudios culturales. Sin más preámbulos, les dejamos los extractos de la hora y media conversadas, un verdadero lujo para Palabras transitorias.

 

¿Cómo ve el panorama político argentino luego del triunfo de Cristina Fernández en 2011 y de cara a este 2012?

Creo que, para sintetizar, destacaría dos rasgos de la situación que emergió después de octubre, dos datos inéditos. El primero es la magnitud del triunfo electoral de Cristina Kirchner, el 54 % es un voto inédito respecto de las elecciones presidenciales desde 1983 hasta el presente y significa un fuerte respaldo electoral, que le da un mandato democrático. El otro dato, importante, es que la segunda fuerza, aunque a mucha distancia, es por primera vez una fuerza animada por el proyecto de construir una alternativa progresista de centro izquierda, empleando un lenguaje periodístico, que se reunió en el Frente Amplio Progresista detrás de la figura de Hermes Binner, y que tiene en el Partido Socialista, al menos desde mi punto de vista, su principal columna. No sólo por el prestigio de Binner, un prestigio asociado a la gestión, primero en la ciudad de Rosario y luego en la gestión de la provincia de Santa Fe. Yo diría que logró representar en el escenario político una línea diferenciada que evitó dos extremos: la oposición sistemática, es decir, nada que proviniera del oficialismo debía o podía ser aprobado, y la otra tentación, en la que han sucumbido, desde mi punto de vista, algunas fuerzas que no muchos años atrás hubieran sido parte de un encuentro con el FAP, como es el caso de Sabbatella por ejemplo, que en el proyecto de acompañar con aires más progresistas ha entrado en una dinámica que puede presumir que corre el riesgo de una disolución de su papel en el interior de la coalición de gobierno.

Entonces, la gran cuestión para una fuerza, en este caso de la cual yo me definiría como un “amigo”, un “amigo del Partido Socialista”, es un desafío grande, en el sentido de que, a diferencia de lo que ocurría en los años ’90, en los años de Menem, donde se podía decir: “el adversario y las políticas a las que debería oponerme resultaban claras” -contra el partido del mercado, contra el neoliberalismo, contra la desprotección y la flexibilidad laboral, todo lo que significó un cambio drástico, dramático, en el paisaje social argentino en los años ’90-… Conducido de la mano de Menem y del peronismo, el partido peronista fue el partido del ajuste en los años ’90. Ahora quien ocupa el gobierno aspira no sólo a representar un proyecto progresista sino a monopolizar el espacio del progresismo. Por lo tanto, el progresismo es un espacio en disputa. Este es un hecho sobresaliente en el sentido de que no está dado quién va a ser el que va a quedarse con ese espacio. Y por lo tanto, la estrategia que elabore el socialismo, el FAP, para construir esa alternativa tiene que emplear un arte político sofisticado. Sobre todo si no quiere ser sólo una fuerza de tipo testimonial, aplicada a la denuncia, a señalar los defectos, los déficit, y para eso debe tener en el horizonte el proyecto de ir desarrollando una fuerza que aspire mañana, pasado mañana, o después de pasado mañana, a ser una fuerza en condiciones de gobernar la Argentina. El FAP aspira a gestar una nueva mayoría política, una nueva mayoría social. Teniendo en cuenta esto, la apuesta y los desafíos son complicados, pero bueno, también son excitantes, ¿son ricos, no?

 

En función de lo anterior, ¿qué distingue, para usted, esta experiencia incipiente del Frente Amplio Progresista, de otras experiencias previas que aspiraban proyectarse a un electorado similar, como pudo ser el ARI de Elisa Carrió o el FREPASO y la posterior alianza con la UCR?

Comencemos por el FREPASO, porque fue la primera. Yo creo que el FREPASO no tenía una visión genérica de sus dirigentes respecto a qué es lo que tenía que tratar de agrupar en su interior. Tenía ambición política de gobierno, cosa que le daba una dinámica particular, a diferencia de otras fuerzas que están acostumbradas a hacer el papel de “tribunos de la plebe”: denunciar lo que le pasa al pueblo y esperar que de la crisis del gobierno se les abra la puerta. Pero el defecto del FREPASO era que su núcleo dirigente (y la figura principal Chacho Álvarez quien era aquel que tenía la visión más estratégica) hizo apuestas apresuradas. Yo diría “una gran ansiedad por llegar a jugar en las ligas mayores”. Estaba yo cerca de esta experiencia, por lo tanto la conozco. Y estuve entre los que pensó que el Frente Grande debía trabajar por ser la tercera fuerza. No por ser la fuerza que estuviera en inéditas condiciones de ser gobierno y por lo tanto ir a cualquier coalición con el radicalismo. Aceptar a De la Rúa, que en ese momento en el radicalismo y en la opinión pública estaba instalado, como una figura a la que se le otorgaba un alto crédito. Ahí aparece la falta de un elemento estratégico, no era la ocasión del Frente Grande para la experiencia. El Frente Grande debía hacer algo que ha hecho el socialismo, que es la experiencia de gestión. Y no sólo porque esto forme personas competentes en la gestión pública. También porque eso enseña o entrena sapiencia para saber cuándo dar el paso adelante, cuándo esperar. Eso no ocurrió con el Frente Grande, que terminó haciendo de “garante” a una parte del progresismo en el voto a De la Rúa.

En el caso de Elisa Carrió yo creo que tomó un elemento que a mí siempre me pareció débil del Frente Grande, que es la visión “moralista” de la política. Reunir, hacer un llamado a la dimensión moral de la República para cuestionar a otras fuerzas políticas como fuerzas irremediablemente hundidas en la corrupción. El segundo capítulo de esta línea, el juicio moral a la vieja política en nombre de la nueva política. Y asumió un estilo de liderazgo mesiánico, con cierto estilo de arrogancia. Yo me acuerdo de una frase de Elisa Carrió, cuando estaba el gobierno de Néstor Kirchner, diciendo: “bueno, el vocabulario de Néstor Kirchner no va más allá de las 500 palabras”. Ella dirigía un partido, un movimiento que se llamaba “Argentina para una República de Iguales”. Entonces, yo decía: “¿cuántas palabras hay que usar para ingresar a la república de iguales?”. La arrogancia del universitario, del que sabe hablar. Eso para mí no era un problema referido a Néstor Kirchner. Si hubiera tenido no 500, sino 500.000 palabras ¿eso hubiera hecho mejor su gobierno? Entonces, a veces, estos gestos de arrogancia muestran una posición de quien se eleva por sobre la sociedad y juzga desde no sé qué trono a los demás. Yo creo que el estilo de conducción política de Elisa Carrió dio los frutos que dio y terminó por recoger todo lo que dio esa incapacidad para construir algo común.

     

En esta idea, que mencionaba más arriba, de que está en disputa el campo del progresismo, también han aparecido disputas en el campo intelectual. Digamos que afines a uno u otro sector encontramos tanto a Carta Abierta y otros intelectuales como también  intelectuales apoyando y diciendo “por qué creemos en Hermes Binner”. En ese sentido, ¿cómo analiza usted esta cuestión?

Primero diría que obviamente esta situación ha tenido -lo que ha ocurrido en estos últimos años, 8 años- repercusión en el campo de la cultura, de los intelectuales y ha habido alineamientos, tomas de posición, que en muchos casos reanudaron y volvieron a darle vida a ciertas tradiciones existentes. Porque la idea de la izquierda peronista no es una invención de los últimos años, hay un pasado que parecía destinado a declinar porque el peronismo menemizado o duhaldizado tenía poco que decirle o ofrecerle a esta tradición, y sin embargo la aparición de Kirchner y después más resueltamente la de Cristina Kirchner le ha dado una nueva vida, y a partir de 2008 en medio de la crisis de la relación entre el campo y el gobierno, tomó una salida esta incorporación de los intelectuales a un alineamiento oficialista. Por otro lado, también desde el comienzo, aunque no organizado de manera militante como Carta Abierta, aparecieron intelectuales que tomaban la palabra también públicamente para cuestionar al kirchnerismo por distintos aspectos: el autoritarismo, la corrupción, la pretensión a arrogarse todo lo bueno que ha ocurrido en la Argentina en los últimos -desde que yo me acuerdo, creo- a sí mismo. De modo que efectivamente esto ha dividido el medio. Todavía no hay un alineamiento en torno del socialismo que vaya más allá de lo que fue el apoyo a Hermes Binner en octubre de 2011, pero esto puede llegar a ocurrir. Entonces, también en el debate intelectual ahí se van a decantar posiciones, en el sentido de que no todos los que están en contra de los Kirchner, más allá de la oposición a los Kirchner, tienen la misma visión sobre cuál debería ser una buena política de nación. Yo puedo encontrar ahí a personas que creen que el PO encarna una alternativa y otras que pueden encontrar que el radicalismo puede ser una alternativa. Entonces una vez que se termina el factor que aglutina por la negativa, cuál es el factor que permite aglutinar por la positiva. Una ventaja que tiene Carta Abierta es que tiene un aglutinamiento por la positiva, cree en la clarividencia de Cristina Kirchner, y creo que un alineamiento en torno a un proyecto progresista tendría esa virtud, la de no sólo enrolar por la negativa, enrolar también porque se piensa que hay una manera de gobernar, una manera de desarrollar la democracia, una manera de llevar reformas sociales, una manera de ligar pluralismo y cambio, que puede respaldarse en  una experiencia y que no es sólo una aspiración. Eso está en juego en el debate de hoy.

¿Qué pasa con la centro-derecha en la Argentina? La figura de Macri ha quedado pendiente en este escenario electoral y aparece con mucha potencia para un futuro escenario electoral. De Narváez no tanto, pero es una figura que recuerda tanto a este menemismo y en parte también a un discurso político muy anti-intelectual, como ha dicho Marcos Novaro sobre el menemismo. ¿Para usted cuál va a ser el rol que va a jugar, o mejor, cómo complejiza este escenario esta fuerza de centro derecha?

Bueno, a ver. Una hipótesis. Yo creo que al gobierno nacional, al kirchnerismo, nada le convendría más que generar un escenario en el que haya dos rivales: Macri y el kirchnerismo. De modo que toda otra fuerza de aspiración progresista esté obligada a elegir entre esa disyuntiva. Ése es uno de los posibles y yo creo que a Macri también le conviene. Esto es parte de la complejidad de la situación. La derecha liberal clásica, expresada por el diario de La Nación, hace mucho que no tiene viabilidad como fuerza política. Pensemos en la suerte de alguien como Ricardo López Murphy -que se podría decir que es el que encarna de mejor manera esta visión que no le podría haber ido peor en la vía electoral, y creo que ahora piensa volver al radicalismo. Entonces lo que queda es esta conjunción de conservadurismo, liberalismo y populismo, ¡eh!, porque el populismo no es un monopolio del peronismo, el populismo es una manera de tener séquitos, seguidores, de no tener una ciudadanía activa. Porque yo creo que una de las cosas que distingue a una fuerza socialista es que busca producir una ciudadanía activa, no séquitos que aplaudan las decisiones del jefe sino que los cambios no sean sólo para el pueblo sino por el pueblo, porque es una manera de emanciparse de jerarquías, de sumisión, de sometimientos, que no son sólo los que produce la pobreza, a veces también los que produce el poder, el que produce la distribución desigual de los recursos culturales.

¿Qué opinión le merecen las discusiones del pasado que han surgido en el último tiempo, sobre todo con respecto a la creación del instituto revisionista Manuel Dorrego, y las disputas que hacia el interior del campo historiográfico se estuvieron suscitando?

Dentro del campo historiográfico universitario ha habido siempre discusiones, quiero decir, la discusión no es que ha surgido, no la ha provocado la creación del instituto Dorrego, porque para quien tenga un mínimo de conocimiento de cómo funciona la investigación histórica en la Argentina, sabe que no hay nada más pluralista que las cosas que se plantean ahí; no hay ninguna, -cómo llamarla- orientación que pueda decir ésta es la línea hegemónica. Y en los jóvenes es muy alto el número de historiadores que quieren hacer una historia profesional y reivindicar a la vez su posición política pro oficialista, que no admito que sea una disyuntiva: ser historiador y ser kirchnerista. Esto era el paisaje y lo conozco porque dirijo investigadores que tienen esta posición, chicos jóvenes como ustedes, chicas, que son muy competentes, muy buenos y quieren ganar su batalla, por así decir, en ese campo, mostrándose competentes, mejores que los otros. Y es cómo se juega el juego en el campo que llamamos el de la ciencia histórica. Vuelvo entonces a la cuestión del Instituto. Lo que a mí me parece censurable en la actitud del gobierno, tal como aparece en los considerandos del decreto, es que supongan que el estado tiene que definir cuál es la orientación histórica correcta. Define cuáles son los héroes que deben ser, cómo se llaman, ensalzados, contra otra historiografía que ensalzaría otros que no merecerían ese tratamiento. Eso ya ignora que el saber historiográfico, no en la Argentina, en el mundo, no gira en torno a las grandes personalidades; se habla de proceso, de estructura, de discurso, pero esa idea de saber, de una historia que se edifica en torno a grandes figuras pertenece al pasado, yo les diría a la primera mitad del siglo XX, de la historia de Mitre y de la discusión de tener un busto de Rosas o uno de Sarmiento, eso pertenece a otro estadio. Hoy muchos discuten el papel de Rosas, pero no diciendo “salvó la nación”, sino mostrando cómo fue efectivamente la gobernación de Rosas en tales y cuales años, cómo fue el marco en el que tuvo que gobernar. Vuelvo entonces a la cuestión. Para mí, lo censurable no radica en el hecho de que incluso se subvencione un centro que reclame dinero público para investigar a Dorrego o todas las personalidades. El estado no puede definir cuál es el sentido, cuál es la historia correcta. ¿Mañana qué va a ser: la genética correcta, la lingüística correcta?.

Emmanuel Juan, Fernando Suárez, Martín Tamargo y Benjamín M. Rodríguez –De la redacción

Permisos De Sensibilidad

Dedicado a vos, diez años después. Donde quiera que estés.

(Aclaración para el lector desprevenido: el siguiente artículo está escrito por un fanático. Sepa entender que carezca de objetividad, si es que eso realmente existe).

Domingo de lluvia en Mar del Plata. De esas tormentas de verano que llegan de pronto, rompen todo y se van. (En esta ciudad, lo primero que llega del verano son las tormentas, antes incluso que el calor). Como sea, me dirijo al teatro Auditórium. Por suerte, queda a tres cuadras de casa. Así que la lluvia no es un problema. ¿A qué voy al teatro? se preguntarán. No voy a ver una obra, nunca verdaderamente adquirí esa costumbre (cuenta pendiente, otra más…). Voy a ver un recital.

 Hacer la crónica de un recital no es algo realmente interesante. El que lo vio, tiene su propia versión. El que no lo vio, o no le interesa o bien, se queda a mitad de camino: las palabras no pueden reemplazar lo que captan los sentidos. Por todo ello, es que, más que un relato de un evento, estas líneas son una excusa para compartir algunas sensaciones.

Retomo el hilo. Estoy en el Auditórium. Llegué temprano. Sólo (hace rato que tenía ganas de ir a un recital sin compañía de nadie). Vengo a escuchar una banda. Pero no cualquier banda. Vengo a ver a Divididos. Sí, en un teatro. ¡Sí! con butacas. O sea, sentado. (El primero que piense que es una “careteada”, se puede ir retirando). Suena raro, lo sé.

La sala se va llenado de a poco. Es curioso notar la mixtura de gente que asiste. Una franja etaria que va desde los 15 años (no todo está perdido, los Wachiturros no pudieron con ellos) hasta los 50. Hombres y mujeres. Muchas mujeres (¿siempre fue así?). En fin, me ubico en mi asiento. No es del todo bueno, pero la ventaja que tiene el teatro es que se ve bien de todos lados. Mala suerte la mía. Adelante se sienta una rubia de casi metro ochenta (aunque está muy buena, por cierto). Son tres en realidad, están más para un recital de Casi Ángeles que para uno de rock, pero bueno.

 

La gente aplaude. Está ansiosa de que empiece. No hay canciones de la hinchada. Tampoco hay banderas. Me olvidaba, esto no es GAP (perdón por el chivo) o la playa. Se apagan las luces. Aparece la banda. Ahí están los tres. Ricardo, Diego y Catriel. La gente aplaude, yo aplaudo. Y enseguida, se hace silencio. La sala enmudece.

 Los primeros acordes se hacen sentir. Suaves. Versiones sensibles de temas al palo. La voz de Mollo envuelve la sala (cada día canta mejor, debe ser de los pocos cantantes de rock que con el tiempo ha mejorado la voz y no al revés). Los temas se suceden y la gente se mantiene en silencio, sólo aplaude entre canción y canción (qué bien vendría un whisky…). Como en el teatro (cierto, estamos en un teatro). Me acordaba de un recital en Obras donde transpire como loco. Diez años atrás (cómo pasa el tiempo). La rubia de adelante me tapa, encima habla con las amigas (¿Por qué no miran el recital tranquilas? ¿Qué es lo importante que tienen que decirse? ¿Por qué las mujeres hacen eso? ).

Ahí están los tres. Coordinan como pocos. Catriel, ese animal de la batería que aprendió a acoplarse con los dos “viejitos”. Arnedo, el cerebro, el del talento silencioso. Y Mollo, el “fantasista” (se me ocurre pensar que hoy está más influenciado por un David Gilmour que por un Jimmi Hendrix). Por un rato, la aplanadora se convierte en el más liviano de los aviones.

Un párrafo especial para el segmento dedicado a Sumo. Ahí el ambiente cambia. Los más grandes ganan la escena. Los más jovencitos parecen no tenerla tan clara. Las versiones de “Brilla tu luz para mi”, “Nextweek” y “Cinco magníficos”, entre otras, traen el recuerdo de Luca a todos los presentes (y cuánto le hubiera dado al rock si hubiese vivido algunos años más).

Me cansé de la nuca de la rubia. Ya fue, me paro y veo el resto del recital de pie. Llega la parte del folklore. Con “La flor azul”, esa chacarera escrita por el padre de Arnedo, la fiesta está asegurada. Mollo pregunta si hay alguien en la sala que se anime a subir al escenario a bailarla. Dos chicas lo hacen. El público estalla. Por un momento, el Auditorium se transforma en una peña de cualquier ciudad del interior.

La última parte del show nos devuelve a la versión más power de la banda. Para no perder la costumbre, vió. Algunos no saben si saltar arriba de las butacas o improvisar un pogo en el pasillo. El recital termina a puro rock. Pidiendo un bis tras otro. Y así nos vamos, cantando. Todos, en ala delta.

      Martín Tamargo – De la redacción

En el marco de las II Jornadas de Derechos Humanos “Universidad y Escuela”, tuvimos el privilegio de conocer a Andrés Zerneri, un artista plástico argentino cuya peculiaridad se nota inmediatamente. Andrés nos dedicó unos minutos para poder explicarnos su particular mirada sobre el arte y la política. Sus proyectos reflejan con claridad sus valores rectores: la idea siempre presente del “artista colectivo” es encarnada por cada gesto de Andrés y su posicionamiento ideológico se presenta con contundencia en cada parecer  u opinión que esboza ante todas nuestras preguntas.

 

Andrés, para empezar, contános un poquito ¿quién sos, a qué te dedicas?

 Yo soy Andrés Zerneri, soy artista plástico. Como decía hoy en la charla, para mí el arte, la política y la comunicación son sinónimos, son la misma cosa, y trato de conllevar mi oficio como una trinchera para decir mis ideas, para pelearla. Y siento que mis fuerzas se multiplican, sobre todo en la obra colectiva. Eso me parece que es un espacio para poder seguir indagando, aprendiendo. Obras colectivas como la que yo hice: el monumento al Che Guevara, esa es una obra bastante difundida y con esa misma experiencia, salimos con esta nueva tarea de construir un monumento a los pueblos originarios. Algo que no sólo se circunscribe a los pueblos originarios, sino que básicamente es una excusa para que mucha gente que no conoce información sobre su propia identidad, pueda enterarse.

Yo creo que el arte tiene un rol fundamental en eso, en la persuasión, en el juego didáctico de construir, de jugar a construir algo que es divertido pero que, a la vez, tiene mucha seriedad por la forma en que lo hacemos. Y en el mensaje que queremos dar. Una obra que va a ser la escultura más grande en bronce que se va a hacer en la Argentina, producto de la donación de 200.000 llaves. Ese bronce, donado por la gente, solidario, candente, rompe un poco la tradición de la historia de los monumentos en nuestro país, que es nefasta. La historia universal del bronce es bastante nefasta ya que el poder siempre ha tomado ese método de homenaje, o de la doctrina “a quien deberíamos brindarle homenaje”, instaurándonos en nuestro patrimonio escultórico esculturas que no tienen nada que ver con el pueblo. Por eso es que en los monumentos el General Roca es la persona más reproducida en nuestro país.

¿Nos interesa saber cómo te surgió esta idea del artista colectivo, del arte colectivo como idea? ¿Cómo la has llevado adelante? Por otro lado, también nos interesa saber ¿cómo se ha dado la relación, siempre conflictiva, ya sea por presencia o por ausencia del Estado, del Gobierno, de los políticos en general?

 Yo reniego del Estado porque soy medio anarco y de allí nace mi amistad con Osvaldo (Bayer). Soy desestructurado en todo, salvo en la parte en que a Osvaldo le obedezco como no debería obedecer un anarquista. Cuando él dijo que se debía realizar un homenaje a los pueblos originarios, como se hizo con el Che, para mí fue una orden. Me salió la parte más “milica” que tengo. Yo lo sentí como una orden y nos pusimos a trabajar en ese sentido. Primero, con una consulta a las mujeres de los pueblos originarios.

La intención de que el Estado no participe, es porque yo siento, y siempre sentí, que la fuerza popular tiene realmente una capacidad de organización muy grande, que no está dormida para nada. Pero me parece que este juego de construcción colectiva ayuda a estimularla. Es un ensayo de organización. Porque después con esta misma metáfora podemos hacer un montón de otras cosas. Si decimos que juntamos 75.000 llaves para el monumento al Che, podrían ser 75.000 ladrillos, 75.000 chapas, 75.000 formas de la participación popular que construye. Que en vez de pedir, da. Es un ejercicio político maravilloso. Y porque yo como custodio de este proyecto, en el que todavía nos faltan 5 toneladas de bronce, no aceptaría, bajo ninguna condición, que alguien me diera todo el bronce junto. De ninguna manera. Lo que necesitamos es una forma de construcción lo más legítima que se pueda, para que el día de la inauguración, podamos decir realmente, sin mentir, que fue una obra colectiva, legitima y construida por el pueblo. Y dada al Estado. Siempre recibimos de ellos, sin consulta previa, quienes serían nuestros próceres.

¿Qué peso tienen, para vos, tanto las obras del Che como de la mujer originaria, desde la impronta de los monumentos, en el legado que puedan dejar, en la forma en que fueron concebidos y la relación con el Estado nacional?

 Yo creo que si no hacemos un laburo intermedio, para apropiarnos del significante, lo que va a quedar es una cultura medio fea. Porque la verdad que el monumento del Che, parece un “play móvil” (risas), pero lo que yo rescato es que esa escultura, que la construimos con los hijos del Che, con mis vecinos, con alumnos, gente que venía a donar llaves, chicos de colegios que donaban llaves y, de repente, se encontraban con que yo estaba trabajando con la escultura y se quedaban ayudándome. La escultura quedó medio fulera, pero lo importante es ese método. La forma en que se construyó. Queda en mi la responsabilidad de ahora hacer una mejor escultura con la mujer originaria, porque sino me van a abuchear…

Pero yo creo que la intención de la forma en que se construye es lo más importante. Y la escultura termina siendo como la prueba física de la gente que participó. Esa es mi idea. La propia escultura como una excusa. Se cumple un verdadero objetivo cuando la gente que cree que no tiene nada que ver con los pueblos originarios, se entera. Se entera que en la Argentina hablamos no sólo un idioma, sino 14 lenguas, que el 61% de la población tiene un vínculo genético con los pueblos originarios. Se entera que somos un país, pero también 23 o 30 naciones. Comprender toda esta información, que a la vez es difícil de procesar, nos va a dejar una responsabilidad cívica mucho más grande.

Por último, te queríamos preguntar qué formas hay de participar en este proyecto y cómo sigue esto.

 La idea del monumento a la mujer originaria surge de una propuesta de Osvaldo Bayer (ver video). Además, era necesario poder colocar toda esa logística y toda esa red que participó en el monumento del Che en otro proyecto que apunte hacia el mismo lado. En el sentido de la identidad, una identidad que tiene que ver con las ideas y quienes somos. Es necesario que participe mucha gente, que se ponga con el tema de contar al otro lo que estamos haciendo, pero también con estos centros de acopio, que no requiere de autorización previa. Cualquier persona puede bajar el cartelito que esta en la página(1), que dice “deposite aquí su llave para el monumento a la mujer originaria”, eso se imprime, se pone en una caja o en un bidón, y ya queda instaurado como un centro de acopio. Y después, acá en Mar del Plata, se ponen en contacto con el Rectorado de la Universidad, que es el centro de acopio general, y resolvemos con ellos la forma de poder llevarlo a Capital Federal. Que es donde estamos acopiando todo el bronce. Y, quizás lo más rico, “la frutilla del postre”, es donde vamos a emplazar este monumento. Cuando esté terminado, esta escultura de 10 metros de altura, “el monumento de bronce más grande que va a haber en la Argentina”, se lo vamos a donar a la Ciudad de Buenos Aires, a Macri. Pero no porque Macri nos caiga bien, sino porque, justamente, la intención es que la ciudad que más postergó históricamente los derechos de los pueblos originarios reciba en carácter de donación esta escultura. Con una condición: que se saque el monumento al General Roca que está a 100 metros de la Plaza de Mayo, y que se emplace, en ese mismo lugar, este monumento construido por el pueblo.

       Fernando M. Suárez y Martín Tamargo – de la redacción

 (1) http://www.andreszerneri.com.ar/monumento_mujer_originaria.htm
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