Category: Caja boluda


Iba a escribir sobre Cuéntame cómo pasó una vez que me pusiera al día con la serie, que terminara de ver todos los capítulos, pero no pude. No por una cuestión de tiempo (aunque este quizás sea el último número de Palabras Transitorias), sino porque no tuve ganas. Porque dejó de interesarme.

Esta serie española es televisada desde el 2001 por un canal de TVE, la cadena pública. Y, aunque últimamente hay rumores de que el programa sería levantado por falta de presupuesto, aun sigue en el aire. Cuéntame… se parece mucho a Los años maravillosos, la serie norteamericana que contaba a través del devenir de una familia, la historia norteamericana de los años ’60. En su contraparte española Carlitos es Kevin, y su voz en off ya de adulto, narra la historia de los Alcántara, pero también los años de represión y resistencia, el fin de la dictadura franquista, el destape español, la crisis económica del ’80 y la transición política que lleva a la formación y triunfo del PSOE.

En el 2007 la producción de la serie sufrió cambios estructurales. De hecho cambió el director y los productores. Y esto hizo que la serie dejara de interesarme. Si hasta ese momento Cuéntame… parecía una novela histórica, que daba mucha importancia al contexto de época y se encargaba de contar la coyuntura de un proceso socio-político y cultural riquísimo, a partir de la 7ª temporada el programa se banaliza. Toman más fuerza los personajes menos interesantes políticamente, el vestuario de las mujeres empieza a pensarse en términos de moda actual con vestidos y polleras que en los ’60  o ’70 hubiesen sido impensados, los colores de la fotografía dejan el sepia para volverse intensos y brillantes, hasta la música que acompaña las imágenes se torna, como decirlo, un jingle publicitario, una musiquita tonta que se repite y repite y marca al espectador si tiene que estar alegre o triste, cuando este aspecto había sido uno de los más cuidados de esta producción hispana.

Un tío comunista que ayudaba a sacar gente a Francia durante el Franquismo termina casado con una chica de pueblo, 25 años menor que él, con quien tiene 3 hijas, y a quien los problemas cotidianos terminan desdibujando como personaje. Una hija que abandona sus sueños de hipismo y se hunde en las mazmorras de la heroína. Tony, el hijo, que desiste de su amor de militancia, y de la militancia misma, y se conforma con una compañera de trabajo y un trabajo en un buffet de abogados. Mercedes, que resigna su proyecto de una empresa propia y una marca de ropa y vuelve a su hogar y a su marido como si nada hubiese pasado. Antonio, que de ser un paleto de pueblo que no tenía bien en claro si Franco era bueno o malo, termina convirtiéndose en un empresario y cuadro político de la Unión Democrática. Y por último, y mas decepcionante aún, Carlitos, el protagonista, la voz en off, el prisma por el que se mira la España de los ‘60 y ‘70, quien abandona no sólo su frescura y curiosidad infantil, sino su idealismo y sus ilusiones y se convierte en un joven desdibujado (lumpen podría decirse!) que decide por motu propio alistarse a la mili y acepta estudiar “comercio” en una universidad católica y privada. ¿Es este cambio una pintura de la generación sesentista española? ¿En eso terminaron los sueños de los jóvenes del destape? Puede ser.  Pero no deja de molestarme.

La serie se convirtió en Son amoresCampeones de la vida o cualquiera de la saga “novela costumbrista” a la que Suar y Polka nos tienen acostumbrados. Me pregunto si esto tendrá también que ver con cambios en la dirigencia del canal público La 1, o si la tiranía del rating ha hecho estragos en las producciones españolas. Me parece que debe haber influido una mezcla de todas estas cosas, aún así no deja de molestarme que un producto creativo, cuidado y sólido se convierta en una de las chatarras más de la tele abierta. De hecho, este parece ser un problema que no sólo afecta a la televisión española, pero ése es otro problema y excede los límites de esta reflexión.

 

María Laura Mazzoni –De la redacción

Between Friends

I’ll be there for you.
These five words I swear to you.
When you breathe
I want to be the air for you.
I’ll be there for you.
I’d live and I’d die for you.
I’d steal the sun from the sky for you.
Words can’t say what love can do.
I’ll be there for you.

Hace tiempo que quiero escribir sobre la comedia, a mí entender, más brillante que produjo la irrebatible maquinaria de éxitos de los estudios de la Warner Bros. Friends no es sólo una comedia pasatista, es una de las series más vistas en todo el mundo. Con el paso de los años los temas que trataron no perdieron vigencia. Por otro lado, cómo no hacerlo si lo que les sucede a esos maravillosos personajes es parte de la vida de cualquier persona. Quién de nosotros no tiene un amigo gracioso, un conquistador y uno obsesivo, algo tímido, pero, aun así, brillante, una amiga extraña, algo rara, de esas que nunca se sabe con qué te van a salir, una amiga o amigo que nuclea a todo el grupo en su casa y aquella que es linda, pero que si te enamorarías de ella, sería por lo sensible que es.

La luz de la cámara iluminó, por primera vez, la historia de estos amigos el 22 de septiembre de 1994 y por diez años supieron mantener niveles de audiencia impensados. Los creadores, Marta Kauffman y David Crane, querían contar una historia sobre aquellos primeros años de la adultez. Traspasar esa barrera etaria que indicaba la existencia de un público para las series adolescentes basadas en la preparatoria o la universidad, un tema excesivamente trillado en la filmografía pochoclera de Hollywood, o bien, de la vida adulta con personajes que rondan los 40 años y se encuentran en crisis. Ellos pensaban en una comedia joven, que pudieran disfrutar todos los espectadores, fundada en aquellos primeros años de soltería vividos en las grandes ciudades, una vez terminada la universidad, en este caso, New York. No podía ser una comedia más que mostrara las vicisitudes de un grupo de personas viviendo juntos, eso ya se había visto. La trama los tenía que reunir por otros motivos. Por esa razón, los autores pensaron en un edificio con una dinámica circulación de los personajes, con motivos de conflicto y reunión que excedieran a la convivencia. Pensaron en una amistad razonablemente distinta al compañerismo. Además, no podía ser una amistad cualquiera, tenía que ser una amistad que rozara la familiaridad.

Precisamente, Friends trata de esa amistad que emerge cuando uno está solo en la ciudad y los amigos se convierten en la familia. Cuenta sobre el amor, sobre la carrera, sobre las tristezas y los sueños, porque precisamente se trata de un momento de la vida en que todo es posible.

A lo largo de las diez temporadas vimos crecer a Rachel, Ross, Phoebe, Chandler, Monica y Joey. Todos ellos se enamoraron, fracasaron, ascendieron en sus trabajos, renunciaron, encontraron su verdadera vocación sólo para comenzar de nuevo y pensar en el verdadero camino. Claro, en el medio, hubo confusiones y enredos entre ellos. Algunos muy claros desde el principio, como el eterno amor de Ross por Rachel. Otras sucedieron inesperadamente, como el noviazgo de Chandler y Monica o incluso la confusión de Joey con Rachel. Inclusive, en la idea original, el romance apasionado fue pensado para Joey y Monica, pero la idea no prendió y los autores lo utilizaron como una tensión constante que servía para generar momentos de comicidad  convertidos luego en muletillas clásicas del joven actor italo-americano.

Ciertamente no fue una serie que se destacara por una inversión extraordinaria en producción y posproducción. Los autores no estaban muy convencidos de salir del set de filmación en los estudios de la Warner, de hecho, las pocas incursiones fuera de la localización fueron, en realidad, realizadas en el set con reproducciones exactas de los lugares seleccionados, como por ejemplo los viajes a Las Vegas o los paseos por los parques. La historia era efectista porque el público indicaba qué estaba bien o mal. Todo sucedía en un mundo de fantasía que replicaba un escenario conocido por el ideario colectivo, como es la ciudad de New York, aunque nuestro conocimiento se limite a alguna postal o película dominguera.

El sustento de todo era un guión cuidadosamente elaborado. Cada verano se planteaba la idea general de la temporada, un equipo de escritores redactaba varias versiones de los 24 capítulos que la componían y luego se compaginaba una versión final de cada emisión. Los actores fueron tomando protagonismo en la concepción del producto y, finalmente, lograron junto a los derechos de autor de sus personajes una notable injerencia en la concepción del show a partir de la quinta temporada.

Algo notablemente destacable eran los especiales en los que compilaban algunas situaciones de su pasado, los tan mentados flashbacks. Allí, se explicaban algunos de los complejos que atormentaban a los jóvenes amigos, algunos de sus secretos mejor guardados. Una irreconocible Monica mostraba su afición culinaria, pero como única destinataria de todos los platos. Ross, un torpe sin remedio que no podía expresar su amor por Rachel y un Chandler que odiaba las festividades porque su padre había decidido que prefería pasar su tiempo con el criado más que con su madre. Por su parte, Phoebe recordaba una historia familiar densa que la hacía maravillarse por cualquier acto de pura y cotidiana normalidad.

No sé si este detrás de escena, seguramente incompleto, hace justicia a una de las mejores series de la historia. Seguramente no. Sin embargo, no podía dejar pasar la oportunidad de contar lo que sucede con ella en un grupo de amigos que somos fanáticos. Cuando uno mira Friends tiene la sensación de estar entre amigos, se da cuenta que comparte historias similares. A pesar de las diferencias culturales, uno se puede encontrar en torno a las mismas vicisitudes y no es una historia más de compañeros. Es una amistad única la que refleja, ésa que solo se puede palpar con determinadas personas.

Juan Gerardi- De la redacción

El fervor del 5to año

En materia televisiva no existe una clave del éxito, una fórmula estandarizada y universal que los productores guarden como el bien más preciado. Si prestamos atención, incluso, para la crítica es más fácil explicar un fracaso; pues lo que está mal se destaca con mayor notoriedad por sobre lo que está bien. A veces las cosas simplemente suceden y una serie pensada para una temporada permanece en el aire ininterrumpidamente a lo largo de los años.

A juzgar por la previsible trama esbozada en el primer capítulo,  Graduados pudo haber sido un fracaso rotundo.  Nadie aventuraba, ni siquiera sus protagonistas, que llegarían a liderar el rating como el programa más visto de la pantalla chica. Sin embargo, el boom “ochentoso” no es ni remotamente casual. Se basa en el trabajo constante de una inteligente producción que refuerza semana a semana un género bastante trillado como el de la comedia romántica, teniendo en cuenta que las novelas de mayor audiencia de los últimos tiempos transitaron por caminos oscuros y complejos. Graduados tiene la capacidad de evocar una época tan importante para los argentinos, se la mire desde el punto en que se la mire, como la que cobijó el regreso de la democracia. La música, la ropa, los íconos televisivos que sobrevivieron a la década y prosperaron en los noventas, los espacios comunes que están en el ideario de los argentinos; todo contribuye a que revivamos esos momentos con lo mejor que tuvieron, que los disfrutemos como parte de nuestra historia personal.

Graduados cuenta la historia de un grupo de ex compañeros de colegio, como el que tenemos cada uno de nosotros, que se rencuentran después de veinte años para descubrir que aún tienen mucho por resolver. Un secreto se vislumbra desde el primer capítulo, Loly, interpretada por Nancy Dupláa, en su noche de graduación tuvo un encuentro sexual casual con Andy, el genial Daniel Hendler, motivado por el engaño de Pablo “Pichila” Cataño, Luciano Cáceres. Como resultado de ese encuentro Loly quedó embarazada. Pablo, como el novio oficial de Loly, se tuvo que casar obligatoriamente con ella, por otro lado, con un suegro como Clemente Falsini no podía hacer otra cosa. Las sospechas de Loly acerca de la paternidad de Martín, su hijo, permanecieron ocultas hasta que Andy volvió a su vida. A partir de allí, los grupos comenzaron a vincularse nuevamente y las relaciones entre ellos dieron rienda suelta a una trama que se vislumbra poco a poco.

La historia de amores acompañada por episodios de humor desopilantes desarrollados por Tuca, el genial Mex, personaje libidinoso obsesionado por conseguir “chicas”. Otro tanto corresponde a los padres de Andy, Elías Goddzer y Dana Blatt, Mirta Busneli y Roberto Carnaghi respectivamente, quienes representan al estereotipo de matrimonio judío. Una madre sobreprotectora que soluciona las alegrías y tristezas con comida, que no puede dejar de intervenir en la vida de sus hijos culpando  de todo lo que sucede a la inacción del padre. Por su parte, Clemente Falsini, Juan Leyrado, el padre de Loly, es el dueño de Mac Can, una empresa de alimentos para perros en la que trabaja una esbelta Isabel Macedo, la bella Patricia que en realidad es la perturbada Jimena, una compañera de los graduados, que cambió su aspecto sólo para buscar venganza entre quienes le hicieron sufrir la peor adolescencia.

Para los fieles seguidores seguramente estoy cometiendo una falta imperdonable al no mencionar a la que, sin lugar a dudas, va ser la actriz revelación de los próximos premios Martín  Fierro, Paola Barrientos. Vicki Lauria es la mejor amiga de Loly, la nerd del curso, la verborrágica doctora en psiquiatría que no conoce el significado del secreto profesional. Es la que intenta contener y aconsejar al grupo, aunque ella vive constantemente desbordada.

Graduados tiene una extraordinaria capacidad para narrar temas absolutamente verosímiles junto a exageraciones poco probables. La producción maneja como ninguna otra los efectos de pantalla. Los flashback se convirtieron en un recurso que limitó los golpes de timón producidos por el canal de la competencia. La gente se reúne para recordar a feliz domingo, aunque ya nadie mire un programa de Silvio Soldán en cable, la fiesta de egresados, el viaje a Bariloche o la visita al mítico Italpark.  A Graduados le va bien porque es una historia que no abusa del ritmo apesadumbrado que poseen las actuaciones cuando los personajes tienen que rebatir esa guerra entre el sigue y el detente en el que se basa la indecisión. Las cosas se suceden porque hay causantes concretas y no por simples estados de ánimo. Además, es justo decirlo, existe una intención general en el medio televisivo para que a Graduados le vaya bien, en parte, como una reacción, que encuentra cada vez más adherentes, en contra de la máquina aparentemente infranqueable de Marcelo Tinelli y sus programas satélites.

Los personajes son fieles a sus ideales. El inseparable grupo de Andy, Vero, interpretada por Julieta Ortega, y Tuca defiende a ultranza el valor de la amistad y la libertad de no pertenecer al sistema. La música que acompaña a las imágenes nos sitúa constantemente en lo mejor del rock nacional e internacional. Temas como: “corazón delator”, de Soda Stéreo, “Yo te avise”, “Amor descartable”, “Extraño ser”, “The power of love”, “It’s my life”, “Beat it”, entre tantos otros clásicos, complementan la experiencia del revival. Como en la escuela, en este programa, el grupo de los cancheros y niñas lindas, los independientes, los tragas y excluidos son personas con sus contradicciones, sus sufrimientos y sus esperanzas. Cuando la adolescencia se lleva consigo todo aquello que los diferencia, comienzan a darse cuenta que en realidad están muy cerca unos de otros.

Juan Gerardi – De la redacción.

…o capaz tengamos suerte. Alcatraz finalizó su primera temporada, no habiendo causado, aparentemente el éxito buscado para la industria televisiva yanqui. El público no la acompaño como se esperaba y el éxito es clave para su continuación. En la industria del entretenimiento no se espera, minuto a minuto mediante, y las series vuelan al tacho de basura de los guionistas en un santiamén. ¿Correrá el mismo destino que Flashforward, serie con la que tiene evidentes notas en común? Ya lo veremos.

La historia es compleja. Alcatraz es una prisión, pero también una isla, ahí en la costa de San Francisco, cerca del fotografiado Golden Gate. Es al mismo tiempo un mito, y un mito poderoso. Difícil era escapar de Alcatraz, tanto que permite a los guionistas de las serie jugar con ello. La historia real de la prisión conduce hasta 1963, año en que debe cerrar sus puertas, convirtiéndose en un centro de atracción de turistas, museo y parque nacional. Ése es el año elegido por los autores para comenzar la historia. En el traslado de los presos hacia otra prisión federal, algunos de ellos desaparecen misteriosamente con algunos guardias. Son ellos los que retomarán sus andanzas y crímenes en 2012, cincuenta años después pero en el mismo estado físico que cuando desaparecieron. Suena extraño… ¿no?

Rebecca Madsen (Sarah Jones) es la protagonista, junto al Dr. Soto (Jorge García), un nerd experto en la historia de la prisión; conforman el dúo que intentará capturar a los criminales del pasado. Los dirige Emerson Hauser (el “ex Jurassic Park” Sam Neil), un ex guardia de la prisión, ahora a cargo de una unidad especial del FBI. Son, sin embargo, los personajes secundarios los que dotan a la serie de un atractivo especial. Primero, Lucy Banerjee, una psicóloga de la prisión que regresa en 2012 y que trabajaba en Alcatraz bajo el nombre de la Dra. Sengupta, utilizando medicinas y terapias alternativas para lidiar con los reos. Luego, E. B. Tiller, el corrupto jefe de los guardia-cárceles. Finalmente, pero no por ello menos importante, Edwin James (Jonny Coyne) es el alcalde de la prisión. Un personaje cargado de misterio, que no sabemos a ciencia cierta (por lo menos en esta temporada) que esconde y cuáles son los experimentos que realiza con los presos, pero que nos causa simpatía. Lejos, el mejor personaje de la serie.

La historia transcurre en dos tiempos, recurre a constantes flashbacks para ir del 2012 al ’63, a buscar los orígenes de las historias de los “regresados”; pero no es en el pasado exclusivamente donde afloran estos elementos que conectan ambos tiempos. El presente está cargado de pistas del pasado que son fundamentales: la vinculación de Rebecca con su abuelo (Tommy Madsen, un reputado preso de Alcatraz que retorna), los extraños experimentos y el estado de salud de los presos, unas misteriosas llaves que ocultan el mayor secreto de la prisión, llaves que estaban a cargo del Alcalde James y que en el presente son motivo de asesinato. Capítulo a capítulo, uno de los criminales más temidos de los Estados Unidos en los ’60 regresa para cumplir determinadas misiones. Cada unos de ellos, como no podía ser de otro modo, se “especializa” en algo: francotiradores, robo de bancos, manejo de venenos y gases, entre otros. Un velo de oscuridad se extiende sobre su retorno. No sabemos quién los está haciendo volver y qué objetivos persiguen.

Es una serie con muchos atractivos. Que apela a recursos originales; lo extraño e incomprensible del retorno de los presos es el quid de la cuestión. Nos resulta imposible intentar dilucidar qué objetivo persiguen, quién los dirige, porqué están dispuestos a matar. Es cierto, como leí en alguna crítica que los papeles principales no se lucen tanto  (a pesar de la belleza de Rebecca, obvio…) aunque no sabemos si esto se debe a los actores o a los guionistas y que, son los personajes secundarios (y los momentos del pasado) los más llamativos e interesantes.

Son cosas a corregir si tiene una nueva oportunidad y supera la maldición Flashforward y se quita el peso de cargar en sus espaldas la celebrada Lost, también obra (como Alcatraz) de la mente de J. J. Abrams. La serie del reconocido productor y director y sostenida por la FOX no contó con el beneplácito del público yanqui, pero fue un éxito a nivel internacional en los países en que se emitió. Quizá, como consejo, sea una nueva temporada la oportunidad de corregir aquellas cosas que salieron mal, pero rara vez esto sucede así. La industria rara vez espera como la naturaleza a que el fruto madure. Una verdadera pena…

                                                           Benjamín M. Rodríguez –De la redacción

Esta crónica es un desafío doble. No sólo tengo que contarles en 1.000 palabras de qué va Mad Men, la serie protagonizada por Jon Hamm y que en Estados Unidos transmite AMC, sino que además tengo que tratar de decir algo original y entretenido que no reitere lo que ya apareció sobre esta serie en Orsai, la revista de Hernán Casciari. ¿Es posible hacer esto? No lo sé, pero no importa, la fascinación y adicción que generó Mad Men en Euge y en mí, hacen que el intento  valga la pena.

Podría arrancar diciendo que la reconstrucción histórica es casi perfecta, que pocas veces van a poder ver alguna película, serie o cualquier otro producto de ficción, que recree tan bien los años ‘60 en Estados Unidos, y la explosión de la sociedad de consumo. y no estaría mal. Los procesos históricos no son sólo el telón de fondo para el desarrollo de la trama de la serie. De forma sutil, pero con la fuerza suficiente para sostener las distintas historias, ciertos hechos políticos y sociales de esta década, rica en cambios, conflictos y transformaciones, se hacen presentes a lo largo de las 5 temporadas y son parte del encanto de la misma. Así es posible ver la llegada a la Casa Blanca del que Eric Hobsbawm definió como el presidente norteamericano más sobrevaluado del siglo XX, John Fitzgerald Kennedy, su posterior asesinato y el impacto que generó en seguidores y detractores. No menor fue el espacio dedicado al miedo que suscitó entre la población estadounidense la posibilidad de una catástrofe nuclear durante la crisis de los misiles con Cuba y la Unión Soviética en 1962, en plena Guerra Fría. A medida que la serie avanza también es posible ver la intervención de Estados Unidos en Vietnam, la lucha por los derechos civiles además de la aparición de la cultura hippie y la paulatina transformación del rol y espacio ocupado por la mujer en la sociedad. Este último aspecto debe ser de lo más logrado en la serie. Y no precisamente por la liberación sexual; los escritores llegan mucho más allá. Por fuera de las posiciones maniqueas conviven “en pie de igualdad” dos modelos de mujeres, la clásica ama de casa, sostén del marido y dedicada a criar a los hijos, con aquella que no se resigna al rol asignado por la sociedad patriarcal y que busca abrirse paso en el mundo. Ojo, esto no quiere decir que el machismo de la época no esté presente; todo lo contrario, se refleja de forma ejemplar la actitud de la mayoría de los hombres antes los cambios y creo que eso es lo que le da más valor a este enfoque. Lejos de legitimarlo, o naturalizarlo, se utiliza el contraste para dar cuenta de lo radical del cambio que se estaba produciendo. Si todavía siguen conmigo es probable que se estén preguntando ¿pero, de qué va Mad Men? ¿Qué serie puede dar cabida a todo esto? Y si me conocen, también se preguntarán ¿por qué Euge se enganchó tanto con esta serie?

Básicamente, Mad Men está centrada en la vida de Don Draper, el creativo principal y figura estelar de una empresa de publicidad de la ciudad de New York. Los libretistas lo hicieron un personaje polémico, complejo, contradictorio, seductor en todos los aspectos. No es extraño que por momentos nos parezca irritante, soberbio, casi despreciable pero que sin embargo en la escena siguiente nos resulta admirable, inteligente, entrador y elegante. Sin embargo lo más interesante desde la primera temporada es el debate interior de nuestro protagonista entre el hombre que dice ser, Don Draper, y su verdadera identidad, la de Dick Whitman y los esfuerzos por mantener oculto este gran secreto.

Si hay algo que tiene de rico esta serie es la complejidad de sus personajes, el tiempo que han dedicado para que los actores los desarrollen, para que los hagan crecer. Al mismo tiempo que todos se cruzan con lo que le ocurre a Don, también tienen lugar para sus propias historias. Como podrán imaginar, los personajes femeninos son centrales. Pero no sólo aquellas mujeres que son las parejas de Don. ¿Si tiene muchas mujeres? La respuesta es afirmativa: una mujer, dos ex esposas y varias amantes. Todas con vuelo propio, sobre todo Anna Draper, mujer del verdadero Don Draper y con el que nuestro personaje tiene una extraña y compleja relación. Tampoco se quedan atrás Betty Draper, su primer amor y en los papeles, segunda ex mujer, y Megan Calvet, su actual compañera. Sin embargo dos de sus colegas también. Así es que podemos ver el crecimiento de Peggy Olson, una chica de pueblo que se incorpora para ser la secretaria de Don pero que termina convertida en una de las creativas más importantes de la empresa que acompaña este crecimiento profesional con cambios en su forma de “ver la vida”. También Joan Holloway, la jefa de secretarias que al final de la 5 temporada no sólo es el sostén emocional de la firma sino parte de la sociedad anónima, y que tiene el lugar suficiente para contarnos sus relaciones amorosas y los desafíos de su nueva maternidad.

Hasta ahora les he vendido un panorama muy femenino, pero lo cierto es que los hombres también tienen un lugar importante. Roger Sterling y Peter Campbell son los dos personajes que más interactúan con nuestro protagonista. El primero es uno de los socios mayoritarios, el otro es un ejecutivo dispuesto a ganarse un espacio en la compañía. Ambos tienen idas y vueltas en su relación con Don y algunos de los mejores momentos de la serie son protagonizados por este trío. La ambición de Peter, su ímpetu y su atolondramiento contratan con el estado de relajación en el que vive Roger, su estilo de vida disipado y despilfarrador y su apetito competitivo domesticado. Ambos se disputan la atención y la amistad de Don además de rivalizar entre sí a medida que la estrella para los negocios de Pete crece y la de Roger parece irse apagando. Unas líneas se merece Sally Draper, la hija mayor de Don. Apenas presente en las primeras temporadas, con el divorcio de sus padres y su ingreso en la adolescencia, su protagonismo irá creciendo de la mano de una conflictiva relación con su madre, una “idolatrización” de su padre y un amor juvenil con un vecino.

No hay dudas que esta descripción sobre los personajes de esta serie es corta e inacabada. Sobre todo porque es una de las principales virtudes de Mad Men. Si a esto le sumamos lo desarrollado de sus historias, lo poco lineal y predecible de la historia general, además de unos juegos de cámara y planos que describen y cuentan tanto como las mejores escenas de Cóppola en El Padrino, tenemos un cocktail explosivo. Ahora sí creo que es posible que entiendan  porque con Euge disfrutamos de ver Mad Men y que estemos pendientes y ansiosos esperando el próximo capítulo, aunque ahora que nos pusimos al día,  ya será hasta la próxima temporada.

Alejandro Morea- De la Redacción

A %d blogueros les gusta esto: